Un día Tony Soprano salió en pantuflas a recoger el periódico; poco después, un ejecutivo de Silicon Valley definió a los periódicos (y revistas) como “esas cosas que están afuera, se mojan… como animales atropellados”. Es una imagen que resume el declive visible de la prensa impresa.
En Empire of Ink. The Printers, Rogues, and Radicals Who Invented the American News, Alex Wright documenta con rigor que en Estados Unidos había alrededor de 9.000 periódicos en 2005 y apenas 6.000 en 2025, y que cada semana cierran, de media, dos más. Incluso cadenas como Starbucks dejaron de vender ejemplares antes de la pandemia.
A pesar de la caída de la prensa en papel, muchos periodistas —incluidos jóvenes— siguen valorando aparecer en la edición impresa y celebran la portada. Sin embargo, es la versión digital la que perdura hoy, con métricas como los clics y la lealtad de los lectores que definen su alcance, aunque no siempre su calidad.
Empire of Ink explica por qué persiste el apego a la tinta y al papel. Es una historia sin sentimentalismos del periódico norteamericano desde la Guerra de Independencia hasta principios del siglo XX, y muestra paralelismos entre la cultura del “cortar y pegar” de entonces y el competitivo ecosistema mediático digital actual.
Alex Wright es diseñador digital e investigador; ha trabajado en Google News y The New York Times y ha escrito otros libros sobre cómo se organiza y difunde el conocimiento. Procede de una familia vinculada al periodismo, hasta con una tía tatarabuela relacionada con Margaret Mitchell.
Wright presta atención tanto a escritores famosos como a quienes se enfrentaron a la prensa. Charles Dickens, que trabajó como reportero, criticó duramente la prensa sensacionalista estadounidense; personajes de sus novelas satirizan esos periódicos baratos y vulgares.
James Fenimore Cooper demandó a varios periódicos por difamación y los criticó sin ambages; Edgar Allan Poe se vio envuelto en un altercado por una publicación local que casi termina en duelo, aunque acabó en reconciliación. Estos episodios muestran la tensión histórica entre autores y medios.
La figura literaria más asociada con la impresión y el periodismo de la época es Samuel Clemens, Mark Twain, quien comenzó como aprendiz de imprenta y llegó a convertirse en un autor muy popular y próspero.
Twain fue, en parte, un impresor itinerante que recopiló material para sus obras y vivió la difusión no atribuida de textos —lo que Wright describe como su primer encuentro con la fama viral—. Su estilo público y su atuendo lo convirtieron en una especie de “influencer” de su tiempo.
El libro consigue trazar un puente entre los pioneros del periodismo impreso y la generación actual que usa plataformas digitales, combinando historias de figuras célebres con relatos de personajes menos conocidos.
Wright sugiere que el editor rural del pasado —que intercambiaba suscripciones por alimentos, pedía contribuciones a los vecinos y repartía ejemplares gratuitamente entre colegas— podría ofrecer lecciones útiles a los creadores de noticias del futuro, más que ciertos modelos profesionales del siglo XX.
No volverán los días en que competencias tipográficas eran eventos seguidos con entusiasmo; en su momento, destacaban compositores con gran destreza manual, apodados por su velocidad.
Twain apoyó varias innovaciones tecnológicas y llegó a invertir en el Paige Compositor, una máquina mecánica compleja que prometía modernizar la composición tipográfica pero resultó inviable y fue superada por la máquina Linotype de Mergenthaler, calificada por Edison como una maravilla. La Linotype dominó hasta que la fotocomposición y las computadoras comenzaron a sustituirla en los años setenta.
En definitiva, Empire of Ink sostiene que la tecnología transforma los medios, pero que la necesidad humana de compartir historias y comparar relatos permanece constante.
Wright recorre también la nostalgia por el periodismo de misión posterior a Watergate y retrocede a épocas en que los periódicos eran más parecidos a fanzines: circulaban de mano en mano, estaban cargados de política y eran copiados sin restricciones, prácticas que recuerdan, en cierto sentido, a la agregación informativa contemporánea.
El autor no propone una hoja de ruta para el futuro del periodismo, pero su relato ofrece un motivo de optimismo cuando las noticias sobre la profesión han sido tan preocupantes.
Fuente: The New York Times



