5 de agosto de 2026
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Kiev cambia estrategia por escasez de interceptores Patriot

Por primera vez desde el inicio de la invasión de Ucrania, el ejército ucraniano no derribó ningún misil en el último ataque contra la capital, ocurrido en la madrugada de ayer y que dejó 21 muertos. Hay dos causas principales: la más inmediata es la escasez de misiles interceptores Patriot en manos de Kiev, una situación que el presidente Zelenski venía advirtiendo desde hace semanas; la segunda es el uso intensivo por parte de Rusia de misiles balísticos, tipos de proyectiles que requieren precisamente de sistemas como el Patriot para ser interceptados y que Moscú parece emplear con la expectativa de que resulten imparables.

La situación en Kiev y en otras grandes ciudades de Ucrania es crítica. La documentación de facturación de componentes sugiere que muchos misiles rusos se están fabricando apenas semanas antes de su lanzamiento, lo que indica un esfuerzo por agotar existencias propias y mantener la campaña de bombardeos. Al mismo tiempo, las industrias armamentísticas rusas están incrementando la producción para suplir estas entregas. Ucrania no dispone hoy de una respuesta eficaz frente a proyectiles como el Iskander, y el Kremlin está recurriendo también a misiles balísticos norcoreanos KN-23 adquiridos a Pyongyang, que con frecuencia se usan contra objetivos civiles, incluidos bloques de viviendas.

El presidente estadounidense Donald Trump anunció en semanas recientes la posibilidad de autorizar a Ucrania a fabricar interceptores Patriot, pero luego descartó esa opción. Observadores destacan que la decisión final del gobierno estadounidense ha variado respecto a esa propuesta.

Aunque se concediera una licencia para producir interceptores, Ucrania no resolvería el problema de forma inmediata: la fabricación exige acceder a una cadena de suministro de componentes y a conocimientos técnicos sobre ensamblaje y puesta a punto.

Esa complejidad explica en buena medida la escasez actual de interceptores: los sistemas Patriot son plataformas tecnológicamente complejas y costosas. Cada batería combina un radar multifunción, una estación de control de fuego, generadores, vehículos lanzadores con hasta 16 misiles listos y una red de comunicaciones seguras; en conjunto, suele requerir entre ocho y 12 vehículos pesados que deben desplegarse, calibrarse y operar de forma coordinada.

Sistema poco sostenible

El entrenamiento de operadores lleva entre seis meses y un año, y el mantenimiento exige repuestos, técnicos especializados y una logística continua que pocas naciones pueden sostener de forma autónoma. A ello se suma la escasez estructural de interceptores: un misil PAC-3, el más avanzado para estas baterías, cuesta entre tres y cuatro millones de dólares. Las líneas de producción de fabricantes como Lockheed Martin y Raytheon han estado al límite durante años, con una producción aproximada de 620 misiles anuales, mientras Ucrania, Israel, varios países europeos y estados del Golfo compiten por el mismo inventario limitado. Las estimaciones sitúan las necesidades de Ucrania en torno a 1.500 proyectiles para cubrir un año completo, aunque el gobierno ucraniano consideraría suficientes unos 300 para proteger sus ciudades durante el invierno.

El resultado es que incluso los aliados de la OTAN con recursos y voluntad política enfrentan limitaciones: no hay suficientes baterías desplegables, ni misiles disponibles ni personal entrenado para operarlos en los números necesarios.

Los enfrentamientos regionales y las operaciones en las que participan Estados Unidos, Israel y países del Golfo han aumentado la demanda de sistemas defensivos y munición, contribuyendo al agotamiento de almacenes. Según algunas fuentes, el ejército de Estados Unidos podría disponer de unas 800 unidades para la defensa de sus bases y territorio, una cifra que muchos analistas consideran insuficiente para las necesidades actuales.

Ante esa realidad, Ucrania estudia tomar la iniciativa contra las fuentes del ataque: golpear lanzaderas de misiles Iskander desplegadas en tierra y atacar instalaciones de producción de armamento. Sin embargo, en esto también hay limitaciones, tanto por la escasez de misiles propios (como los modelos denominados Flamingo) como por la disponibilidad de inteligencia por satélite para identificar con precisión los blancos.

Analistas de distintos centros señalan que Rusia probablemente no detendrá sus ataques mientras no exista una capacidad que los detenga o disuada de forma efectiva. Para algunos expertos, atacar lanzadores Iskander sería una medida operativa dirigida a reducir la amenaza balística y no equivaldría a una escalada nuclear. Otros observan que la carencia de defensa eficaz frente a misiles balísticos sigue siendo una de las principales debilidades de Ucrania, que Rusia explota con consecuencias crecientes para la población civil; por ello, sostienen, la comunidad europea y los aliados no pueden permanecer inmóviles ante el continuo sufrimiento de la población civil.

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