16 de julio de 2026
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Aniversario imbatible, Mi Club sopló 76 velitas

La historia del boliche de Banfield a través de los ojos de su mítica guardarropas.

La discoteca más antigua de América Latina celebró un nuevo año de vida en la zona Sur. Carmen Parusatti, quien custodia los abrigos y secretos de los clientes desde hace cuatro décadas, repasa los cambios de época, las anécdotas más divertidas y el valor de un lugar que ya es su casa. Hay rincones en el Conurbano que son verdaderas máquinas del tiempo, templos donde se cruzan las biografías de varias generaciones.

En Lomas de Zamora, ese lugar sagrado de la noche tiene nombre propio, y es Mi Club, el emblemático boliche de Banfield, reconocido como la discoteca en funcionamiento más antigua de todo el continente, acaba de cumplir 76 años de historia y lo festejó a lo grande.

Detrás de las luces de la pista, los tragos y la música que une a abuelos, hijos y nietos, se esconden las historias de quienes hacen funcionar el engranaje cada fin de semana.

Una de las figuras más queridas y respetadas es Carmen Parusatti, la encargada del guardarropas desde hace 40 años. “Esta es mi casa, mi familia, es mi vida”, confiesa Carmen con emoción. Acá trabajó mi marido, Carlos Aragone, hasta dos días antes de fallecer. Acá crié a mis hijos. Mi mamá trabajó en los baños y mis nietos también. Hasta festejé el Mundial 78 acá adentro, embarazada, con mi nena envuelta en la bandera en la terraza. Así que mientras pueda, me voy a poner la camiseta todos los sábados y a pechugar, el cariño que recibo es recíproco.

De la elegancia de los años 50 a la libertad actualLa aventura de Mi Club comenzó en 1950, cuando cuatro amigos decidieron organizar bailes los domingos. El éxito fue tan rotundo que pronto se mudaron a los sábados y consolidaron el proyecto. En sus orígenes se llamó *Disclub*, para luego adoptar el nombre definitivo que hoy todos conocen. En una época donde las fiestas se limitaban a los clubes de barrio o sociedades de fomento.

Mi Club rompió el molde como el primer boliche privado de la zona Sur. Los códigos de vestimenta de aquellos primeros años eran estrictos, los hombres debían ingresar rigurosamente de traje, zapatos y pelo corto; las mujeres, con vestido largo como requisito inquebrantable.

Carmen, que ingresó originalmente para dar un refuerzo durante una fiesta de aniversario y se quedó para siempre (hoy sigue yendo a trabajar a pesar de estar jubilada), recuerda perfectamente ese cambio cultural en la indumentaria, “Cuando empecé, los abrigos de las mujeres eran todos de piel y las carteras de cuero de mucho valor. Los hombres llevaban abrigos de paño. Era todo muy diferente a lo de ahora; la gente iba extremadamente fina y meticulosa. Hoy, desde ropa interior hasta un antifaz, te dejan cualquier cosa en el guardarropas. La gente cambió, ahora es más libre, más decidida y no tiene vergüenza de nada”, describe entre risas.

Un confesionario entre percheros, cuarenta años entre percheros dan para todo tipo de recuerdos. Desde momentos de pura adrenalina, como la noche en que se cayó un perchero entero y tuvieron que descifrar de quién era cada prenda mezclada, hasta secretos de novela.”El secreto más grande fue el de una gitana que venía y se cambiaba completamente en el guardarropas. Se transformaba en una bellísima mujer, morocha. Después se sacaba la pollera y la dejaba a un costado. Ese secreto lo guardamos por años”, rememora Carmen, a horas de haber vivido otra noche mágica de aniversario que seguramente sumará nuevas páginas a la mítica historia del boliche, Carmen resume a la perfección el rol social de su rincón en la discoteca: “El guardarropas escucha más que un confesionario”.

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