Durante una videollamada, Enrique García Quiroz, coordinador de operaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF), interrumpió la entrevista al escucharse una fuerte explosión cerca de Sloviansk, en el este de Ucrania. Al ordenar a su equipo que buscara resguardo —“Let’s go to the shelter, guys!”— explicó que lleva cuatro meses trabajando en la línea de combate entre Kharkiv y Donetsk.
El estallido formó parte de un bombardeo prolongado que se extendió más de media hora: entre las 17:05 y las 17:36 se registraron tres oleadas de ataques y nueve bombas aerodirigidas. Una de ellas impactó en un edificio residencial, provocando siete heridos, incluidos dos niños de 13 y 7 años.
Tras reanudar la llamada desde un refugio donde había unas treinta personas, García Quiroz describió la situación cotidiana: no hay lugares realmente seguros y los ataques pueden ocurrir en cualquier momento. Señaló que las bombas aerodirigidas son proyectiles con un pequeño motor de guía que pueden caer en cualquier sitio, lo que impide establecer patrones previsibles en los bombardeos.
MSF procura mantener sus actividades a más de quince kilómetros del frente, distancia considerada el alcance máximo de los drones de primera persona con visores. A distancias mayores, el peligro procede de misiles balísticos, misiles de crucero y bombas guiadas que hacen de cualquier punto en el este de Ucrania un objetivo potencial.
“Ya me había preparado para morir”
En las localidades cercanas al frente, García Quiroz observa decisiones familiares extremas: cuando una familia no puede evacuar a todos, deben elegir quién sale y quién se queda. Relata el dilema de dejar a una madre atrás para proteger a los hijos o a otros miembros más jóvenes con posibilidad de rehacer su vida en otro lugar.
Los desplazados huyen con lo mínimo hacia centros improvisados en teatros o edificios comunales, sin certeza de poder volver. Quienes permanecen, en su mayoría ancianas que no pueden moverse, sobreviven en pueblos semidesiertos sin electricidad, agua, farmacias ni supermercados.
En sus visitas a esas localidades, los equipos de MSF encuentran personas al borde de la muerte, sin acceso a alimentos, agua ni medicación durante semanas. García Quiroz recuerda a una anciana que se enfadó al llegar el equipo porque ya se había mentalizado para morir y no entendía por qué le traían medicinas o comida.
También recuerda casos como el de un hombre que creyó haber muerto tras la explosión en su casa y solo sobrevivió porque su perro lo sacó de entre los escombros; de no ser así, habría quedado atrapado bajo los restos y asfixiado.
Un sistema de salud sin personal
El problema del sistema sanitario en estas zonas no es solo la destrucción de infraestructuras —el hospital donde opera García Quiroz fue bombardeado en dos ocasiones— sino la falta de personal. Aunque la capacidad técnica y los recursos pueden existir, la evacuación forzosa del personal sanitario deja instalaciones sin quienes las atiendan.
Las áreas próximas al frente se quedan sin enfermeros, médicos ni cirujanos; en algunos casos hay un solo cirujano para toda la región. Esa ausencia de personal es, según García Quiroz, el principal obstáculo para mantener servicios de salud operativos.
Para paliar ese vacío, MSF despliega equipos en las regiones de Sumy, Kharkiv, Dnipro, Zaporizhzhia y Donetsk, reabriendo hospitales, quirófanos y áreas de emergencia. Sus ambulancias evacuan pacientes desde centros saturados hacia zonas más seguras y, cuando no es posible el acceso físico, ofrecen consultas telefónicas.
El 90% del personal de MSF en la zona es ucraniano y afronta la doble condición de trabajadores humanitarios y afectados por el conflicto: atienden mientras sus propios hogares son bombardeados o sus familias evacuadas. Algunos han perdido sus propiedades o familiares; un médico, director de un centro en Liman, perdió las dos piernas tras un ataque con drones mientras distribuía medicinas.
“Las metrallas explotan y entran en todo el cuerpo”
En sus cuatro meses en el este, García Quiroz ha observado una escalada de ataques a infraestructura sanitaria, describiendo un “pico histórico” de agresiones en el último trimestre de 2025. Esto coincide con los datos de la Organización Mundial de la Salud sobre un número récord de ataques al sistema de salud desde 2022.
Tras casi dos años de relativo estancamiento en el frente, los meses recientes han reactivado los movimientos y desplazamientos masivos de población: se han abierto muchos centros de refugiados y puntos de tránsito, y la cifra de personas en movimiento ha aumentado notablemente.
Los equipos de MSF atienden principalmente lesiones por ataques con drones —amputaciones y heridas por metralla que pueden penetrar todo el cuerpo—, además de heridas por bala, minas y granadas. También tratan afecciones psicológicas y psiquiátricas, que suelen requerir tratamiento prolongado.
En casos de amputación, MSF aplica un programa de rehabilitación temprana entre las 24 y 72 horas después de la cirugía. El reto es formar fisioterapeutas en varios hospitales del frente para aplicar estas técnicas de inmediato, lo que mejora considerablemente la movilidad y la recuperación de los pacientes.
Las alertas aéreas son frecuentes y generan tensión permanente: algunos todavía corren a los refugios cada vez que suena la alarma, como hizo el equipo de García Quiroz, mientras que otros se han acostumbrado y ya no reaccionan. La incertidumbre persiste: los drones y las bombas pueden impactar en cualquier momento.
Desde el refugio en Sloviansk, con las explosiones recientes aún presentes, García Quiroz lanzó un mensaje a la comunidad internacional: la necesidad de respetar el derecho humanitario y proteger a la población civil y a las misiones médicas, porque esa protección constituye la base de los derechos humanos.


