15 de enero de 2026
Buenos Aires, 22 C

Uruguaya de 97 confesó espiar en Mar del Plata para Gran Bretaña

Tiene 97 años, es alta y delgada, con el pelo corto y canoso y ojos azules intensos. Nació en Uruguay en una familia de ascendencia escocesa e inglesa cuyos padres preferían que se relacionara solo con integrantes de la colonia británica. Se identifica como anglouruguaya y, por primera vez, decidió contar que en 1982, durante la Guerra de las Malvinas, espió los movimientos navales argentinos desde un edificio en ruinas en Mar del Plata y puso de manifiesto las maniobras que Gran Bretaña empleó sobre la defensa del Atlántico Sur.

Es la historia nunca antes divulgada de una mujer reclutada por los servicios británicos para transmitir información secreta: Ruth Morton. Habló con el periodista Graham Bound, fundador del Penguin News de las islas, y durante la conversación reveló tanto detalles operativos como el peso de una tradición familiar vinculada al espionaje.

Su padre, Eddie, era empresario, y su madre, Margaret, era enfermera. Tenía dos hermanas mayores, Rose Lily y Miriam, y Ruth nació una década después. Recordó que de niña solía decir que era inglesa y que su madre no quería que se juntara con los niños uruguayos del vecindario.

El vínculo familiar con la inteligencia británica se extendía hasta la Segunda Guerra Mundial. Según contó, su padre reclutó a sus hermanas para tareas de comunicación secreta. En 1939, cuando comenzó el conflicto en Europa, trabajaba en las Oficinas Centrales del Ferrocarril en Montevideo, que actuaron como un brazo de la inteligencia británica, y encargó a sus hijas interceptar, traducir y transcribir mensajes.

Las operaciones se realizaban en secreto por un grupo de ocho personas, seis de ellas mujeres. Era conocido en Montevideo que los espías se reunían en un café llamado El Oro del Rin. Uruguay había adquirido importancia estratégica porque suministraba a Gran Bretaña productos como grano, carne, cuero y lácteos. Desde los once años, Ruth sabía que su familia estaba involucrada en tareas de espionaje y fue instruida para ser discreta: atendía el teléfono de casa y transcribía cada indicación palabra por palabra.

Cuando llegó la Guerra de las Malvinas, su hermana Mina la eligió para la misión de vigilancia porque consideró que Ruth levantaría menos sospechas. Mina era su superior en aquella operación.

El objetivo principal de Ruth era vigilar el movimiento de tres submarinos en la base naval de Mar del Plata: el ARA Santa Fe, el ARA San Luis y el ARA Santiago del Estero.

El operativo estaba supervisado desde Montevideo por una agente con nombre en clave Claire. Requirió vigilancia directa desde un escondite improvisado bajo las tablaciones de un edificio parcialmente destruido y el uso de rutas de comunicación alternativas para informar lo observado. Morton contó que había un hueco por el que podía arrastrarse y desde allí divisaba los submarinos a pocos cientos de metros.

Describió las condiciones del puesto como arenosas, sucias y muy incómodas, sin espacio para sentarse, y dijo que se le formaron ampollas en rodillas y codos hasta que se acostumbró. En lo emocional, aseguró que no sentía emoción: su prioridad era la precisión y transmitir la información exactamente como la recibía.

La cadena de comunicación era compleja: debía tomar al menos dos colectivos hacia el interior, usar un teléfono público para llamar a un contacto anglo-argentino que le daba otro número distinto cada vez, y quien respondía tenía acento británico. Morton dijo que no congeniaba con esa persona y que, con el tiempo, el contacto desapareció.

Cuando los tres submarinos zarparon y ella decidió que era necesario informar, no pudo comunicarse con su intermediario. Entonces empleó un número que no debía usar, asumiendo un riesgo porque la vía habitual había desaparecido.

La precariedad económica también influyó en su actividad: cuando los fondos para gastos operativos desaparecieron junto con el contacto, Morton comenzó a tejer gorros con la inscripción “Mar del Plata” para venderlos, distribuyéndolos a través del portero de un hotel local.

Durante sus guardias bajo el edificio encontró la compañía de un carpincho, al que describió como sociable y amistoso pese a su olor. Relató que una noche un barco disparó y alcanzó al animal, que cayó al agua, y que ese incidente pudo haberla salvado a ella.

Tras el suceso, Claire le ordenó abandonar el puesto y Morton dejó la vigilancia; dijo que fue despedida. Tiempo después recibió un reconocimiento firmado por fuerzas británicas junto con un bol de plata, distinción que le resultó incómoda porque no buscaba recompensa: había actuado porque consideró que era lo correcto. Morton nunca había contado su historia antes, ni siquiera a su hija Patty.

Artículo anterior

Ultiman detalles del natatorio municipal en Rafael Calzada

Artículo siguiente

Clima en Córdoba para Nochebuena y Navidad

Continuar leyendo

Últimas noticias