Las fuerzas armadas occidentales están experimentando una transformación profunda para adaptarse a desafíos tecnológicos actuales y mantener su capacidad operativa frente a conflictos más largos y exigentes.
Un análisis de McKinsey identifica como eje estratégico la adopción de arquitecturas modulares y una mayor integración de soluciones basadas en inteligencia artificial, necesarias para responder a la elevada demanda tecnológica y al ritmo de consumo de recursos en el campo de batalla.
El origen de este cambio es la crisis del modelo de defensa tradicional. Durante décadas, las fuerzas de la OTAN y sus aliados se organizaron en estructuras verticales apoyadas en plataformas heredadas de la Guerra Fría.
Hoy, sin embargo, los conflictos muestran dinámicas distintas: las fuerzas combinadas pueden perder miles de sistemas no tripulados cada mes y, según simulaciones citadas por McKinsey, Estados Unidos podría agotar sus municiones de precisión en menos de una semana ante un conflicto de alta intensidad en Asia.
Ante estas limitaciones de reabastecimiento y adaptación, la modernización apuesta por abandonar las plataformas verticales en favor de una defensa modular compuesta por cinco capas: la plataforma física (hardware), la infraestructura digital de defensa (capacidad de cómputo), la malla de transporte de datos, el tejido de interoperabilidad y la capa de aplicaciones y análisis (software e inteligencia artificial).
Cada capa cumple una función estratégica para la innovación. La plataforma física debe ser escalable, económica y fácil de reponer, de manera que las pérdidas se puedan absorber y los equipos permanezcan disponibles sin depender de procesos de fabricación artesanales.
En cuanto a la infraestructura digital, el reto es dotar a los sistemas del poder de cómputo requerido por las aplicaciones avanzadas; McKinsey estima que solo en Estados Unidos se necesitarían entre USD 160.000 millones y USD 230.000 millones para cerrar la brecha de capacidad informática.
La malla de transporte introduce redes robustas y multimodales capaces de transmitir información táctica en entornos hostiles; sin redes así, la interoperabilidad y el flujo seguro de datos quedan comprometidos.
El tejido de interoperabilidad es determinante porque permite que nuevas aplicaciones de software se integren en distintas plataformas, evitando desarrollos exclusivos y costosos.
En la capa superior de aplicaciones y análisis las soluciones de inteligencia artificial cobran especial protagonismo. McKinsey destaca avances como la autonomía colectiva, la fusión de sensores y algoritmos de puntería que facilitan decisiones operativas integradas entre humanos y máquinas en tiempo real.
El capital de riesgo se concentra principalmente en este nivel: en 2024 la inversión en inteligencia artificial alcanzó USD 12.000 millones, y los recursos destinados a software y redes sumaron USD 40.000 millones. No obstante, la infraestructura subyacente sigue limitando el potencial de estas innovaciones.
La modernización enfrenta retos estructurales importantes. El modelo tradicional de adquisiciones, centrado en programas a medida, ha favorecido sistemas cerrados y ralentizado la actualización digital.
Esta situación ha llevado a que grandes contratistas y empresas tecnológicas deban ofrecer paquetes integrales, lo que dificulta la reutilización y la escalabilidad de soluciones y perpetúa la brecha de infraestructura digital.
La fragmentación de la inversión y la obsolescencia de plataformas exigen reformas profundas. Según McKinsey, es imprescindible adoptar arquitecturas de sistemas abiertos y actualizar simultáneamente hardware y software para cerrar la brecha de capacidad informática.
Existen señales de cambio: Alemania impulsa una defensa definida por software; el Pentágono promueve la inteligencia artificial; Japón ha creado un Instituto de Ciencia y Tecnología de Innovación de Defensa; y la OTAN está canalizando fondos hacia tecnologías de doble uso y sistemas autónomos.
El dominio espacial es un ejemplo claro de esta transformación: los satélites caros y aislados están siendo reemplazados por constelaciones de satélites pequeños, conectados por redes ópticas láser. Este cambio, liderado por actores privados, reduce costos y desplaza el valor estratégico del hardware al software y al procesamiento de datos.
Estas tendencias afectan al conjunto del sector militar e industrial occidental. Los grandes contratistas se ven obligados a pasar de arquitecturas cerradas a plataformas abiertas, detectando oportunidades en la modernización digital y en el desarrollo de tiendas de aplicaciones militares.
Las empresas emergentes ocupan espacios antes reservados a grandes multinacionales, favoreciendo alianzas e integraciones. Los inversores, por su parte, ven la posibilidad de convertir la capacidad industrial militar en un activo a largo plazo si los gobiernos ayudan a reducir riesgos y facilitan el acceso a financiación para aumentar la producción.
El informe concluye que el futuro de la tecnología militar occidental dependerá de la capacidad del ecosistema para superar obstáculos industriales y de conectividad digital.
Si no se reestructuran prioridades y no se logra una modernización integral, incluso los ejércitos mejor equipados podrían quedarse sin recursos clave en los momentos más críticos.

