23 de junio de 2026
Buenos Aires, 7 C

Cuando tu hijo se vuelve un desconocido

La periodista y escritora Laura Cukierman presenta La forma del derrumbe, su primera novela, publicada por el Fondo de Cultura Económica en la colección Tierra Firme.

La historia comienza un domingo cualquiera que se quiebra de golpe cuando una vecina pregunta a Sofía por los rumores sobre su hijo. Antes de asimilar la pregunta, ella ya está en una comisaría escuchando versiones que no coinciden con la imagen que tenía de Federico, su único hijo de diecisiete años. La acusación es grave: lo señalan como líder de una banda que roba y extorsiona a vecinos y conocidos. El golpe final llega cuando el chico pide un abogado particular, que ella no conoce, y se niega a recibir a sus padres.

La trama se desarrolla en las veinticuatro horas siguientes a la detención. En ese lapso, Cukierman muestra el derrumbe de una familia común: la madre que oscila entre la negación y la rabia, entre la memoria del hijo que creyó conocer y la figura extraña que ahora se impone. Alrededor, están las miradas y los juicios de los otros, dispuestos a opinar y a sentenciar.

Nacida en Buenos Aires, Cukierman estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Tiene una trayectoria como productora de radio y televisión y es autora del libro de cuentos Las chicas malas no transpiran.

A continuación, Infobae Cultura comparte un fragmento de la novela.

“La forma del derrumbe” (Fragmento)

No recuerdo cuándo vi por última vez al hijo que yo conocía, no a este otro que aparece ahora con el mismo nombre y una expresión que no termino de reconocer. Me cuesta encontrar rasgos del chico con el que compartí los últimos diecisiete años: el alumno promedio, el que lavaba los platos sin que nadie se lo pidiera. Cuando pienso en él, acudo a una marca de nacimiento que siempre me aseguró que no me habían cambiado al bebé: una mancha grande en la rodilla izquierda que la partera me mostró al nacer.

Esa mancha, inmensa y oscura, fue para mí un signo de identidad. Desde recién nacido, cada vez que me acercaban a Federico para darle el pecho, sin que nadie lo notara, buscaba la marca en su pierna y me calmaba al encontrarla. Me parecía la prueba tangible de que era mi hijo y, durante años, esa comprobación me dio tranquilidad.

A lo largo del tiempo, repetí ese gesto muchas veces: buscar la mancha para confirmar que el niño que estaba conmigo —al que recogía del colegio, llevaba a cumpleaños o acompañaba a ver a su abuela— seguía siendo el mismo. Era una necesidad que no supe explicar ni confesar, ni siquiera a Luis. Varias veces, encontrar la marca me alivió.

Hoy, sin embargo, mientras miro al joven señalado en la comisaría, rezo porque no falte esa señal en su rodilla. Lleva el nombre y el rostro de mi hijo, pero me niego a reconocerlo. Quisiera que exhibieran su pierna y que la ausencia o presencia de esa marca pusiera fin a la pesadilla: la idea de que mi único hijo sea acusado de integrar una banda que roba y extorsiona a nuestros vecinos me resulta absurda. Prefiero creer que nos cambiaron al chico o que hubo algún error desde su nacimiento.

Otra posibilidad, pensaba, sería que efectivamente se hubiera producido un intercambio en el parto y que en algún lugar exista la verdadera madre buscando a su hijo; la restitución sería un acto de justicia que lo arreglaría todo. Pero nada de eso aparece en la realidad inmediata: el teléfono explotó con mensajes y llamadas, y mis pensamientos se llenaron de negaciones.

En medio de la confusión, traté de aferrarme a explicaciones que tuvieran sentido para mí: que fuera un accidente, un problema de salud, un robo o una pelea. Repetía en mi cabeza que tenía que ser otra cosa. Mientras tanto, las palabras que llegaban eran duras y concretas: detención, uso de armas, dinero en efectivo, objetos de valor, tarjetas robadas, operación “chicos bien”.

Luis me gritó que fuéramos a la comisaría, que Federico estaba detenido y que nuestro hijo era un delincuente. Yo permanecía casi paralizada, esperando un aviso que aclarara todo. Busqué el carnet de la prepaga, imaginando que una desgracia de ese alcance solo podía explicarse por un problema médico. Pensé en un accidente o en una agresión en la calle; cualquier cosa antes que aceptar la acusación.

En un momento, lo único que quise fue que alguien mirara las rodillas de ese chico preso y dijera si la marca estaba o no. Me resultaba incomprensible cómo nadie había advertido signos de que algo así podía ocurrir. Las preguntas que me lanzaban —¿cómo no viste nada?, ¿cómo no te diste cuenta?— iban dirigidas a todos y sobre todo a mí, como si yo tuviera una explicación inmediata para todo.

Pero no vi nada que me hiciera sospechar del joven que cenaba con nosotros, salía con amigos y ayudaba en casa; el mismo que piensa en estudiar una carrera universitaria y que cuida de su abuela los sábados. La evidencia de su vida cotidiana no coincidía con las acusaciones que ahora pesaban sobre él.

Tampoco siento que deba rendir cuentas al coro de juzgadores que me rodea. Me preocupa mi hijo, por supuesto, pero no voy a ofrecer explicaciones al público ni a los que se creen con derecho a condenarme. Más bien necesito entender cómo actuar desde este nuevo lugar: hasta ahora, para mí ser madre fue en parte una actuación, un rol asumido con improvisación, y frente a este hecho no sé aún cómo desempeñarlo.

Ser adulto, pienso, muchas veces consiste en interpretar un personaje que funcione lo suficiente para la vida diaria. La maternidad me exigió aceptar esa ficción cotidiana con su intensidad propia; ahora me encuentro en una improvisación distinta, frente a una situación que desborda todos los manuales.

[Fragmento incompleto]

Fotos: gentileza de prensa del Fondo de Cultura Económica.

Artículo anterior

Álvarez pidió transferencia y sacudió al Atlético

Artículo siguiente

Irán responde a Trump: controlará el estrecho de Ormuz pese a las advertencias de Washington

Continuar leyendo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: