Las etiquetas nutricionales presentan las calorías como un dato preciso y simple, pero la realidad dentro del cuerpo es más compleja: antes de que los nutrientes sean aprovechados por el organismo, los alimentos pasan por un ecosistema de microbios que participa activamente en la digestión.
Investigadores de la Universidad Estatal de Arizona han desarrollado una herramienta matemática llamada DAMM que estima cuántas calorías aprovecha realmente el cuerpo al incorporar un factor que los métodos tradicionales casi no consideran: la actividad de la microbiota intestinal.
El estudio, publicado en PLOS One, presenta una nueva forma de entender cómo el organismo convierte la comida en energía y sugiere posibles aplicaciones futuras en nutrición personalizada y en el abordaje de la obesidad y la diabetes.
“La digestión no es solamente un proceso humano: es una colaboración entre nuestro cuerpo y los billones de microbios que viven en el intestino”, explicó Rosa Krajmalnik-Brown, profesora de la Universidad Estatal de Arizona y directora del Biodesign Center for Health Through Microbiomes.
El ecosistema digestivo que también participa en la digestión
La microbiota está compuesta por bacterias y otros microorganismos ubicados principalmente en el colon. Además de ayudar a descomponer alimentos, esta comunidad interviene en funciones inmunológicas, hormonales y metabólicas.
El nuevo enfoque incorpora otra idea clave: la microbiota influye en la cantidad efectiva de calorías que el cuerpo obtiene. Actúa como una segunda “planta de procesamiento” dentro del intestino, capaz de extraer energía adicional de restos alimentarios que no se digirieron completamente en etapas anteriores.
Durante más de un siglo, el cálculo calórico se basó en el método de Atwater, que estima la energía de proteínas, grasas y carbohidratos mediante valores promedio fijos. DAMM propone un análisis más detallado.
Primero estima cuánta energía se absorbe en el intestino delgado y luego evalúa los residuos que llegan al colon, donde las bacterias transforman componentes como carbohidratos complejos y almidón resistente.
En ese proceso se generan ácidos grasos de cadena corta, producidos por la actividad bacteriana a partir de fibra y otros restos alimentarios, que el organismo también puede utilizar como fuente de energía. Según los autores, los métodos clásicos tienden a subestimar la contribución calórica derivada de la microbiota.
La alimentación modifica el aprovechamiento calórico
El equipo comparó dos patrones dietarios: una dieta rica en componentes vegetales no digeridos y en almidón resistente —menos procesada y orientada a beneficiar a las bacterias intestinales— y una dieta occidental típica, con menos fibra y más productos ultraprocesados.
Quienes siguieron la dieta occidental aprovecharon en promedio 116 kilocalorías más por día que quienes consumieron la dieta rica en fibra. No obstante, las personas con mayor consumo de material fermentable no informaron un aumento de la sensación de hambre.
La herramienta también mostró que las bacterias producían más ácidos grasos de cadena corta cuando recibían mayores cantidades de compuestos vegetales fermentables. En promedio, estas moléculas aportaron alrededor de 140 kilocalorías diarias, aproximadamente el 7,4% del total energético estimado.
Según el modelo, cerca del 85% de las calorías aprovechadas provino del tracto gastrointestinal superior, y el 15% restante provino del colon, donde la actividad bacteriana tiene un papel central.
Por qué las bacterias también influyen en las calorías
Aunque a menudo se piensa que la fibra “no aporta calorías”, parte de ella puede ser metabolizada por la microbiota. Cuando estas bacterias procesan restos alimentarios generan sustancias que afectan la inflamación, la saciedad y la regulación metabólica.
Los científicos señalan que la microbiota actúa como intermediaria entre la dieta y el organismo, por lo que dos personas podrían obtener cantidades distintas de energía aun consumiendo exactamente los mismos alimentos.
Qué implicancias podría tener
Los investigadores consideran que este sistema puede ayudar a diseñar estrategias nutricionales más personalizadas, por ejemplo para entender por qué algunas personas responden de manera diferente a la misma dieta o por qué ciertos patrones alimentarios favorecen la obesidad, la diabetes y otras alteraciones metabólicas.
También plantean que la herramienta podría servir para evaluar si determinadas dietas benefician la microbiota o, por el contrario, reducen su diversidad y funcionamiento.
Los autores aclaran que el modelo fue validado solo en adultos sanos y que se requieren más estudios antes de su aplicación clínica. Además, dado que la microbiota humana varía ampliamente entre individuos, futuras investigaciones deberán considerar diferencias de edad, estado de salud y composición microbiana.
Aun así, los científicos consideran que DAMM representa un avance al integrar de forma cuantitativa la relación entre alimentación, metabolismo y actividad microbiana: las calorías dependen no solo de lo que se come, sino también de cómo el ecosistema intestinal lo procesa.

