A veces los sueños tardan más de lo previsto. Mariano Kestelboim lo vivió tras una etapa en la que llegó a dudar de su continuidad en el tenis profesional: sufrió lesiones, problemas de salud y una pérdida gradual de motivación. Cuando parecía que la llama se apagaba, encontró en el dobles una nueva oportunidad y reconstruyó su carrera desde ese ámbito.
A sus 30 años, Kestelboim cumplirá un objetivo importante: jugar por primera vez un torneo de Grand Slam. Será en Roland Garros y lo hará junto a Francisco Cerúndolo, uno de los mejores tenistas argentinos de los últimos años.
Desde París, en la antesala del debut frente al indio Yuki Bhambri y el neozelandés Michael Venus, cuenta a Infobae que siempre sintió que no había dado todo: jugar en este torneo era una inquietud desde 2023. Si no lo lograba, decía, al menos se quedaría con el aprendizaje y la tranquilidad de haberlo intentado.
El presente contrasta con aquel momento de pausa. A fines de 2022, con casi 27 años, rondaba el puesto 800 del ranking ATP en singles y empezó a perder claridad sobre su futuro: la competencia dejó de ser un estímulo y se convirtió en una carga.
No era algo menor para alguien que en su adolescencia había elegido el tenis por encima del fútbol. Formado en el club Náutico Hacoaj, Kestelboim incluso jugó brevemente en las infantiles de Boca después de una experiencia en fútbol 5 en el club Parque.
En los primeros meses de 2023 se alejó parcialmente del alto rendimiento, aunque mantuvo vínculo con el tenis, sobre todo a través de los Interclubes europeos. Hoy reconoce que aquella etapa le parece lejana, como si fuera otra vida.
En abril de ese año, en medio de la incertidumbre, le escribió a Francisco Cerúndolo —a quien conoce desde chico por la relación con la academia de Alejandro “Toto” Cerúndolo— con una propuesta sencilla pero ambiciosa.
Le preguntó si jugaría con él si algún día llegaba al Top 100 en dobles. Cerúndolo le dio su palabra y esa respuesta fue un estímulo decisivo.
Durante ese período, mantuvo el contacto con referentes del tenis argentino que lo ayudaron a recuperar la confianza. Relata que Horacio Zeballos lo llamaba para que fuera sparring y que también entrenó con Máximo González y Andrés Molteni; esos entrenamientos le devolvieron el disfrute de estar en ritmo y sentirse bien físicamente.
Las prácticas con jugadores que rehicieron sus carreras en el dobles despertaron en Kestelboim el deseo de volver a competir. Al coincidir con torneos en Argentina, comenzó a replantearse su trayectoria y a mirar el dobles con mayor seriedad.
En ese proceso surgió una figura clave: Gastón Etlis, el entrenador que había acompañado la reconversión de Guido Andreozzi. Algunos colegas le recomendaron a Etlis, habló con él y empezaron a entrenar en enero de 2024. Desde el inicio fue claro con su objetivo: jugar un Grand Slam y trabajar a fondo para conseguirlo.
Pese al enfoque en el dobles, en febrero de 2024 logró un título en singles: ganó el M15 de Villa María, su primer título profesional desde 2018.
En el camino aparecieron contratiempos. A mitad de año contrajo dengue y sufrió una lesión en la espalda; tras semanas fuera del circuito el regreso fue difícil: persistían las molestias, los resultados no acompañaban y vivió altibajos emocionales que le indicaron que algo no estaba bien.
A fines de 2024 tomó una decisión: dejó de jugar singles porque ya no lo disfrutaba, pero quiso seguir buscando logros en el tenis y se enfocó por completo en el dobles.
En enero de 2025, junto a Gonzalo Villanueva, ganó su primer ATP Challenger en dobles en el club Náutico Hacoaj, el lugar donde había comenzado a jugar. A partir de ahí encadenó una progresión sostenida: sumó otros títulos, ingresó al Top 100 y se afirmó como uno de los doblistas argentinos destacados. Verse en el puesto 99 le provocó una emoción especial.
Tres años después de esa promesa, la alianza con Cerúndolo se concretó y ambos compartirán cuadro en Roland Garros.
En las horas previas al debut, París le trae sorpresas a Kestelboim: desde conocer las zonas destinadas a los jugadores hasta compartir espacio con las máximas figuras del circuito, todo resulta novedoso.
Cuenta, entre sonrisas, que llegó al vestuario, fue a ducharse y en el locker de al lado estaba Novak Djokovic, cuyo casillero tenía el número 24; una situación que no se esperaba y que le resultó insólita.
Tras haber pasado por la duda y por la cercanía al retiro, ahora disfruta cada paso con otra perspectiva y se aleja de la obsesión por los puestos numéricos. Reconoce que estar cerca del 100 o subir al 80 puede cambiar rápido, porque el margen es pequeño.
Más allá del resultado en París, considera que ya logró algo valioso: demostrar que aún tenía una historia por escribir en el tenis profesional y que, en ocasiones, una segunda oportunidad puede abrir puertas mayores.

