Este miércoles millones de argentinos nos reuniremos nuevamente: con la familia, con amigos, vistiendo la celeste y blanca y celebrando cada gol con la misma intensidad de siempre.
El rival será Inglaterra y, como suele ocurrir en este tipo de enfrentamientos, la memoria nos remite a Malvinas. Es parte de nuestra historia y de nuestro respeto por quienes defendieron la patria, aunque también conviene recordar las palabras de Scaloni: «Es solo un partido de fútbol y no otra cosa».
Por eso es importante diferenciar la pasión deportiva de una causa nacional: Malvinas merece memoria, respeto y un compromiso permanente con la soberanía; no debe servir como recurso oportunista ni como uso circunstancial.
Cada vez que juega la selección sucede algo que trasciende lo puramente deportivo.
Ante un gol, nos abrazamos: con hijos, con padres, con amigos y hasta con desconocidos que están a nuestro lado en un bar, en una plaza o en la tribuna.
En ese instante no importan las diferencias políticas ni las opiniones personales; desaparecen las divisiones y surge un mismo grito: ¡Vamos Argentina!
En esos abrazos espontáneos y sinceros se evidencia que todavía existen elementos capaces de unirnos como sociedad.
Esa es la fuerza de la camiseta celeste y blanca.
No pertenece a un gobierno, a un dirigente ni a un partido político.
Representa al veterano de Malvinas que mantiene su amor por la bandera, al niño que sueña con ser futbolista, al trabajador que pausa su jornada para ver el partido y a la familia que se reúne frente al televisor.
En definitiva, pertenece a todos los argentinos.
La Selección no indaga sobre el origen, las ideas o el voto de nadie; nos recuerda que, por encima de las diferencias, compartimos una bandera, un himno y un sentimiento de pertenencia.
Debemos cuidar aquello que aún nos une.
En momentos en que pareciera que todo tiende a dividirnos, la Selección sigue siendo uno de los pocos ámbitos donde los argentinos vuelven a encontrarse.
Celebremos cada gol con la pasión acostumbrada y abracémonos con el mismo orgullo, porque cuando permitimos que hasta nuestros símbolos se vuelvan motivo de disputa política perdemos parte de nuestra identidad colectiva.
No dejemos que alguien transforme ese abrazo, esa alegría y ese sentimiento compartido en un emblema partidario.
La celeste y blanca no representa a un sector: representa a la nación.
Hay abrazos que no preguntan a quién votás; solo preguntan si gritaste: ¡Vamos Argentina!

