Hay dolores que la razón no alcanza a procesar. La pérdida de un niño es una de las experiencias más difíciles que puede atravesar una familia. Gimena Gómez Renauld lo vivió en 2011, cuando su sobrino Federico murió a los cinco años tras enfrentarse a un glioma, un tumor que se origina en las células gliales.
En lugar de dejar que ese dolor la paralizara, Gimena y su familia transformaron la tragedia en un impulso solidario. Así nació Sonrisas del corazón, una ONG que luego se constituyó como fundación y que hoy acompaña a decenas de niños en tratamiento oncológico en Argentina, llevando apoyo y alegría a hospitales como el Garrahan y el Gutiérrez.
Gimena, que se define sencillamente como “la tía de un niño que vive en mi corazón”, contó a La Prensa cómo es su trabajo cotidiano acompañando a los más pequeños en sus momentos más difíciles.
La fundación no se limita a donar objetos: su misión principal es brindar contención emocional a través del juego, porque entienden que jugar es un derecho que la enfermedad no debería quitar. Una de sus iniciativas más emotivas es el festejo de la Última quimio, un acto simbólico en el que el niño toca una campana para marcar el fin de su tratamiento.
Sonrisas del corazón no forma parte de ningún hospital, pero desde hace aproximadamente un año empezó a organizar esas celebraciones en el Garrahan. Todo comenzó con un paciente que pidió el festejo; ahora muchos chicos esperan con ganas terminar las quimios para tener su celebración. Frecuentemente son médicos y enfermeras los que avisan a la fundación sobre nuevos niños interesados en recibir apoyo y cariño.
Los festejos se preparan con cuidado: una semana antes los padres eligen la temática —desde superhéroes hasta princesas— y los voluntarios consiguen disfraces y regalos específicos. Al terminar el tratamiento, el homenajeado sale entre aplausos para tocar la campana, un símbolo de triunfo que se escucha en todo el servicio.
Para Gimena esta tarea es profundamente personal y nace de una necesidad de reparación. Ella jugaba y se disfrazaba para Federico cuando él estaba internado, y hoy busca reproducir ese alivio en cada habitación que visita. Su objetivo en las visitas no es preguntar cómo están, sino lograr que por unos minutos olviden la enfermedad y cambie el aire alrededor.
FUERTE IMPACTO
La experiencia está acompañada por evidencia: la risaterapia, que usa la risa mediante ejercicios y juegos, produce beneficios físicos y emocionales —reduce estrés y ansiedad y mejora el ánimo—; no sustituye el tratamiento médico, pero genera sinergias positivas que contribuyen al bienestar del paciente.
“Influye muchísimo en cómo enfrentan el tratamiento: el sistema inmunológico se activa con el amor y la alegría”, afirma Gimena, convencida de que el estado de ánimo repercute en las defensas y en la recuperación.
Tras 15 años llevando alegría a salas oncológicas, Gimena conserva en la memoria los nombres de muchos niños que pasaron por la fundación.
Un caso destacado fue el de Mayra, una adolescente a quien le habían amputado una pierna y cuya salud mejoró notablemente tras la celebración de sus 15 años: lograron el salón, el vestido y la presencia de sus hermanas desde Paraguay, y ese apoyo emocional tuvo un efecto tangible en su estado.
La experiencia en distintos hospitales mostró realidades diversas: en el Gutiérrez muchos niños dependen de cuidadores cuando están solos, mientras que en el Garrahan suele observarse mayor presencia de tíos y abuelos. Conocer esas historias conmueve, y la alegría que generan las visitas es descrita por Gimena como una recompensa enorme.
MALABARES
Mantener la estructura de la fundación requiere un esfuerzo físico y emocional enorme, que recae en gran parte sobre Gimena. Además de ser docente universitaria, ella realiza la mayoría de las tareas operativas en sus tiempos libres.
“Me gustaría organizar más eventos para recaudar, pero no me alcanza el tiempo: edito, respondo mensajes, voy al hospital, y hago muchas otras cosas”, reconoce, aunque dice que el recuerdo de Federico le devuelve la energía para seguir.
También enfrentan la burocracia de trabajar con instituciones públicas: entrar a veces lleva mucho tiempo y no siempre es sencillo porque la fundación no forma parte del hospital. En ocasiones son los propios médicos y enfermeras los que facilitan el acceso. Aun así, el cariño de los niños y las sonrisas hacen que valga la pena.
La fundación se sostiene exclusivamente con donaciones privadas; no recibe subsidios estatales. Las necesidades son variadas: recientemente se recaudaron 24 millones de pesos para una prótesis y 1,5 millones en dos días para un niño que perdió la vista. Además, han colocado televisores y consolas en salas de espera largas para mejorar la experiencia de los chicos.
Cada festejo de Última quimio tiene un costo aproximado de 80.000 a 100.000 pesos, porque además del homenajeado se entregan presentes a todos los niños del sector para que también sientan que pueden llegar a ese momento.
Lo que distingue a Sonrisas del corazón es su acompañamiento a largo plazo: no se trata de intervenciones puntuales, sino de un apoyo que trasciende la internación. Se involucran con las familias y ayudan en necesidades concretas, como alquilar una vivienda o mejorar una habitación para que el niño vuelva a un entorno higiénico.
explicó Gimena.
Para colaborar, la fundación pide donaciones de artículos nuevos —importantes por la inmunodepresión de los pacientes— como libros para pintar y lápices, o contribuciones económicas mediante el alias Dona.sonrisa.punto.
El mensaje de Gimena es claro: el amor es una fuerza que puede lograr lo que parece imposible, y, en los momentos más oscuros, puede devolver a un niño un motivo para sonreír.

