25 de enero de 2026
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Regreso del poder militar en la estrategia de defensa de EE. UU.

La publicación, el 24 de enero, de la nueva Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos (NDS) no es una simple actualización técnica ni doctrinal: supone una redefinición del papel del poder militar en su política exterior. Complementando la Estrategia de Seguridad Nacional de finales de 2025, la NDS articula operativamente un giro hacia una visión más soberanista y territorial del interés nacional.

A diferencia de las doctrinas de las últimas dos décadas, que se centraron en gestionar crisis periféricas y estabilizar regiones, el nuevo documento parte de la premisa de que Estados Unidos ya no puede diseñar su defensa en función de un orden internacional que no controla. Por ello su prioridad se traslada desde la proyección global permanente hacia la defensa del territorio nacional, del hemisferio occidental y de espacios considerados vitales para su seguridad estructural.

La noción de defensa territorial se amplía más allá del control fronterizo o la lucha contra el terrorismo para incluir infraestructuras críticas, rutas marítimas, nodos energéticos, ciberseguridad y la estabilidad política del entorno hemisférico. En este marco, América Latina y el Caribe son explicitados como parte integral de la arquitectura de seguridad estadounidense, recuperando una centralidad estratégica comparable en importancia a la que tuvieron durante la Guerra Fría, aunque ahora motivada por criterios geoestratégicos.

Este giro se traduce en acciones concretas, como intervenciones recientes en el Caribe y en Venezuela orientadas a contener redes criminales transnacionales. Se trata de operaciones concebidas como defensa adelantada frente a amenazas híbridas que combinan crimen organizado, colapso estatal y la influencia de actores extrarregionales, más que de misiones humanitarias o multilaterales de bajo perfil.

La NDS también redefine la relación con aliados: Estados Unidos se presenta como socio dispuesto a apoyar, pero no a reemplazar, las responsabilidades de defensa de terceros. Esto implica una mayor distribución de costos políticos, financieros y militares. Europa debe asumir más su propia defensa, especialmente frente a Rusia, considerada una amenaza persistente pero contenible y de carácter principalmente regional.

En Asia-Pacífico, la contención de China sigue siendo central, aunque planteada de forma pragmática: la competencia se orienta a controlar cadenas de suministro, tecnologías sensibles, corredores marítimos y estándares industriales. Dentro de esta lógica, se otorga a Corea del Sur un papel más prominente en la disuasión frente a Corea del Norte, combinando burden sharing con la intención de convertir aliados en nodos activos de la arquitectura de seguridad.

La estrategia valora explícitamente el complejo industrial-militar como activo estratégico: la capacidad de producir, reponer y escalar sistemas de armas y plataformas tecnológicas es clave. No solo importa la superioridad tecnológica, sino la resiliencia productiva y la capacidad de sostener esfuerzos militares sin depender de cadenas globales vulnerables. Esta orientación conecta la defensa con políticas económicas y comerciales que integran seguridad, industria y soberanía.

El regreso a una lógica de poder clásico no implica un retorno absoluto al unilateralismo. La NDS combina pragmatismo estratégico con un uso selectivo del multilateralismo, siempre subordinado al interés nacional: las instituciones internacionales se emplearán cuando sean útiles y se relativizarán o evitarán cuando obstaculicen objetivos estadounidenses.

Más allá de la doctrina, la NDS refleja una percepción más amplia del orden internacional: el mundo unipolar ha quedado atrás y la gestión del poder exige menos pretensiones normativas y más capacidad de decisión dura. En ese contexto, el poder militar recupera un papel estructural dentro de la diplomacia estadounidense, dejando de ser un recurso excepcional.

Para América Latina, este cambio plantea una etapa compleja: la priorización del hemisferio por parte de Estados Unidos abre oportunidades de cooperación, pero también incrementa los márgenes de presión y condicionamiento. La región pasa a ser un espacio donde se definen variables críticas para la seguridad norteamericana.

En síntesis, la nueva Estrategia Nacional de Defensa redefine no solo la organización del aparato militar de Estados Unidos, sino también su visión del lugar que ocupa en el mundo: una apuesta por recentrar el poder, territorializar la estrategia y privilegiar la lógica de la fuerza por sobre la retórica del consenso. Como en ajustes doctrinarios previos, su impacto trascenderá las fronteras estadounidenses y contribuirá a configurar el ritmo del sistema internacional en los próximos años.

Patricio Degiorgis es analista internacional y director de la Cátedra Unión Europea de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES)

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