23 de febrero de 2026
Buenos Aires, 28 C

La IA redefine el armamento en Europa y Estados Unidos

Las fuerzas armadas de los países occidentales están en un proceso de modernización profundo para adaptarse a nuevas exigencias tecnológicas y a conflictos más prolongados y demandantes.

Un análisis de McKinsey identifica como cambio estratégico central la adopción de arquitecturas modulares y una mayor integración de soluciones basadas en inteligencia artificial, necesarias para mantener el rendimiento frente al aumento de demandas operativas.

El punto de inflexión ha sido la crisis del modelo tradicional de defensa: durante décadas las fuerzas de la OTAN y sus aliados operaron con estructuras verticales y plataformas heredadas de la Guerra Fría, pensadas para otro tipo de conflictos.

Hoy, los combates muestran dinámicas distintas: se pierden miles de sistemas no tripulados cada mes y, según simulaciones citadas por McKinsey, Estados Unidos podría consumir su stock de munición de precisión en menos de una semana en un conflicto de alta intensidad en Asia.

Eso obliga a superar las limitaciones en reposición y adaptación de equipos. La propuesta es pasar de plataformas cerradas a una defensa modular organizada en cinco capas: plataforma física (hardware), infraestructura digital (capacidad de cómputo), malla de transporte de datos, tejido de interoperabilidad y capa de aplicaciones y análisis.

Cada capa cumple una función estratégica. La plataforma física debe ser escalable, asequible y de rápida reposición para absorber pérdidas y mantener disponibilidad sin depender de procesos lentos o artesanales.

En la infraestructura digital, el reto es suministrar la potencia de cálculo necesaria para las aplicaciones avanzadas; en Estados Unidos, McKinsey estima que cerrar la brecha informática requeriría entre 160.000 y 230.000 millones de dólares.

La malla de transporte busca redes robustas y multimodales que permitan transmitir información táctica en entornos hostiles; sin ellas, la seguridad y el flujo de datos se ven comprometidos.

El tejido de interoperabilidad es clave para que nuevas aplicaciones puedan integrarse en distintas plataformas, evitando desarrollos exclusivos y costosos que limitan la reutilización.

En la capa superior, de aplicaciones y análisis, la inteligencia artificial y la autonomía colectiva cobran mayor protagonismo, con fusión de sensores y algoritmos que facilitan decisiones integradas entre humanos y máquinas en tiempo real.

El capital de riesgo se concentra especialmente en esa capa: en 2024 la inversión en inteligencia artificial fue de unos 12.000 millones de dólares y la destinada a software y redes alcanzó los 40.000 millones, si bien la infraestructura subyacente sigue siendo un freno.

La modernización enfrenta retos estructurales importantes. El modelo tradicional de adquisición, basado en programas a medida, ha incentivado sistemas cerrados y ha ralentizado la actualización digital.

Eso obliga a contratistas tradicionales y a tecnológicas disruptivas a ofrecer soluciones integradas, lo que dificulta la escalabilidad y la reutilización de innovaciones y mantiene la brecha de infraestructura digital.

La fragmentación de la inversión y la obsolescencia de las plataformas requieren reformas profundas: McKinsey recomienda adoptar arquitecturas de sistemas abiertos y actualizar hardware y software de forma coordinada para reducir la brecha informática.

Ya hay señales de cambio: Alemania avanza hacia una defensa definida por software, el Pentágono impulsa la inteligencia artificial, Japón creó un instituto de innovación en ciencia y tecnología de defensa, y la OTAN financia programas que priorizan tecnologías de doble uso y sistemas autónomos.

El espacio es un ejemplo emblemático: los grandes satélites costosos están cediendo terreno a constelaciones de satélites pequeños conectados por enlaces ópticos, un cambio impulsado por actores privados que traslada valor del hardware al software y al procesamiento de datos.

Estas tendencias afectan al sector militar e industrial occidental: los grandes contratistas deben pasar de arquitecturas cerradas a plataformas abiertas, y surgen oportunidades en la modernización digital y en el desarrollo de tiendas de aplicaciones militares.

Las empresas emergentes ocupan espacios antes reservados a multinacionales, favoreciendo alianzas e integraciones; los inversores ven la posibilidad de convertir capacidad industrial militar en un activo rentable si los gobiernos reducen riesgos y facilitan acceso a financiación para ampliar la producción.

El informe concluye que el futuro tecnológico militar occidental dependerá de la capacidad del ecosistema para resolver obstáculos industriales y de conectividad digital.

Si no se reorientan prioridades y no se implementa una modernización integral, incluso los ejércitos mejor dotados podrían quedarse sin recursos clave en momentos críticos.

Artículo anterior

Cierre de la sucursal del Banco Galicia en Temperley

Artículo siguiente

Figura de Telefe anuncia en vivo su embarazo

Continuar leyendo

Últimas noticias