15 de abril de 2026
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Librería que agita y sobrevive en la pampa bonaerense

“Los escritores no tienen tiempo para leer”, afirma Juan Pablo Correa. Él, en cambio, lee desde siempre y escribe muy poco. Prefiere la lectura al acto de escribir; dice que quizás le falte narcisismo o que sea simple pereza. Últimamente considera hacer traducciones y abrió un Substack donde publicará textos y recomendaciones. Desde Zapiola, en el partido de Lobos, dirige la Librería Mastronardi y sigue nutriéndose de lecturas y proyectos culturales.

Durante la pandemia se mudó de Buenos Aires al campo: Zapiola, en la pampa bonaerense. Desde allí continúa con sus actividades culturales y viaja esporádicamente a la ciudad. En la librería armó una curaduría amplia: literatura latinoamericana, cine, arte, novela y vanguardia, una sección de literatura lésbica, policiales, diarios, obras sobre naturaleza y viajes, además de rarezas. Entre sus autores preferidos menciona a Laiseca, Feiling, Puig y Aira.

En intercambios por mail comparten lecturas y discutieron La madre de Beckett tenía un burro de Matías Battistón, un libro que funciona como diario de traducción. Battistón ha traducido a Levé, Barthes y Pessoa, y su trabajo mezcla rigor técnico con una fascinación lúdica por datos insólitos. Correa comentó que ese libro le hizo pensar en cambios en la escritura, y percibió en las prácticas de traducción una innovación o la cristalización de tendencias ya presentes.

Hace más de treinta años que se dedica a mover libros: trabaja con escritores, editoriales, artistas y comunicación. Para él, la literatura trasciende a las personas. En su genealogía figura el poeta Carlos Ortíz, asesinado en 1910; su hermana Ana Correa es autora de Belén y su hija Julieta escribió ¿Por qué son tan lindos los caballos?. Nació en Chivilcoy, desciende de Valentín Fernández Coria, fundador de la ciudad, y aunque no regresa con frecuencia se siente vinculado al pueblo. Desde Zapiola continúa recomendando y conversando sobre libros.

—Vine a Zapiola hace más de treinta años por invitación de una amiga que tiene una chacra. Hace veinte años compramos una propiedad para los fines de semana y en marzo de 2020 nos mudamos para evitar el encierro. Tras unos meses decidimos no volver a la ciudad y abrimos la librería y un vivero para subsistir y generar actividad. El pueblo tiene unas 300 personas, aunque en los últimos años llegaron muchos habitantes de la capital, sobre todo para fines de semana. La vida en la naturaleza no es solo idilio: en broma lo llamamos “gótico rural” cuando quienes vienen desde la ciudad se preguntan qué hacer al atardecer. Vivir en el campo es hermoso por los cambios de luz, las plantas y los animales, pero me molesta cuando se idealiza y se habla solo de “paz”; entonces saco el tema de la reforma agraria.

¿Buenos Aires? “Fascinante”, responde. Destaca especialmente las librerías: según una medición que cita, la ciudad tiene una alta proporción de librerías por habitante, aunque esas cifras varían según la fuente. Lo mejor de Buenos Aires, dice, es que “todos los días pasan cosas”, aunque reconoce también sus problemas: suciedad, ruido y violencia. Antes solía ir y volver rápido, ahora disfruta más las estancias cortas pero no permanece mucho tiempo.

Sobre si el territorio influye en la mirada literaria, opina que sí: en Zapiola lee más y con mayor intensidad. Aunque leyó mucho desde joven, el ambiente incide en la forma de leer; la lectura aísla, pero el contexto marca. Al envejecer procura estar al tanto de lo que se escribe y, como responsable de una librería, debe evitar la anacronía. Señala que tampoco está mal especializarse: una librería dedicada al siglo XIX tendría aún mucho por ofrecer.

Se define autodidacta y reconoce lagunas en sus lecturas; no sigue un plan sistemático sino que construye sus propios sistemas evitando lo más consagrado. Considera el Diccionario de Aira una guía útil para la literatura latinoamericana y la inglesa de la primera mitad del siglo XX. Menciona a Estela Canto, Ernesto Schoo y Rosa Chacel entre sus recientes lecturas. Su hija le acerca novedades; además, ve mucho cine: en su juventud participó en cineclubes y ahora organiza ciclos online. Al instalarse en 2020 disfrutó de cine mudo y de las décadas de 1930-40, y afirma que el cine contemporáneo sigue produciendo obras destacables.

Desde su observación cotidiana extrajo dos conclusiones prácticas: la mayoría de los compradores prefieren ediciones nuevas y costosas —aunque a veces estén mal traducidas— antes que ejemplares antiguos publicados en Argentina; y la mayoría de las personas no tiene paciencia para buscar en bibliotecas, se cansan pronto. Por eso planea experimentar distintas formas de exhibición en la librería, incluyendo la posibilidad de mesas con recomendaciones.

La cuenta de Instagram de la librería muestra actividades y novedades de ese espacio rural: presentaciones como la de Polar Noise de Alan Courtis, la participación en la Feria Migra o el ciclo Arriba, corazones, que combinó plantas, semillas y cultura. Para Correa es apasionante gestionar una librería, que va cambiando con el tiempo; a veces imagina que puede convertirse en un lugar parecido a una biblioteca, donde la gente venga a leer y conversar sobre libros. Así se presenta Juan Pablo Correa, desde Zapiola, Lobos: un lugar más en el laberinto del mundo.

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