En la alta región del Himalaya, una larga fila avanza lentamente por una ladera nevada, pareciendo una serpiente por su ritmo y extensión. La cola del grupo se pierde a lo lejos mientras la luz cambia y el progreso es mínimo.
Al acercarse, la imagen reveladora muestra que no es un animal, sino montañistas equipados con crampones y ropa impermeable, usando oxígeno suplementario y esperando su turno para fotografiar la cima del mundo.
Subir al Everest sigue siendo peligroso, pero los riesgos han cambiado desde que Edmund Hillary y Tenzing Norgay llegaron a la cumbre en 1953. Además de la congelación, la hipotermia y las avalanchas, hoy el hacinamiento y las largas esperas añaden peligros y generan tensiones entre los escaladores.
Hoy las cumbres y los abismos del planeta muestran la huella humana: los microplásticos en los océanos y contaminantes que recorren el aire cruzando fronteras. En The Savage Landscape, la escritora Cal Flyn sostiene que la idea de una naturaleza verdaderamente salvaje es una construcción humana: la imaginamos, pero se deshace cuando intentamos tocarla.
El libro combina una búsqueda personal, con resonancias thoreauvianas —“me adentré en la naturaleza para vivir con mayor intensidad”—, con una investigación sobre cómo la intervención humana redefine lo que consideramos naturaleza salvaje.
Flyn viaja por seis continentes acompañada por guías locales que la introducen en entornos extremos. En Mozambique visita la Reserva Especial de Niassa, donde animales “protegidos” pueden ser cazados por quienes pagan por esa opción.
En la Amazonía se encuentra con los yanomami y pregunta al jefe tribal si existe una palabra en su lengua para “naturaleza salvaje”. Al no hallar una traducción directa, reformula la pregunta y pregunta por los lugares que la comunidad evita por miedo.
En Islandia observa un volcán en erupción y admite su deseo de acercarse lo más posible al fenómeno: “lo bastante cerca para tocarlo”.
Cada lugar es ocasión para reflexionar sobre historia, religión, cartografía y políticas de uso de la tierra. Flyn demuestra agudeza y entretiene al mezclar filosofía, literatura y crítica poscolonial en sus relatos.
Su prosa, a menudo vívida y detallada, recuerda a otros autores de literatura naturalista. Describe, por ejemplo, el volcán como “un lago de fuego en una copa de roca negra, que escupía globos naranjas que giraban y se elevaban como en cámara lenta”.
El cambio climático aparece como telón de fondo, pero el libro presta especial atención a peligros inmediatos. En la selva amazónica enumera amenazas concretas: ranas venenosas, escorpiones, jaguares, rápidos, anguilas eléctricas y heridas que se complican por parásitos.
Más que evitar el peligro, Flyn lo afronta como un medio de conocimiento personal. Desde un bosque con osos en Transilvania escribe que el temor es, en cierto sentido, lo que se busca al internarse en la naturaleza.
Algunas de las páginas más contundentes relatan cómo comunidades indígenas son expulsadas de sus tierras para crear reservas, convirtiéndolas en “refugiados de la conservación”. En Uganda una mujer batwa cuenta que fue expulsada a punta de fusil, dejando sus tierras que luego se convirtieron en parques nacionales.
Ese diagnóstico contrasta con pasajes donde la autora participa de experiencias que rozan el turismo de lujo y la búsqueda de sensaciones: viajes en sumergible desde un superyate, cruceros a la Antártida con viajeros acomodados y “nómadas digitales”.
En un vuelo en helicóptero sobre el volcán confiesa haber pensado, con cierta serenidad, en la posibilidad de una muerte espectacular.
Flyn funciona mejor como pensadora que como reportera; el libro gana fuerza en las reflexiones teóricas. En un pasaje plantea que la naturaleza salvaje no consiste en la ausencia de humanos sino en la presencia de aquello que es incompatible con ellos.
Desde esa perspectiva, lugares como el Everest podrían seguir siendo salvajes pese al turismo masivo. Hay una ironía: la actividad humana que degrada paisajes puede, paradójicamente, generar formas de salvajismo al alterar el clima y provocar inundaciones, incendios, sequías y extinciones. El Antropoceno podría ser la era más desatada de la Tierra.
Fuente: The New York Times

