A menudo se escucha, a veces como crítica, que las personas jóvenes abandonan la adolescencia cada vez más tarde: en distintas encuestas quienes tienen entre 30 y 35 años suelen decir que fue en esa etapa cuando empezaron a sentirse adultos.
Esto contrasta con criterios tradicionales que sitúan la adultez en los 18 o 21 años, sobre todo si se atiende a marcadores de responsabilidad.
Más que juzgar ese retraso como una alteración del desarrollo, cabe preguntarse qué ha cambiado para que la adultez se perciba como una etapa que se alcanza más tarde.
Ante condiciones mentales es habitual plantear si se deben a factores hereditarios —“naturaleza”— o a influencias externas como la cultura, la educación o la economía —“crianza”.
Ese debate, formulado históricamente como “naturaleza versus crianza” y popularizado por Francis Galton en el siglo XIX, reaparece también al hablar de madurez: hay medidas biológicas y medidas adquiridas.
En relación con los aspectos biológicos de la maduración del sistema nervioso, una investigación reciente atrajo atención internacional.
Los hallazgos de un nuevo estudio
El estudio publicado en la revista Nature analizó la conectividad estructural cerebral mediante resonancia por difusión (diffusion MRI) en miles de personas de entre 0 y 90 años. Detectó puntos de cambio en la arquitectura de las redes neuronales aproximadamente a los 9, 32, 66 y 83 años, con periodos intermedios de relativa estabilidad.
En neurociencias, la “topología” describe cómo está organizado el mapa de conexiones del cerebro visto como una red. El trabajo se refiere al “cableado” neuronal, no a rasgos de personalidad o a la madurez psicológica.
Estos estudios de imagen muestran trayectorias no lineales del cableado cerebral a lo largo de la vida. Contrario a relatos simplificados, la reorganización de la conectividad estructural no se cierra en la adolescencia: hay cambios detectables hasta finales de los 20 y un punto de inflexión en los primeros años de la tercera década.
El mismo patrón aplica a otras etapas del ciclo vital, lo que resulta relevante para investigaciones sobre longevidad. El cambio observado alrededor de los 32 años corresponde, en promedio, a una fase de mayor integración y eficiencia de las redes neuronales.
La maduración neurobiológica y fin de la adolescencia
La difusión mediática del estudio derivó en conclusiones apresuradas del tipo “la adolescencia dura hasta los 32 años”. El trabajo no afirma que a los 32 alguien siga siendo adolescente; indica que ciertos rasgos globales de la organización cerebral muestran una transición notable en torno a esa edad.
La maduración neurobiológica no es un único evento: hay procesos con cronologías distintas según lo que se mida, como la evolución de la sustancia gris frente a la sustancia blanca.
La novedad del estudio que resalta el número 32 es que integra múltiples métricas en lugar de centrarse en un solo tracto o parámetro. En ese marco, la fase entre 9 y 32 años se asocia con un movimiento hacia mayor integración y eficiencia; a partir de los 32 se observa un giro en el patrón de conectividad en el que la sustancia blanca alcanza puntos máximos o de inflexión y luego cambia de régimen más lentamente.
Más que pensar que la biología humana ha cambiado, es probable que lo que haya cambiado sea la forma de medirla. Durante años se difundió una narrativa simplificada —“cerebro maduro a los 18/21/25”— que en ocasiones mezcló marcadores legales, sociales y psicológicos con indicadores neurobiológicos parciales.
Con las herramientas actuales se aprecia que algunos procesos se estabilizan pronto y otros continúan ajustándose hasta la cuarta década. El número 32 no es una etiqueta de “inmadurez”, sino una señal de que el sistema nervioso conserva plasticidad estructural y sigue reorganizando su conectividad más allá de la juventud clásica.
Este enfoque basado en datos tiene varias implicaciones. Primero, obliga a mayor precisión: la conducta no se explica por un número; los circuitos de control, recompensa y regulación emocional se apoyan en un cableado que se refina durante años, lo que genera diferencias interindividuales.
Una perspectiva dinámica ayuda a entender por qué perfiles con búsqueda de riesgo, impulsividad, consumo de sustancias o dificultades de control presentan ventanas de vulnerabilidad heterogéneas. También evita patologizar retrasos en adquisición de habilidades sociales con argumentos simplistas.
¿Qué significa entonces el hallazgo de los 32 años? No que antes no exista responsabilidad ni que después aparezca la sabiduría de forma repentina; significa que, en promedio, la arquitectura neuronal cambia de fase alrededor de esa edad.
En términos simples: el cerebro no es un edificio terminado a los 18 o 21 años, sino un sistema que sigue refinando conectividad de alto nivel durante más tiempo del que se pensaba. Esas variaciones no deben entenderse automáticamente como patología, sino como parte de una dinámica adaptativa.
Los autores del estudio señalan, además, que estas “épocas” dependen del contexto (por ejemplo, los datos provienen mayoritariamente de países occidentales) y que la transición a la adultez no puede definirse sólo por la biología, ya que factores culturales e históricos también intervienen. La neurobiología aporta datos y lo social —la crianza y el entorno— actúa sobre esa arquitectura.
En el plano social y económico, diversos indicadores muestran un retraso en la independencia adulta. En Argentina, un informe de Tejido Urbano estimó que en 2025 el 38,3% de las personas de 25 a 35 años vivía con sus padres. En Estados Unidos, análisis del Pew Research Center indican que hitos como independencia residencial, matrimonio y tener hijos ocurren más tarde que en cohortes de 1980.
Esos datos no prueban que lo social prevalezca sobre lo estructural, sino que ayudan a comprender por qué el “reloj” social se ha desplazado y por qué la neuroimagen, ahora más precisa, documenta ritmos biológicos con mayor detalle. Es decir, naturaleza y crianza no son excluyentes.
El riesgo es usar estos hallazgos como excusa o etiqueta —“todavía no soy adulto”— o para derivar conclusiones médico-legales apresuradas. Desde el enfoque clínico y científico conviene lo contrario: estos resultados abren líneas de investigación y sugieren que, si la conectividad tarda más en asentarse, la prevención, la educación y la salud mental deberían prestar mayor atención a las transiciones (estudio-trabajo, autonomía, consumos, regulación emocional) sin caer en la infantilización. La biología no quita responsabilidad; describe ventanas de vulnerabilidad y de plasticidad que pueden ser útiles para políticas de salud pública.
*El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico forense.

