El crecimiento de esta tendencia comercial se explica en gran medida por la influencia de las redes sociales y el contenido digital. Ambos comercios consultados coinciden en que la popularidad no surge sólo por el producto en sí, sino por la forma en que se muestra: videos de aperturas diarias y publicaciones en TikTok e Instagram crean un programa visual que atrae a la audiencia y genera expectativa.
Las piezas audiovisuales que documentan la apertura de cada compartimento actúan como un detonante emocional y social. Al ver a otras personas desarrollar la experiencia paso a paso, muchos espectadores sienten el impulso de replicarla. Este efecto se relaciona con fenómenos conocidos como prueba social y miedo a perderse algo (FOMO): cuando alguien ve que otros disfrutan un ritual cotidiano, la experiencia deja de ser individual y se transforma en una actividad colectiva virtual. En palabras de Battiston: “El calendario es una experiencia. La gente ve que otros lo abren y quiere vivirlo también”.
Además de la motivación emocional, las redes facilitan la viralización rápida. Contenidos fácilmente compartibles —historias, reels, hilos de imágenes— amplifican la visibilidad y actúan como recomendación tácita. Influencers y usuarios comunes contribuyen por igual: los creadores con grandes audiencias pueden acelerar la demanda, pero el volumen de publicaciones de usuarios regulares consolida la tendencia como algo masivo y cotidiano.
Frente a ese fenómeno, los comercios adaptan sus estrategias. Algunos diseñan el empaque y el producto para favorecer la grabación y el unboxing; otros promueven retos y hashtags que incentivan la participación del público. La precariedad o la escasez percibida —ediciones limitadas o lanzamientos por tiempo— se combina con la exposición digital para aumentar el sentido de urgencia y la demanda.
El resultado es una interacción estrecha entre contenido y consumo: el formato del contenido (vídeo diario, imágenes secuenciales) crea una narrativa que convierte el uso del producto en un evento recurrente, mientras que la exposición en plataformas sociales multiplica su alcance. Para los comercios, esto implica no sólo gestionar inventarios y logística, sino también entender la dinámica comunicativa que convierte un objeto en experiencia compartida.
En síntesis, la tendencia no se explica únicamente por las características del producto, sino por cómo se exhibe y se comparte en redes. El fenómeno demuestra que, en la era digital, la demanda puede construirse tanto a partir del valor intrínseco como de la capacidad de un producto para generar contenido atractivo y participativo.


