La polémica entre el presidente estadounidense Donald Trump y el papa León XIV que estalló este fin de semana no surgió de la nada. Es el resultado de un deterioro gradual en la relación durante más de un año, marcado por la guerra con Irán, una reunión en el Pentágono y un conflicto de fondo: quién puede invocar a Dios para justificar decisiones de poder.
El desencadenante inmediato fue una vigilia de oración el sábado 11 de abril en la Basílica de San Pedro, donde León XIV —el primer pontífice nacido en Estados Unidos— criticó el “delirio de omnipotencia” que alimenta las guerras y rechazó el uso de la religión para legitimar la muerte de civiles. Aunque no mencionó a Trump por nombre, sus palabras se interpretaron como una respuesta a las amenazas del presidente contra Irán y a llamadas de líderes de su Administración para rezar por la victoria en términos religiosos.
Trump reaccionó rápidamente en redes sociales, calificando al papa de “DÉBIL en materia de seguridad y terrible para la política exterior” y afirmando públicamente que no era su admirador. Esa misma noche publicó una imagen que lo mostraba en vestimenta bíblica realizando una imposición de manos, publicación que luego eliminó tras la reacción crítica incluso entre parte de sus seguidores cristianos.
Horas más tarde, desde el avión papal rumbo a Argelia, León XIV respondió con firmeza: dijo no temer a la Administración Trump y defendió que sus llamados a la paz se basan en el Evangelio y no constituyen un ataque político.
Una relación rota desde el inicio
Robert Francis Prevost —León XIV— parecía, en teoría, el pontífice que la Administración Trump habría preferido: nació y se formó en Estados Unidos, y su nombramiento podría haber facilitado el vínculo entre la Santa Sede y un país donde el catolicismo tiene peso en la coalición conservadora. Sin embargo, el papa mostró otras prioridades.
Desde su inicio en mayo de 2025 la relación acumuló fricciones. El Vaticano declinó una invitación a celebrar el 250 aniversario de Estados Unidos en la Casa Blanca y hubo desacuerdos sobre la política migratoria, la oposición de obispos a deportaciones masivas y la renuencia del papa a convertirse en un activo electoral de la Administración. En vez de acudir a la Casa Blanca, León XIV pasó el 4 de julio en Lampedusa, la isla símbolo de la crisis migratoria, en un gesto intencionalmente político y pastoral.
La reunión del Pentágono
El punto de inflexión ocurrió en enero, cuando el subsecretario de Defensa Elbridge Colby convocó al entonces nuncio en Washington, el cardenal Christophe Pierre, a una reunión en el Pentágono. El encuentro, sin precedentes documentados, habría tenido un tono intimidatorio: según fuentes vaticanas, funcionarios estadounidenses habrían subrayado su poderío militar y sugerido que la Iglesia debería alinearse con ellos, llegando incluso a aludir al Papado de Aviñón como advertencia histórica.
Varios medios internacionales corroboraron el relato a pesar de las negaciones oficiales del Pentágono, la embajada estadounidense ante la Santa Sede y la Oficina de Prensa vaticana.
El papa y la mayoría silenciosa
Tras esos episodios la tensión siguió creciendo. Frente a las amenazas de Trump contra Irán, León XIV las calificó de “verdaderamente inaceptables” y, con el inicio de los bombardeos el 1 de marzo, denunció que la paz no se logra con amenazas ni destrucción. El 7 de abril invitó a los ciudadanos estadounidenses a pedir a sus representantes el cese de los ataques, y el 11 de abril citó al profeta Isaías durante la vigilia, en un mensaje dirigido a miles de fieles.
El director editorial de los medios vaticanos, Andrea Tornielli, interpretó estos gestos como un llamado a la “mayoría silenciosa”: millones de personas que trabajan por la paz y reparan los daños de la guerra.
El vaticanista Marco Politi, escribiendo en Il Fatto Quotidiano, destacó que la Iglesia ha recuperado una autoridad moral que pocas instituciones se proponen en este momento, posicionándose como voz de humanidad y fraternidad en un mundo dividido.
“No tengo miedo de la administración Trump”
En esencia, la confrontación entre Trump y León XIV es una disputa por la legitimidad moral del poder. La Administración buscó desde el inicio que el primer papa estadounidense respaldara o permaneciera silente frente a su agenda; el pontífice eligió no hacerlo.
La respuesta pública de Trump incluyó acusaciones de que el papa es blando con el crimen, de que ha cedido ante la izquierda y la insinuación de que su elección al papado habría tenido relación con la presencia de Trump en la Casa Blanca. El pontífice, por su parte, reiteró desde el avión papal que su mensaje es evangélico —“Bienaventurados los que trabajan por la paz”— y afirmó con claridad: “No tengo miedo de la administración Trump”.



