Siempre hay un argentino presente en eventos internacionales. En este caso, Santiago Fillol, con un acento ya levemente español, es coguionista de Sirat, la película española candidata al Oscar a Mejor Película Extranjera, junto al director Oliver Laxe. Nacido en Córdoba en 1977 y formado en Letras, Comunicación y realización cinematográfica, Fillol vive en Barcelona desde 2000 tras obtener una beca de la Universidad Pompeu Fabra y se ha consolidado como una figura relevante del cine contemporáneo en la península.
A pocas horas de conocerse la decisión sobre Sirat —un film rodado en Marruecos, donde vive Laxe, que narra la búsqueda de la hija desaparecida de un hombre tras una rave— Fillol conversó por Zoom con Teleshow desde Los Ángeles sobre sus orígenes, su experiencia en España, sus vínculos con el cine argentino y las expectativas por el Oscar.
—¿Cómo nació tu amor por el cine? ¿En tu familia eran muy cinéfilos?
No necesariamente toda la familia, pero mi madre amaba el cine y solía llevarme. A menudo entrábamos a las funciones ya empezadas, lo que me obligaba a reconstruir la historia y a desarrollar una forma propia de narrar. Era un hábito que marcó mi relación con las películas.
Veíamos de todo en la época de los cineclubes y los videoclubes. Mi madre, aficionada al cine francés —Rohmer, Kieslowski— me acercó a autores que influyeron mucho en mi mirada. Teníamos rituales familiares, como elegir películas los viernes, que incentivaron mi curiosidad y terminaron alimentando mi vocación en la universidad.
—Imagino hoy el orgullo familiar…
Son mayores y los visito con frecuencia. Mis hermanos y yo seguimos caminos creativos: Esteban es músico y Virginia hace animación. Mis padres, aunque profesionales en otras áreas, nos impulsaron a elegir lo que realmente nos gustaba en lugar de optar por lo seguro, y se convirtieron en nuestros principales apoyos.
—Tus estudios universitarios y tu relación con la literatura y el cine, ¿cómo se dieron?
Estudié Comunicación y Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba. Me interesó desde siempre el cruce entre literatura y cine: ver a escritores como cineastas y a cineastas como escritores. Autores como Juan José Saer y Antonio Di Benedetto me parecieron decisivos en esa convergencia y conectan, en mi lectura, con cadencias de cineastas como Lucrecia Martel.
—¿Qué lugar ocupa Lucrecia Martel y qué otros referentes tenés en el cine argentino?
Lucrecia Martel es un referente fundamental para pensar la imagen y la forma de contar. “La Ciénaga” creó un universo que sigue presente. Además, hay muchos cineastas argentinos con propuestas destacables, desde realizadores de Córdoba como Ramiro Sonsini, Mauro Aparicio, Martín Sapia o Pablo Martín Weber, hasta figuras del cine nacional contemporáneo como Roselli o Laura Citarella. Ojalá haya recursos para que ese talento encuentre más proyección.
—Por lo que decís, mantenés lazos artísticos y colaboraciones con cineastas y proyectos de Argentina.
Sí, es muy importante para mí. Desde Barcelona mantengo vínculos constantes con colegas argentinos y vuelvo al país a través de esas colaboraciones. En la universidad a veces me ven como una especie de “consulado argentino”: mis clases mezclan cine y literatura argentina y es algo que disfruto compartir.
—¿Y cómo ves la situación actual del cine argentino como industria?
Lo veo con preocupación. El desmantelamiento del Instituto Nacional de Cine es una medida grave porque reduce apoyos indispensables para la creatividad y la proyección internacional de las películas argentinas. La falta de respaldo no refleja ausencia de talento, sino decisiones políticas que limitan posibilidades; sería crucial reactivar las ayudas para las nuevas generaciones.
—¿Cómo fue tu inserción en el cine español?
Llegué a España gracias a una beca en un contexto económico distinto al actual. Me integré de manera natural a la Universidad Pompeu Fabra, que vivía un momento muy activo con docentes y colegas excepcionales. Allí se creó un entorno donde no solo se pensaban películas, sino que se hacían, y fue donde encontré mi “familia de cine”, incluidos Isaac Lacuesta y Oliver Laxe.
—¿Por qué esa sociedad autoral tan fuerte con Laxe?
Las escuelas de cine suelen generar lazos profundos; con Oliver se formó una relación de trabajo y confianza similar a una hermandad fílmica. Compartimos imágenes, ideas y un modo de producción con colaboradores habituales como el director de fotografía Mauro Herza y el equipo de sonido. Nuestra práctica fue siempre arriesgar y priorizar la intuición por encima del cálculo.
—¿Qué significa para ustedes, el equipo de Sirat, la nominación al Oscar?
La nominación es un reconocimiento inesperado y valioso. Sostener un proyecto desde la intuición y sin pensar en fórmulas comerciales ha sido el núcleo del trabajo; hoy la recompensa es ver que esa apuesta conectó. Además, presentar la película a públicos distintos y constatar su efecto emocional ha sido muy conmovedor.
—¿Cómo nació Sirat, qué te atrajo del universo de la película?
Sirat surgió como un espacio para experimentar en ficción: permitir que una búsqueda exterior se transforme en una travesía interior. Nos interesaba trabajar desde el cuerpo y la emoción más que desde la explicación racional, convertir la sala de cine en un lugar de rito donde el público pueda sentir esa transformación.
—¿Qué importancia tuvo el respaldo de Pedro Almodóvar y la productora El Deseo en la concreción de Sirat?
Contar con El Deseo y con figuras como Agustín Almodóvar, Esther García y Pedro Almodóvar fue fundamental. La productora apoya el deseo creativo del realizador y acompaña la realización artística con profesionalismo; su compromiso y reconocimiento constituyen, por sí mismos, un gran aporte para cualquier proyecto.



