15 de enero de 2026
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Proteína C reactiva y colesterol en evaluación cardíaca

Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte en muchas sociedades occidentales. Nuevas evidencias científicas podrían cambiar los criterios de evaluación del riesgo y llevar a los equipos de salud a actualizar sus estrategias preventivas.

La proteína C reactiva de alta sensibilidad se ha consolidado, junto al colesterol, como un marcador central en la estimación del riesgo coronario según las recientes recomendaciones del Colegio Estadounidense de Cardiología. Las guías internacionales recomiendan medir la proteína C reactiva de alta sensibilidad (PCR-us o hsCRP) porque detecta inflamación sistémica de bajo grado y mejora la predicción del riesgo cardiovascular.

Este cambio puede implicar una revisión de los criterios para diagnosticar y prevenir enfermedades cardíacas en Estados Unidos y otras regiones donde estas patologías son una causa principal de mortalidad.

Un análisis de Mary J. Scourboutakos en The Conversation, basado en un estudio publicado en JACC, subraya la necesidad de adaptar la práctica clínica a la nueva evidencia.

Durante décadas, el colesterol fue el indicador principal para estimar el riesgo de eventos cardiovasculares. Sin embargo, la investigación acumulada en los últimos veinte años ha puesto de relieve el papel de la proteína C reactiva como marcador de inflamación de bajo grado.

La proteína C reactiva la produce el hígado en respuesta a infecciones, daño tisular, enfermedades autoinmunes, obesidad o diabetes; su presencia refleja la activación del sistema inmune.

La medición de la proteína C reactiva es sencilla y se realiza con una muestra de sangre en la consulta médica. Valores inferiores a 1 miligramo por decilitro se consideran indicativos de bajo nivel inflamatorio y están asociados a menor riesgo cardiovascular.

Cuando los niveles superan los 3 miligramos por decilitro, el riesgo cardiovascular aumenta por mayor inflamación, según el análisis de Scourboutakos. En Estados Unidos, alrededor del 52% de los adultos presentan valores elevados de este biomarcador, lo que enfatiza la importancia de incorporarlo en las evaluaciones rutinarias.

La inflamación: el gran protagonista

La estimación del riesgo cardíaco ya no se restringe solo al colesterol LDL —el llamado “colesterol malo”—, que dominó la práctica clínica desde mediados del siglo XX.

Según la especialista citada en The Conversation, la proteína C reactiva predice el riesgo con mayor eficacia que el colesterol LDL y la lipoproteína(a), y en algunos estudios su capacidad predictiva se aproxima a la de la presión arterial.

La inflamación aparece como un factor central: cuando un vaso sanguíneo sufre daño por glucosa alta, tabaco u otras agresiones, las células del sistema inmune se acumulan y rodean partículas de colesterol, formando placas que se adhieren a la pared arterial.

Con el tiempo, mediadores inmunitarios pueden debilitar la cubierta de esas placas y provocar su ruptura, lo que favorece la formación de coágulos que bloquean el flujo sanguíneo y causan infarto o accidente cerebrovascular.

En ese proceso, la respuesta inmune participa en todas las fases fundamentales de la enfermedad cardiovascular, mientras que el colesterol es solo uno de los componentes involucrados.

Hábitos diarios y genética: claves para el control del riesgo

Los niveles de proteína C reactiva vienen determinados tanto por la genética como por los hábitos de vida.

Numerosos estudios citados por The Conversation muestran que la alimentación influye de forma directa: una dieta rica en fibra (legumbres, verduras, frutos secos y semillas), frutos rojos, aceite de oliva, té verde y semillas como chía y lino contribuye a reducir la inflamación. La actividad física regular y la pérdida de peso también disminuyen los niveles de este marcador.

Esos mismos hábitos afectan a la apolipoproteína B, que refleja el número de partículas de colesterol en sangre; un mayor número de partículas incrementa el riesgo independientemente del colesterol LDL total. La fibra, los frutos secos y los ácidos grasos omega-3 reducen esos valores, mientras que un consumo elevado de azúcar los eleva.

Por su parte, la lipoproteína(a), que facilita la acumulación de colesterol en placas, es un factor de riesgo importante cuya concentración depende casi exclusivamente de la genética y no se modifica con el estilo de vida.

Por eso basta con una medición a lo largo de la vida para incorporarla al análisis global del riesgo cardiovascular.

Nuevas recomendaciones y desafíos para la prevención

En septiembre de 2025, el Colegio Estadounidense de Cardiología recomendó incorporar de forma general la medición de la proteína C reactiva junto con el colesterol y otros marcadores en los chequeos de adultos.

La intención de esta recomendación, destacada por The Conversation, es ofrecer a los profesionales un perfil de riesgo más completo y posibilitar intervenciones preventivas más personalizadas.

Aunque estas directrices se han adoptado en Estados Unidos, su uso podría extenderse a otras regiones dada la alta prevalencia de factores de riesgo y el impacto de la enfermedad cardiovascular en Europa y Latinoamérica.

La introducción de la guía supone un ajuste importante en la práctica clínica y en las campañas de salud pública, al priorizar la inflamación y el papel del sistema inmunitario además de los indicadores lipídicos tradicionales.

Una prevención eficaz requiere considerar todos los factores que afectan la salud vascular a lo largo de la vida.

En palabras de The Conversation, el conocimiento y seguimiento de la proteína C reactiva, el colesterol LDL, la apolipoproteína B y la lipoproteína(a), junto con la adopción de hábitos saludables —dieta equilibrada, ejercicio regular, sueño adecuado, manejo del estrés, control del peso y abandono del tabaco— permiten construir un perfil de riesgo integral y sostener estrategias preventivas eficaces.

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