15 de enero de 2026
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Líderes +70: la juventud no implica progresismo

El paso del tiempo no solo registra trayectorias individuales: también influye en cómo se ejerce el poder. En la política internacional actual, muchas decisiones clave sobre economía, seguridad y diplomacia recaen en líderes con carreras largas y experiencia acumulada.

Este fenómeno, extendido por distintos continentes y regímenes, plantea dudas sobre la relación entre experiencia, estabilidad y renovación en un contexto global marcado por la incertidumbre.

En esta entrevista, el politólogo Gastón Vargas examina el concepto de gerontocracia, su utilidad analítica y las tensiones entre liderazgos veteranos y emergentes en la arena internacional.

Gastón Vargas, licenciado en Ciencia Política, es profesor universitario, director de Asuntos Públicos en la consultora Foedus y autor. Ofrece una lectura comparada sobre democracias y regímenes autoritarios, el valor de la experiencia y las condiciones institucionales que facilitan o dificultan la renovación generacional en el poder.

—Desde la ciencia política, ¿cómo se define hoy el concepto de gerontocracia? ¿Es una categoría descriptiva o implica necesariamente una crítica al sistema político?

—Históricamente, la gerontocracia aludía al gobierno de consejos de ancianos en comunidades tradicionales. En el siglo XXI funciona más como una categoría analítica para observar la persistencia en el poder de ciertas élites y liderazgos prolongados en potencias y regímenes diversos.

El debate actual no siempre es una condena implícita: la discusión suele centrarse en si la edad refleja rigidez institucional o, por el contrario, aporta estabilidad en tiempos inciertos.

—En el escenario global actual, ¿por qué las principales potencias tienden a estar gobernadas por líderes con trayectorias tan prolongadas? ¿Qué factores estructurales lo explican?

—Se puede distinguir entre dos realidades. Una incluye países con democracias relativamente consolidadas (América, Europa occidental y algunos miembros de los BRICS), donde líderes de larga trayectoria llegan o se mantienen en el poder, como Lula da Silva (80) en Brasil, Donald Trump (79) en EE. UU., Narendra Modi (75) en India, Cyril Ramaphosa (73) en Sudáfrica o Friedrich Merz (70) en Alemania.

La otra dimensión corresponde a países con democracias débiles o regímenes autoritarios, donde la prolongada permanencia de líderes —como Vladímir Putin (73) o Xi Jinping (72)— refleja estructuras de poder más cristalizadas.

En democracias funcionales, la edad suele interpretarse como un activo: genera confianza y capacidad para gestionar crisis internacionales, actuando como un “voto seguro” frente a la volatilidad.

En contextos autoritarios o de baja intensidad democrática, la longevidad responde a la consolidación de redes de poder y al temor de que el recambio debilite al régimen.

—¿La edad funciona como una forma de capital político? ¿Qué aporta la experiencia acumulada en contextos de crisis e incertidumbre internacional?

—A nivel global la mediana ronda los 62 años, pero las diferencias se acentúan en las regiones con mayor influencia.

Por ejemplo, el promedio de edad de los gobernantes en América del Norte (Estados Unidos, Canadá y México) se sitúa en 67 años.

El caso de Estados Unidos es llamativo: Donald Trump inició su primer mandato con 71 años y volvió a asumir con 79; Joe Biden asumió con 79 en su primer período más reciente.

En consecuencia, el liderazgo de la principal potencia se ha desplazado hacia edades avanzadas, lo que refleja una tendencia observable en la región.

En el G7 el promedio se mantiene alrededor de los 62 años, con figuras como Friedrich Merz (70) en Alemania influyendo en la agenda europea.

Europa muestra una doble realidad: pese a una población envejecida, los mandatarios europeos promedian cerca de 58 años.

Convivien liderazgos de larga trayectoria como algunos “pesos pesados” y una generación de mandatarios relativamente más jóvenes, como Emmanuel Macron (48), Giorgia Meloni (48) o Pedro Sánchez (53).

En Sudamérica, aunque Lula da Silva (80) es el más longevo, la región presenta un promedio de 56 años y signos claros de renovación con líderes más jóvenes en varios países.

—¿En qué medida los sistemas políticos, los partidos y las reglas institucionales favorecen o limitan el recambio generacional en el poder?

—El recambio es más factible en democracias que garantizan alternancia y voto libre, pero su concreción depende del sistema de partidos, del diseño electoral y del grado de participación ciudadana.

El contexto interno determina si la renovación será orgánica dentro de partidos consolidados o el resultado de rupturas y emergencias externas al sistema.

La comparación entre Argentina y Uruguay ilustra esto: en Uruguay los partidos tradicionales suelen propiciar procesos de maduración y acuerdos internos, mientras que en Argentina el sistema admite irrupciones más rápidas, permitiendo la llegada de figuras outsider con estructuras políticas menos tradicionales.

El expresidente uruguayo destacó la cultura democrática y la persistencia de los partidos como factores que favorecen un recambio ordenado y consensuado.

En contraste, la crisis de 2001 en Argentina fracturó el bipartidismo y facilitó la aparición de coaliciones y fuerzas nuevas que reconfiguraron el mapa político.

En síntesis, el recambio generacional puede darse por trayectorias internas y ordenadas dentro de partidos o por el desgaste social que impulsa a elegir outsiders.

—Algunos estudios señalan que los gobiernos encabezados por dirigentes de mayor edad priorizan estabilidad y orden antes que reformas aceleradas. ¿Coincidís con esa mirada?

—La clave no es tanto la edad como la orientación ideológica y el contexto histórico. La agenda depende más de la matriz política del líder y de las condiciones de la época que de su edad per se.

—En contraste, vemos liderazgos más jóvenes en América Latina y otros países. ¿Qué diferencias reales aparecen en las agendas y en las formas de ejercer el poder?

—No considero que la edad determine por sí sola el estilo de gobierno. Las diferencias emergen de la ideología del decisor y del clima político y económico del momento. El ascenso de jóvenes responde a demandas de renovación, pero sus políticas siguen condicionadas por intereses estructurales y las dinámicas regionales.

Aunque existen experiencias jóvenes con agendas más independientes, en general la política internacional sigue marcada por los intereses de las potencias y por factores estructurales que limitan la autonomía completa de los nuevos liderazgos.

—¿La convivencia global entre líderes muy veteranos y dirigentes jóvenes genera tensiones en la política internacional o es parte de un equilibrio inevitable?

—Más que tensiones insalvables, lo que vemos es un equilibrio inevitable. La representación política obedece a múltiples factores; la edad es uno más, pero no el determinante exclusivo. Lo que pesa son los intereses nacionales y las condiciones institucionales de cada país.

—Desde tu mirada, ¿estamos frente a una gerontocracia global o ante una etapa de transición donde conviven experiencia acumulada y demanda de renovación?

—Se trata de una mezcla: por un lado, hay experiencia acumulada que se valora para gestionar incertidumbres; por otro, existe una demanda de renovación que surge desde las periferias políticas. No parece que haya una gerontocracia global: los líderes mayores de 70 años son una minoría y suelen concentrarse en países con democracias frágiles.

Europa y Sudamérica muestran mayor potencial de renovación por sus promedios de edad, aunque es importante entender que ser joven ya no equivale automáticamente a posturas progresistas como en otras épocas.

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