18 de enero de 2026
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Giacomo Casanova y su método de seducción

Un agente de la Inquisición veneciana dejó una descripción que no logró reducirlo a una sola imagen. “Va y viene a todas partes, con una cara franca, la cabeza en alto, y bien vestido…”, anotó. Lo situó en unos 40 años, apuesto, vigoroso, moreno, de ojos vivaces y con una peluca corta castaña. Lo consideró descarado, desdeñoso y, sobre todo, con una labia ingeniosa y cultivada. No eran rasgos menores, aunque tampoco bastaban para definirlo.

El hombre conocido por sus numerosas relaciones amorosas fue, sobre todo, esquivo. Si hoy lo interrogara un juez, tal vez no mentiría, pero creerle sería otra cuestión. Diría verdades concretas: se llamó Giacomo Casanova, nació en Venecia el 2 de abril de 1725 y murió en Dux (hoy Duchcov, República Checa) en 1798. Hijo de los actores ambulantes Zanetta Farussi y Gaetano Casanova, de origen en parte aragonés, quedó huérfano de padre a los ocho años.

Se presentó como Caballero de Seingalt, aunque su supuesto título nobiliario era más ilusión que realidad: en aquella época los actores pertenecían a la clase baja. Ante preguntas sobre su oficio, Casanova no habría mentido: fue abate, diplomático, escritor, músico, director teatral, alquimista, hombre de negocios, inventor, administrador de la lotería estatal francesa y bibliotecario. Ocultó, en cambio, estafas y fraudes, y también los cargos de impiedad, magia y esoterismo que lo llevaron a Los Piombi, la temida cárcel veneciana de la que se fugó en 1756 junto a un monje.

Las mujeres, el fuego central

Según su propio relato —no siempre fiable— afirmó haber mantenido relaciones con 132 mujeres de distintos orígenes sociales. “Si he engañado a muchas, el engaño era mutuo”, escribió. Para comprender ese impulso hay que remontarse a su formación y experiencias tempranas.

Por la falta de recursos de su madre fue internado en un seminario, donde estudió latín, derecho civil y canónico; luego cursó filosofía con el senador Malipiero. Su expulsión llegó tras involucrarse con Teresa, cantante y amante del senador. A los 21 años su madre logró colocarlo al servicio del cardenal Acquaviva, representante español ante la Santa Sede, pero volvió a caer en desgracia al ocultar a una joven fugada en el palazzo de Piazza di Spagna, la residencia oficial del cardenal. Otra expulsión y otra huida.

Sin dinero ni títulos, y con una audacia inusitada, Casanova deambuló por Europa: volvió a Venecia, se alistó como soldado, se presentó como violinista y, ante el aburrimiento, buscó nuevas salidas. Fingió ser médico ante el patricio Matteo Bragadin, lo trató —según su versión— de una arritmia y cobró una suma considerable. Con lectoras y maestros, se introdujo en la magia, la cábala y los ritos esotéricos, inclinaciones que podrían rastrearse hasta un episodio de su infancia.

En sus memorias narra que, a los ocho años, sufrió una fuerte hemorragia nasal. Su abuela lo llevó a Murano donde una anciana, reputada bruja, lo colocó en un cajón hasta que la hemorragia cesó, le aplicó ungüentos, pronunció palabras extrañas y cobró un ducado. Casanova aseguraba que desde entonces no volvió a sangrar y que su memoria se agudizó, permitiéndole aprender a leer en menos de un mes. Para el Gran Inquisidor aquello fue prueba suficiente de prácticas impías: intentó quemar los libros y castigar al responsable, y Casanova volvió a escapar.

Europa, el ingenio y la cornisa

Recorrió Europa y llegó a París, donde fue recibido en la corte de Luis XV. Necesitado de recursos, tuvo un golpe de ingenio: en 1757 participó en la creación de la lotería francesa, un negocio de gran envergadura que reportó beneficios considerables. En Ancona, una fiebre lo confinó a un lazareto; allí sedujo a una esclava griega y se enamoró de Teresa, una huérfana que fingía ser castrati para poder cantar.

Escribió y opinó con entusiasmo sobre figuras como Rousseau, Voltaire, madame Pompadour, Mozart, Catalina II y Federico II. Recorrió el continente como diplomático y ocultista; a algunos les pareció un charlatán, pero muchos quedaron fascinados por su discurso. Fue asiduo invitado a bailes y festejos palaciegos y vivió siempre en los límites: condecorado por el papa Clemente XIII por un servicio diplomático, perseguido por fraudes, elogiado por Federico II y encarcelado 42 días en Barcelona tras un affaire con la esposa del capitán general.

Un biógrafo sintetizó su vida en contraste: alternaba conversaciones con Voltaire y Rousseau con tratos en las tabernas más sórdidas; pasaba de la amistad con figuras como Cagliostro a peleas con rufianes.

En 1776, tras la muerte de su madre, intentó regresar a Venecia. Para evitar la cárcel aceptó espiar para la Inquisición; sus informes fueron deliberadamente ambiguos y en apariencia inocuos. Aún tuvo tiempo de protagonizar un duelo con el príncipe polaco Xavier Franciszek Branicki por un asunto de honor: hubo pistolas, una herida leve y finalmente una reconciliación.

El método Casanova

¿Cuál fue su secreto? El escritor y psicólogo Robert Greene lo describió como “el amante ideal”: estudiaba a cada mujer, detectaba lo que le faltaba y se lo ofrecía, poniéndose al servicio de sus deseos. Para terminar una relación, también aplicaba una estrategia: provocaba una decepción calculada, se mostraba vulgar y se retiraba en silencio.

Sin embargo tuvo una derrota notable: en sus memorias admite una excepción, Mathilde, una joven monja que lo fascinó y lo sometió. La llamó “la horma de mi zapato”.

Conoció cerca de cien ciudades, conversó con Benjamín Franklin en París, colaboró con Mozart y Lorenzo da Ponte en Don Giovanni y entrevistó a Goethe. Más allá de su vida libertina y de sus delitos, su aportación más duradera fue literaria: dejó unas memorias que lo consagran como escritor moderno.

En 1795 murió su hermano Giambattista, pintor y grabador y director de la Academia de Dresde; Casanova tenía entonces 70 años. En Bohemia redactó sus memorias, la obra que perduró. El 4 de junio de 1798, a los 73 años, falleció tras completar unas 4.500 páginas. Su sobrina Camilla vendió el manuscrito a un editor alemán; en 1824 ya existían cinco volúmenes. Más tarde pasó por editoriales francesas y sufrió alteraciones, aunque siguió siendo un éxito. La edición completa apareció en 1960 y la traducción al español llegó en 2009.

Las memorias terminan bruscamente con una escena pequeña: un viaje de Barcelona a Perpiñán en enero de 1769. Tal vez entonces comprendió que su buena estrella comenzaba a declinar o que, por fin, había llegado el momento de dejar de huir.

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