10 de abril de 2026
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Anomalía que tensiona el modelo de Javier Milei: dólar atrasado, inflación y salarios en caída

“Los últimos meses fueron duros”, reconoció esta semana el presidente Javier Milei en un extenso mensaje en el que también cuestionó al periodismo y pidió paciencia a la sociedad. Sin asumir responsabilidades, atribuyó las tensiones económicas a “las bombas que dejaron los irresponsables psicópatas kirchneristas”. Detrás de esas palabras hay un paisaje económico inusual: la economía argentina combina una apreciación del tipo de cambio con una aceleración de la inflación y una caída del salario real, una situación opuesta a la que predominó durante años cuando la devaluación impulsaba la recomposición de ingresos.

El tipo de cambio real se apreció alrededor de 17% entre noviembre de 2025 y marzo de 2026. En ese mismo período los salarios formales acumularon una caída del 4,5% hasta enero, según el INDEC, y los análisis del Centro de Estudios del Banco Provincia proyectan que esa merma podría alcanzar el 7,5%. Es una secuencia poco habitual en la economía argentina, sobre todo por su persistencia: episodios similares se habían observado antes, pero por períodos más breves.

Consultoras del sector financiero advierten sobre el riesgo social: aunque la imagen de Milei se mantiene elevada y la pobreza viene reduciéndose, el aumento del precio de los combustibles, la continuidad de medidas de fuerza (como los paros de colectivos registrados esta semana) y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios en los últimos seis meses son señales de alarma.

La inflación erosiona los salarios

La principal razón detrás de la caída de los salarios reales es la aceleración de la inflación. Aun con un tipo de cambio que se mueve por debajo del ritmo de los precios, la dinámica nominal no se desacelera: la inflación mensual pasó de rondar el 2% a mediados de 2025 a niveles próximos al 3% en la actualidad, lo que reduce el poder de compra.

El informe señala que la estabilidad cambiaria dejó de cumplir su función tradicional de anclar expectativas y proteger ingresos. La inflación más persistente termina imponiéndose y contrarresta cualquier alivio derivado de un dólar relativamente más barato, explicando la continuidad del retroceso de los ingresos reales pese a la estabilidad cambiaria relativa.

Paradójicamente, esa combinación genera cierto alivio en el frente externo. A diferencia de episodios previos de atraso cambiario, cuando el aumento del salario real impulsaba importaciones y deterioraba la cuenta corriente, el esquema vigente restringe esa dinámica.

Según la serie desestacionalizada del INDEC, las importaciones de bienes cayeron casi 10% y el superávit comercial promedio pasó de aproximadamente u$s1.000 millones mensuales entre julio y octubre a algo más de u$s1.500 millones entre octubre y febrero. No obstante, esa mejora no se debe a una ganancia de competitividad ni a un salto exportador, sino a la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, que reduce la demanda interna y, con ello, la presión sobre las compras externas.

En consecuencia, el superávit comercial es frágil y está sustentado más en la debilidad de la demanda que en la fortaleza del sector externo.

El interrogante sobre la sostenibilidad del esquema se traslada además a la cuenta capital. En los próximos doce meses, el sector público enfrenta vencimientos en moneda extranjera por cerca de u$s17.500 millones, en un contexto de acceso limitado al crédito internacional: el riesgo país permanece por encima de los 550 puntos, pese a una baja tras una tregua en Medio Oriente que sigue siendo endeble.

Paralelamente, las reservas del Banco Central se mantienen bajas en términos comparativos, alrededor del 7% del PBI, menos de la mitad del promedio regional. En ausencia de financiamiento externo, cualquier desequilibrio en el mercado cambiario recae directamente sobre ese stock y reduce los márgenes de maniobra.

Una “anomalía” con final abierto

El cuadro actual configura una anomalía para la economía argentina: existe un proceso de atraso relativo del tipo de cambio que no se traduce en mejora del salario real, mientras la inflación se recalienta y el frente externo se sostiene por la fragilidad de la demanda. El resultado es una situación inusual y con un desenlace incierto, donde la estabilidad externa aparente depende más de la contención interna del consumo que de fundamentos sólidos del sector externo.

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