22 de enero de 2026
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Cinco siglos de historia rusa en los árboles

La historia suele contarse desde una perspectiva humana y localista: somos nosotros quienes la registramos y tendemos a acentuar nuestro protagonismo. Pero los seres humanos no son los únicos afectados por las dinámicas sociales, económicas y políticas, ni por los ciclos de conservación y comercio. ¿Qué ocurre si se intenta narrar la historia desde un punto de vista no humano, por ejemplo, desde la perspectiva de los árboles?

En su libro The Oak and the Larch: A Forest History of Russia and Its Empires, la profesora Sophie Pinkham propone que los árboles pueden ser testigos más duraderos que las personas. Al vivir centenares de años, árboles como los del bosque de Bialowieza han presenciado cambios políticos y territoriales —la región pasó por manos de Rusia, Polonia, Lituania, la ocupación nazi y de nuevo a Polonia y Bielorrusia—, permaneciendo al margen de las fronteras y ofreciendo una visión distinta del paisaje nacional. Como observa Pinkham, los bosques permiten imaginar “una realidad alternativa: una en la que no hay nación, solo paisaje”.

El libro parte de la idea de que Rusia está extraordinariamente cubierta de bosques: según Pinkham, el país alberga “tres veces más árboles que estrellas en nuestra galaxia”. Esa abundancia ha convertido a los bosques en un elemento central de las prácticas culturales y de las mitologías que han informado la identidad imperial y nacional.

El folclore ruso está lleno de personajes vinculados al bosque: Baba Yaga, la bruja de la cabaña sobre patas de gallina que acecha a los viajeros, y el leishii, un espíritu guardián del bosque, son ejemplos de cómo el bosque ha poblado la imaginación desde épocas precristianas. Incluso cuando el cristianismo se extendió por grandes territorios del imperio, el bosque mantuvo una presencia importante en el imaginario colectivo.

Los dos árboles del título, el roble y el alerce, ilustran esa relación. El roble, habitual en los bosques de la antigua Moscovia, aparece en cuentos y fue material para la marina que Pedro el Grande empleó en su expansión. El alerce es frecuente en la taiga siberiana; las pieles y otros recursos de esa región contribuyeron al enriquecimiento y la ampliación del poder ruso.

El roble y el alerce sigue un hilo cronológico aproximado pero no rígido: Pinkham se desplaza entre pasado y presente y entre regiones diversas —la taiga, los acantilados del Cáucaso, los pinares del este de Ucrania— para trazar la historia compleja y contradictoria de un imperio en expansión.

El significado simbólico de los bosques varía con el tiempo y sus usos prácticos cambian según las necesidades. Sin embargo, emergen temas recurrentes: los bosques han sido a la vez refugio y obstáculo en numerosos conflictos. En el siglo XIII, por ejemplo, dificultaron el avance de los ejércitos mongoles, que eran imparables en la estepa pero vulnerables en terrenos boscosos o pantanosos; así, los bosques y humedales se convirtieron en defensas naturales y en refugios para quienes huían de los invasores.

Además de proteger a quienes resistían invasiones, los bosques sirvieron de escondite para víctimas del avance imperial ruso: pueblos indígenas que huyeron a la taiga ante la caza de pieles en el siglo XVI, los Viejos Creyentes que buscaron aislamiento frente a la persecución religiosa, chechenos que se ocultaron en los bosques del Cáucaso en el siglo XIX y prisioneros soviéticos que sobrevivieron gracias a recursos forestales. En la actualidad, Pinkham señala que los bosques ayudan a ocultar equipo militar y a dar cobertura a las tropas en conflictos como el de Ucrania.

Los bosques han sido también objeto de reverencia y de explotación organizada. Bajo Pedro el Grande se establecieron las primeras protecciones forestales destinadas a asegurar madera para la construcción naval: grandes áreas de bosque fueron puestas al servicio del Estado y gestionadas con métodos importados de la ciencia forestal occidental —plantación, inventario, monitoreo— como parte de los esfuerzos por modernizar y occidentalizar el país.

No fue la única ocasión en la que los bosques fueron mobilizados con fines ideológicos. A fines del siglo XVIII el romanticismo nacional enfatizó la conexión entre tierra, lengua y cultura; poetas como Alexander Pushkin idealizaron paisajes como el Cáucaso, a menudo en perjuicio de las poblaciones indígenas que los habitaban.

Tras la Revolución, los bolcheviques buscaron maximizar la explotación forestal y combatir la “naturaleza intacta” considerada improductiva, promoviendo lemas sobre la necesidad de explotar los bosques para la construcción socialista. Más tarde, el régimen lanzó proyectos como el Gran Plan de Stalin para la Transformación de la Naturaleza —un intento fallido de reforestación de la estepa—. En tiempos recientes, corrientes reaccionarias y algunos escritores de la “prosa de aldea” han recuperado una visión romántica del campo ruso y sus bosques.

Pinkham recorre la historia forestal rusa a través de su literatura. El vínculo entre escritores y árboles es tan fuerte que biografías culturales, por ejemplo sobre Tolstói, quedarían incompletas sin mencionarlo: Tolstói no solo defendió los bosques, sino que practicó la reforestación en su propia finca y aprendió técnicas modernas de gestión. En 1872, según relata Pinkham, destinó las regalías de Guerra y Paz para adquirir más de cincuenta mil plantones de abedul y abeto.

Pinkham evoca la frase de Máximo Gorki —“Al cambiar la naturaleza, el hombre se cambia a sí mismo”— para mostrar que la modificación de los bosques transformó también a las sociedades rusas, no siempre para bien. La explotación y la conquista ambiental a menudo empeoraron la relación de la gente con su entorno; aunque, en algunos casos individuales, la interacción respetuosa con la naturaleza llevó a cambios personales positivos, como ocurrió con Tolstói.

Fuente: The Washington Post.

[Fotos: Alina Bairamova/Strand Books, Reuters/ Violeta Santos Moura y archivo]

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