Héctor Bellerín plantea una visión crítica sobre la masculinidad en el fútbol que cuestiona los patrones habituales del deporte y muestra las barreras sociales que enfrentan quienes se alejan de los estereotipos tradicionales. El lateral del Real Betis explicó la dificultad que tienen algunos hombres para encontrar un espacio cómodo fuera de la masculinidad hegemónica y advirtió del efecto intimidante de la mofa en ese proceso de búsqueda de identidad. Reconoce que su postura molesta a ciertos sectores, pero considera necesario abrir un debate sobre el papel de los futbolistas y la uniformidad cultural que predomina en su entorno.
En el tramo final de la entrevista, Bellerín reflexionó sobre la distancia estructural entre los jugadores y el resto de la sociedad. En su diálogo con El Mundo señaló que existe “mucha distancia entre el futbolista y, digamos, el ciudadano de a pie”: la admiración por parte del público y la desconfianza recíproca impiden relaciones igualitarias y generan dinámicas de poder que separan a los colectivos. También apuntó la ausencia de vínculos reales entre profesionales del fútbol masculino y la falta de una conciencia colectiva orientada a la responsabilidad social; esa pertenencia a un grupo privilegiado crea una burbuja que limita la percepción del entorno y reduce los incentivos para cuestionarlo.
Bellerín criticó el modelo formativo en el fútbol de élite, donde la educación muchas veces se orienta exclusivamente al rendimiento deportivo. Comparó su ámbito con la NBA, donde la vía universitaria es requisito para jugar, y recordó que en el fútbol habitualmente se presiona a jóvenes de 16 años para dejar los estudios y centrarse en ofertas profesionales. Señaló que, aunque se declaman valores como el respeto y el sacrificio, esos principios suelen inscribirse en un marco productivista; a su juicio, hace falta impulsar otros valores menos individuales y revisar la educación y la convivencia dentro del deporte.
Durante la conversación también rechazó las etiquetas que le asigna la opinión pública —“el futbolista que lee”, “el ecologista”, “el de la moda”— y defendió que esas facetas responden a decisiones personales tomadas cuando tuvo la posibilidad de ejercerlas. Como ejemplo contó que, tras publicar en Instagram fotos de los libros que leyó en verano, muchos redujeron su imagen a esa sola faceta, aunque la materia prima de sus actividades sea la misma vista desde distintos ángulos.
El futbolista recordó su infancia ligada a la costura —“me crié entre máquinas de coser”, dijo— y cómo esa experiencia influyó en su interés por la moda y la lectura. Repasó también su trayectoria profesional: la formación en la cantera del FC Barcelona, su consolidación en el Arsenal, el regreso puntual a Barcelona y su papel actual en el Real Betis.
Sobre el papel social del fútbol, Bellerín afirmó que el deporte “se ha convertido en el teatro romano” y que el estadio funciona a menudo como una válvula de escape emocional para el público. Reconoció que el fútbol reparte felicidad, pero advirtió que el contexto del estadio permite comportamientos que difícilmente se tolerarían en la calle, reflejando tensiones sociales más amplias. Subrayó además que, aunque el fútbol puede ser un lenguaje universal y un espacio para familias, los estadios no son siempre inclusivos y hay colectivos que no se sienten aceptados en ellos.
Finalmente, advirtió sobre el riesgo de ridiculizar a quienes exploran nuevas formas de masculinidad: aunque entiende el uso de estereotipos y memes sobre el “macho performativo”, consideró que esa burla puede asustar a hombres que intentan buscar un lugar cómodo fuera de la masculinidad tradicional. Su mirada pretende visibilizar la diversidad existente en el fútbol y reivindicar el derecho de los deportistas a mostrar facetas alejadas del estereotipo dominante.


