25 de enero de 2026
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Rojava: utopía kurda y contradicciones

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En enero de 2026 el mapa de Siria volvió a la unidad que había perdido hace catorce años, pero a costa de terminar con el experimento político más ambicioso de su reciente historia. Lo que había surgido en 2012 como una experiencia de democracia directa inspirada en las ideas de Abdullah Öcalan concluye con la integración forzosa de sus milicias al ejército nacional y la disolución de sus estructuras de autogobierno.

La caída no fue consecuencia de una batalla decisiva sino de una implosión interna: las tribus árabes que sostenían a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) abandonaron masivamente el proyecto cuando Damasco les ofreció lo que los kurdos no pudieron garantizar: reincorporación al Estado sirio. En cuestión de semanas el 90% del territorio bajo control kurdo cambió de manos. Washington retiró su apoyo a un aliado de una década y las contradicciones internas —autoritarismo, clientelismo y dependencia del petróleo— terminaron por minar el proyecto desde dentro.

El acuerdo de este enero fue el segundo intento entre las partes desde la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 2024. Ya en marzo de 2025 se había negociado un pacto similar que no prosperó por desacuerdos en varios puntos. En esta ocasión la presión militar fue clave: en un solo fin de semana las fuerzas gubernamentales arrebatron a los kurdos vastas áreas, obligándolos a aceptar condiciones que antes rechazaban. Para Charles Lister, director del Programa de Siria en el Middle East Institute de Washington, el resultado representó un “colapso operativo casi total” de las fuerzas kurdas. La ofensiva iniciada el 6 de enero arrebató en menos de dos semanas el 90% del territorio que controlaban, incluyendo ciudades como Raqqa y Deir ez-Zor.

Una oportunidad en medio del desastre

La experiencia del Rojava —nombre popular de la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria— nació como una oportunidad política en medio del vacío creado por la guerra.

En 2012, con Assad centrando sus fuerzas en Damasco y Alepo, el Partido de la Unión Democrática (PYD) y sus milicias YPG/YPJ ocuparon el noreste y establecieron una administración que promovía comunas locales, feminismo, laicismo y el rechazo al Estado-nación tradicional.

El punto de mayor visibilidad internacional llegó en 2014, con la defensa de Kobane contra el Estado Islámico. Las imágenes de combatientes kurdas enfrentando a los yihadistas convirtieron al Rojava en símbolo de resistencia.

Aquella victoria consolidó la alianza con la coalición liderada por Estados Unidos y permitió a las FDS —formadas en 2015— expandir su control hasta aproximadamente un tercio de Siria, incluida gran parte de los yacimientos petrolíferos y las tierras cerealeras de la región de Jazira, recursos que habían sido tomados del EI antes de su derrota territorial en 2019.

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Pese a esos éxitos, el propio alcance de la administración kurda sembró sus dificultades. Por pedido de sus aliados occidentales, las fuerzas kurdas tuvieron que gobernar extensos territorios de mayoría árabe en Deir ez-Zor y Al-Raqa. “En realidad, las SDF no eligieron gestionar estos territorios. Los occidentales se lo pidieron para luchar contra ISIS”, explicó el académico Cédric Labrousse en un análisis para el diario francés L’Opinion. En ese contexto, muchas tribus árabes optaron por acomodarse mientras la alternativa era regresar a Assad.

El reverso de la utopía

Detrás de la imagen idealizada del Rojava como un oasis feminista y participativo había tensiones profundas. Lo que se mostraba como democracia directa fue acusado desde adentro de operar como un sistema de partido único bajo la fuerte influencia del PYD. Organizaciones como el Centro Sirio para los Medios y la Libertad de Expresión documentaron cierres de sedes opositoras, reclutamiento forzoso de menores y prácticas de censura.

La propuesta política de Öcalan —ni capitalismo ni Estado-nación— chocó con una administración militarizada que dependía de la explotación petrolera y del apoyo de Estados Unidos, contradicciones que minaron su discurso ecologista y su pretensión de ser una alternativa al poder convencional.

Además, investigaciones como la de Faris Zwirahn en New Lines Magazine señalan que el control real residía en una red paralela de cuadros vinculados al PKK, más que en las instituciones civiles declaradas. Zwirahn describe cómo esos cuadros, a menudo extranjeros, imponían decisiones y limitaban la autonomía de los consejos locales, especialmente en áreas árabes como Deir ez-Zor, donde las autoridades tribales y civiles tenían cargos pero escasa autoridad efectiva.

El investigador registró casos de represión cultural y política —desde prohibiciones musicales hasta detenciones por manifestar lealtad a la bandera siria—, lo que ilustraría una gobernanza que, pese a su reputación exterior, ejercía mecanismos coercitivos que silenciaban a la población más que buscar su consentimiento.

Esas tensiones explican por qué, cuando llegó la prueba de fuerza, el proyecto se desmoronó con rapidez: no fue derrotado por la superioridad militar ajena, sino por la falta de arraigo entre la mayoría árabe de su territorio.

Colapso interno y traición

En enero de 2026 la ofensiva gubernamental encontró rendiciones masivas más que resistencias prolongadas. Los ataques comenzaron el 6 de enero en barrios de Alepo y, tras un alto el fuego temporal, continuaron con avances en otras provincias el fin de semana del 18 y 19 de enero.

Tribus árabes integradas a las FDS desertaron y se pusieron del lado de Damasco. Formaciones como la Fuerza Sanadid de la tribu Shammar no solo se retiraron: facilitaron la toma de puntos estratégicos como el cruce fronterizo de Yarubiyah. Los kurdos acusaron además a Turquía de apoyar la ofensiva con ataques con drones.

La llegada de Ahmed al-Sharaa, un dirigente árabe sunnita en proceso de integración política, cambió el equilibrio: para muchas tribus representó la vía de regreso al Estado sirio que los kurdos no ofrecían. Sin sus aliados árabes ni el respaldo estadounidense, las milicias YPG/YPJ quedaron aisladas. La acogida de las tropas gubernamentales en ciudades como Raqqa puso de manifiesto que parte de la población local percibía a los kurdos como una fuerza ocupante.

El abandono estadounidense

El factor decisivo fue el viraje de Washington. Durante las dos semanas de confrontación, los kurdos denunciaron la falta de apoyo de su aliado histórico. El 20 de enero, el enviado especial de EE. UU. para Siria, Thomas Barrack, afirmó en su cuenta de X que “ya no hay razón para que sus aliados kurdosirios lideren la lucha contra el Estado Islámico” y declaró que Damasco es ahora “el socio natural” de Estados Unidos en la región.

Barrack reconoció que las FDS habían sido hasta 2019 el socio más efectivo contra el califato, pero alegó que la situación ha cambiado desde entonces. En 2025 Siria se incorporó a la Coalición Global para Derrotar al EI como miembro número noventa, un gesto que Washington interpretó como indicio de una orientación hacia la cooperación con el Estado sirio.

El Instituto para el Estudio de la Seguridad Nacional (INSS) de Israel sostiene que la administración estadounidense prefirió respaldar un gobierno sirio fuerte y unificado en lugar de mantener un enclave kurdo que complicaba las relaciones con Turquía, aliada de la OTAN que considera a las milicias kurdas vinculadas al PKK.

Derechos culturales, cero poder

En su momento más crítico, los kurdos obtuvieron concesiones simbólicas: Al-Sharaa promulgó el Decreto Presidencial número 14 que reconoce al pueblo kurdo como “componente esencial” de Siria, oficializa su lengua y declara el Nowruz como festividad nacional, aspectos negados por décadas.

Sin embargo, analistas como Fabrice Balanche del Instituto Washington consideran estos gestos “cosméticos”. En su evaluación, el objetivo real del régimen es recuperar los campos petroleros de Al-Omar y Conoco; reconocer la identidad cultural calma a observadores internacionales mientras se desmonta el poder efectivo kurdo. A estas concesiones se las describe como “victorias póstumas”: reconocimiento cultural coincidente con la pérdida de control político.

El acuerdo exige la integración “individual” de combatientes al ejército tras controles de seguridad, lo que desarticula la cadena de mando kurda. También impone la salida del país de milicianos extranjeros de las YPG. El Chatham House advirtió que dispersar a esos combatientes en regimientos de mayoría árabe puede ser una “bomba de tiempo” para la cohesión militar. La desconfianza es recíproca: Damasco ve a las SDF como separatistas apoyados por extranjeros, y los kurdos desconfían de un ejército sirio fragmentado por resentimientos de la guerra civil.

Nanar Hawach, del International Crisis Group, señaló en un informe reciente que el gobierno de Al-Sharaa ha priorizado el control territorial sobre la gestión de amenazas como el posible resurgimiento del Estado Islámico, lo que podría complicar la transición y la reconstrucción. El 20 de enero las FDS denunciaron que la coalición internacional, liderada por Washington, no respondió a sus solicitudes para frenar un asalto a una prisión con detenidos del EI que derivó en una fuga masiva.

El espectro de la insurgencia

Analistas como Francesco Petronella del ISPI advirtieron que la capitulación fue, según ellos, la única forma de evitar un desastre humanitario mayor. Señalan que si las fuerzas de Al-Sharaa intentaran tomar por la fuerza ciudades kurdas como Kobane o Qamishli, las YPG tendrían escaso margen para resistir.

Aun con una tregua formal, los combates y las variaciones en el control territorial han persistido. Ante la desesperación, las YPG han buscado nuevos apoyos y, según algunas fuentes, apelaron públicamente a Israel. Un analista kurdo declaró al Jerusalem Post que los kurdos sirios están pidiendo intervención exterior para frenar a Al-Sharaa.

La pregunta que queda abierta es si actores externos responderán a esos llamados o seguirán negociando con Damasco. Para Petronella, la estructura autónoma de las SDF “ha terminado”, aunque el problema kurdo en Siria no se resolverá automáticamente: existe el riesgo de que un núcleo duro de milicianos opte por una insurgencia prolongada, con el doble peligro de desangrar al nuevo gobierno y de que el caos facilite un resurgimiento del Estado Islámico en una transición que pretende unificar nuevamente el país.

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