Un Mundial más, una Copa América más: así era la esperanza de quienes querían verlo seguir en la Selección. Tras levantar la Copa del Mundo en Qatar, muchos pidieron que Messi jugara un tiempo más.
Pasaron tres años y medio, su salida de París, su llegada a Estados Unidos y sus goles en canchas sintéticas de la Major League Soccer. Esas circunstancias hicieron dudar sobre su continuidad en la élite del fútbol.
Aun así, siguió jugando y ganando. No dejó ni los botines ni la titularidad en la selección: siguió presente en la escena y en el primer plano porque aún tiene capacidad, ganas y talento.
Los elogios se han multiplicado hasta agotarse. Relatores y comentaristas han recurrido a máximos calificativos y, a veces, a comparaciones que dejan en segundo plano a sus colegas.
Por eso, quizá lo más adecuado ahora es limitarse a relatar lo que sucede: un registro cronológico de sus actuaciones, describiendo partido a partido sin recurrir a hipérboles innecesarias.
Messi ya superó muchos registros. En la noche del martes igualó en la cima de los goleadores de los mundiales al alemán Miroslav Klose, con 16 tantos. Además, alcanzó las 200 apariciones con la Selección campeona del mundo, donde fue capitán y figura en numerosas ocasiones.
No hace falta buscar adjetivos nuevos; las etiquetas abundan y las generaciones más jóvenes aportan sus propias expresiones.
A partir de ahora, lo razonable es observar y contar: enumerar los hechos y no perder detalle de las jugadas y los partidos que aún vendrán. Cada próximo encuentro será un agregado; la tarea será simplemente registrarlo.


