Hace pocos años la discusión era si China llegaría a tener la capacidad militar para intentar tomar Taiwán. Hoy la pregunta es otra: qué obstáculos podrían impedirle hacerlo.
Ese cambio explica gran parte de la inquietud en Washington, Taipéi y otras capitales asiáticas. El problema ya no es solo el crecimiento militar chino, sino la duda sobre la voluntad de Estados Unidos para mantener el equilibrio que durante décadas sostuvo la paz en el estrecho.
Las declaraciones recientes de Donald Trump alimentaron esa incertidumbre. A diferencia de otros presidentes estadounidenses, no ofreció señales claras sobre el compromiso de Washington con la defensa de la isla y planteó la relación con Taiwán de forma más transaccional que estratégica.
No es una cuestión menor. Durante años la estabilidad se basó en una paradoja: China nunca renunció al uso de la fuerza para incorporar Taiwán y Estados Unidos nunca prometió formalmente defenderla; aun así, ambos actuaban como si una guerra fuera demasiado peligrosa para intentarla.
Ese delicado equilibrio funcionó durante más de medio siglo. La duda es si seguirá funcionando.
Desde la perspectiva china, el contexto actual es más favorable que en el pasado. El Ejército Popular de Liberación atraviesa una modernización ambiciosa: su marina es la más numerosa del mundo, su capacidad misilística se ha expandido y la fuerza aérea incorpora nuevas plataformas, mientras los ejercicios alrededor de Taiwán son más frecuentes y complejos.
Quienes siguen la evolución militar china señalan un dato revelador: hace veinte años una invasión parecía remota; hoy forma parte de escenarios plausibles para los planificadores. Pero mayor capacidad no implica automáticamente mayor probabilidad de éxito.
La guerra en Ucrania dejó una lección clara: muchos expertos occidentales esperaban una victoria rusa rápida, pero la realidad fue distinta. La superioridad militar rara vez se traduce en resultados automáticos.
Taiwán observó esas lecciones y en los últimos años reformuló su doctrina militar. En lugar de competir en cantidad de medios, apostó por elevar el coste de cualquier agresión.
Drones, misiles antibuque, sistemas móviles de defensa aérea, mandos descentralizados y capacidades de guerra electrónica forman parte de esa estrategia. La idea es simple: si no puede evitar una invasión, debe poder convertirla en una pesadilla para el agresor.
A primera vista podría parecer que todo depende de la comparación entre fuerzas, pero las guerras rara vez son tan sencillas. El factor decisivo suele ser psicológico.
Durante décadas, el principal elemento disuasorio no fue tanto la capacidad militar taiwanesa como la posibilidad de una intervención estadounidense. Aunque no hubo garantías formales, Pekín debía considerar el riesgo de enfrentarse a la principal potencia militar mundial.
Esa incertidumbre funcionaba como freno. Hoy la situación parece menos clara.
Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia militar, pero enfrenta múltiples desafíos simultáneos: el apoyo a Ucrania, las tensiones en Oriente Medio y la necesidad de mantener presencia global han avivado el debate sobre los límites del poder estadounidense. Pekín observa con atención.
Porque la disuasión no depende solo de recursos disponibles, sino de la percepción que tengan los adversarios sobre la voluntad de utilizarlos.
Aun si China concluyera que Washington está menos dispuesto a intervenir, eso no convierte una invasión en inevitable. Existen razones importantes en contra.
El estrecho de Taiwán sigue siendo una barrera formidable. Cruzarlo con cientos de miles de soldados, blindados, combustible y suministros bajo fuego enemigo sería una de las operaciones militares más complejas desde Normandía. Por eso Pekín podría preferir alternativas menos arriesgadas.
Un bloqueo naval y aéreo figura entre las opciones más discutidas. Taiwán depende profundamente del comercio exterior para su energía, alimentos y materias primas; un bloqueo prolongado podría generar presiones económicas enormes sin asumir los riesgos de una invasión anfibia. Además, Taiwán ya no es solo una cuestión territorial.
La isla ocupa un lugar central en la economía global al producir buena parte de los semiconductores avanzados. Sistemas de inteligencia artificial, la industria tecnológica y muchas capacidades militares modernas dependen de esos chips, por lo que una crisis en el estrecho tendría repercusiones mundiales.
Hay, además, otro factor que suele quedar eclipsado por las comparaciones de presupuesto y armamento.
China dispone hoy de más tecnología, buques y misiles que nunca, pero arrastra una limitación que ningún presupuesto soluciona fácilmente: falta de experiencia reciente en combate.
La última guerra importante con participación china fue en 1979 contra Vietnam.
Desde entonces el Ejército Popular de Liberación acumuló entrenamiento, simulaciones y equipamiento moderno, pero la guerra real presenta desafíos distintos.
La historia ofrece numerosos ejemplos.
Rusia comprobó en Ucrania que planes cuidadosamente diseñados pueden desmoronarse en semanas. Estados Unidos logró victorias rápidas en guerras convencionales como Irak y Afganistán, para después quedar atrapado en conflictos largos e imprevistos.
Las guerras tienden a exponer debilidades ocultas en tiempos de paz. Xi Jinping probablemente es consciente de ello. Una operación fallida contra Taiwán no tendría solo costes militares: también dañaría la economía, la imagen de liderazgo y podría generar tensiones políticas internas difíciles de controlar.
Por eso la mayoría de los especialistas coincide en que una invasión no parece inminente. Pero esa no es la cuestión principal: lo crucial es si los líderes chinos empiezan a percibir que el principal obstáculo que limitó sus opciones se está debilitando.
Las guerras no siempre comienzan cuando una potencia se siente invencible; muchas veces arrancan cuando cree que sus adversarios ya no intentarán detenerla.
Durante años, la estabilidad en el estrecho reposó en la convicción compartida de que el coste de una agresión sería inaceptable para todos los involucrados.
Hoy esa convicción parece menos sólida. Ahí reside el verdadero riesgo: no una decisión inevitable de ir a la guerra, sino la posibilidad de que una de las partes interprete mal las señales de la otra.
Hay demasiados ejemplos de conflictos que nadie deseaba pero que ocurrieron porque alguien creyó que el equilibrio había dejado de funcionar. Quizá esa sea la pregunta que hojea el Pacífico: no si China quiere recuperar Taiwán —eso nunca estuvo en duda— sino qué ocurrirá si Pekín concluye que el coste de intentarlo es menor que antes.
Si ese momento llega, el problema ya no será la capacidad acumulada por China, sino la tentación de ponerla a prueba.
La historia militar muestra que iniciar una guerra y ganarla son cosas muy distintas. Esa incertidumbre sigue siendo, por ahora, uno de los principales factores que mantienen la paz en el estrecho más importante del mundo.


