18 de junio de 2026
Buenos Aires, 11 C

Lloran a sus muertos y votan a sus verdugos

Algunas imágenes comunican más que cualquier sondeo.

Multitudes acompañando una despedida: calles repletas, banderas, abrazos y lágrimas genuinas.

Eso ocurrió en el homenaje a Taty Almeida.

Y también se vio en la despedida del Indio Solari.

Son relatos distintos.

Y trayectorias diferentes.

Pero comparten algo evidente: el afecto popular.

Ante esas muestras surge una pregunta relevante.

¿Por qué una porción significativa de la sociedad muestra cariño por figuras vinculadas a causas populares y, al mismo tiempo, rechaza al peronismo o al kirchnerismo?

No hay una respuesta sencilla.

Porque la política no se reduce solo a la economía.

La política también es identidad.

Es pertenencia.

Es cultura.

Es memoria colectiva.

Bourdieu señaló que las decisiones no se toman únicamente por interés material; incluyen valores, símbolos y creencias aprendidas.

Ahí aparece una primera pista.

Hay trabajadores que apoyan políticas que, en términos económicos, los perjudican.

No porque sean ignorantes.

No por falta de comprensión.

Sino porque esas ideas encajan con sus nociones sobre esfuerzo, mérito o libertad.

La sociología ha estudiado este fenómeno durante décadas.

Gramsci lo definió como hegemonía cultural.

Cuando una idea se instala como sentido común, deja de cuestionarse.

Se naturaliza.

Incluso si perjudica a quienes la sostienen.

Por eso hay quienes celebran medidas de ajuste aunque las afecten personalmente.

No es una contradicción inexplicable.

Es el resultado de una construcción cultural.

Hay otra cuestión importante.

Gobiernos nacionales y populares han cometido errores significativos.

Errores que tuvieron consecuencias graves.

Negarlos sería negarse a ver la realidad.

Se dieron casos de corrupción.

Algunos funcionarios traicionaron las banderas que proclamaban defender.

También hubo actitudes soberbias.

Y distanciamientos respecto de sectores que antes se sentían representados.

Cuando eso sucede, el daño es doble.

No solo cae una figura política.

Se perjudica toda una causa.

Mientras tanto, sectores concentrados de la economía defienden proyectos que bajan impuestos, reducen regulaciones y concentran recursos en las élites.

Eso tampoco sorprende.

Defienden sus intereses.

Lo llamativo sucede cuando quienes pierden salario, empleo o derechos terminan apoyando el mismo enfoque.

Entonces surge otra pregunta central en la Argentina.

¿Por qué alguien vota en contra de su propio interés material?

Tal vez porque el voto no es solo una cuestión de bolsillo.

Se vota con esperanza.

Con miedo.

Con enojo.

Con recuerdos.

Con identidad.

Y sobre todo con aquello que se considera verdad.

A veces esa verdad no coincide con la experiencia personal.

Las despedidas multitudinarias de Taty Almeida y del Indio Solari reflejan algo que los algoritmos no capturan por completo.

Hay una Argentina solidaria.

Existe una Argentina que valora la memoria.

Existe una Argentina que se conmueve por la idea de comunidad.

La misma comunidad que muchos describen como el pueblo.

Quizás ahí esté el debate fundamental.

No se trata solo de quién roba más o menos.

No es solo sobre qué dirigente gana unas elecciones.

Se trata del modelo de sociedad que se quiere construir.

¿Uno en el que cada persona se arregla por su cuenta?

¿O uno en el que también importa el destino del vecino?

Al final, los pueblos no se definen únicamente por los mercados que generan.

Se reconocen también por los gestos y abrazos que dejan cuando alguien se va.

En esos homenajes multitudinarios está presente una verdad duradera.

La de una sociedad que busca algo más que su interés inmediato.

Algo que ni el mercado ni las encuestas logran explicar por completo.

Artículo anterior

Sistema inalámbrico revolucionario de 360 Gbps

Artículo siguiente

Inflación, desempleo y temor a la represión en Irán tras la guerra

Continuar leyendo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: