9 de marzo de 2026
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El enorme esfuerzo de las esposas ucranianas

Mientras miles de hombres ucranianos combaten lejos de casa, sus esposas asumen crecientes responsabilidades: trabajan, cuidan a los hijos y procuran mantener relaciones afectivas a pesar de la distancia y el cansancio.

“Aunque no soy soldado, realmente no me siento como una civil”, dice Viktoria Grishchuk, de 38 años. Esta madre de dos vive en un pueblo cerca de Leópolis; su vida cambió cuando su marido, Serguí, se alistó en el ejército ucraniano hace cuatro años, tras el inicio de la invasión a gran escala.

La reforma importante de su vivienda quedó detenida por la ausencia de Serguí. Viktoria habla desde una sala de una escuela local donde voluntarios, entre ellos ella, tejen redes de camuflaje para ayudar a los soldados a ocultar posiciones y equipos frente a los drones rusos.

Una vida trastocada

Sin otros familiares cerca, le ha resultado difícil combinar empleos —primero en tecnología de la información y luego como organizadora de proyectos educativos para adolescentes— con la crianza de su hija Yaroslava, de 7 años, y su hijo Vladislav, de 12.

Sus ingresos son esenciales para la economía familiar, porque gran parte del salario de su esposo se destina a las necesidades de su unidad militar.

Viktoria señala que su trayectoria profesional sería distinta sin la guerra; ha renunciado a viajes laborales y organiza su agenda minuto a minuto según las necesidades de los niños.

Si no tuviera que cuidar de sus hijos, probablemente se habría alistado, como lo hicieron unas 55.000 mujeres que sirven como voluntarias junto a cientos de miles de hombres.

“Para mí sería más natural luchar”, reconoce, y describe a Serguí como “la persona más amable” que conoce.

Mantener vivo el amor

En todos estos años, las estancias de Serguí en casa se cuentan en semanas. Antes electricista y ahora ingeniero de drones, pasa mucho tiempo fuera.

Viktoria dice que su vida familiar se ha “detenido” tras 19 años juntos: él, que antes era su apoyo constante, ahora suele estar ocupado hasta altas horas.

Aun así, hacen esfuerzos por conservar la conexión entre ambos.

Cada mañana Viktoria envía un saludo por Signal, la única aplicación de mensajería permitida en los teléfonos de los soldados. Un acuse de lectura, un emoji o una respuesta breve alivian momentáneamente su preocupación por la seguridad de su marido ante la amenaza de ataques rusos.

Las conversaciones esporádicas, a pesar del cansancio de ambos, generan momentos emotivos, como cuando Serguí toca la guitarra desde su refugio subterráneo durante una llamada.

Cuando obtiene un permiso excepcional, que su marido cuide de los niños para darle un descanso a Viktoria suele ser su mayor ayuda.

Difícil, pero sin motivos para avergonzarse

A Viktoria le duele que Serguí se pierda tantos hitos de la vida de sus hijos y a menudo actúa de mediadora entre ellos.

“Lo que necesita después de meses en el frente es tranquilidad y silencio”, explica Viktoria. “Olvida que los niños son ruidosos por naturaleza; ellos requieren atención y no entienden por qué su padre puede parecer distante”.

Junto a otras esposas de soldados, pide que se establezca una duración fija del servicio militar, alegando que hay hombres suficientes para relevar a aquellos que están agotados tras años de combate.

La distancia y la falta de comunicación dañan a muchas familias, pero para Viktoria el servicio de su marido refuerza los valores que comparten.

Que Serguí decidiera alistarse cuando podría haber evitado el servicio le confirma que no erró al formar una familia con él, afirma Viktoria.

“A veces es difícil, pero al menos no tenemos nada de qué avergonzarnos”, subraya.

(con información de EFE)

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