El gobierno cambió su eslogan a “A toda máquina”, después de usar “Con Punche Perú”. Las frases pueden variar, pero no reemplazan la ausencia de soluciones estructurales. Ese tipo de lemas puede servir para motivar equipos, pero no resuelve problemas nacionales profundos que siguen sin atenderse.
El contexto es clave: a la actual administración le quedan menos de seis meses. En ese plazo conviene preguntarse qué se puede lograr realmente “a toda máquina”. La respuesta, aunque incómoda, es clara: muy poco. Repetir consignas grandilocuentes no acelera reformas, no mejora la ejecución del gasto ni reconstruye la confianza; a veces incluso genera expectativas equivocadas en las autoridades y en la ciudadanía.
El desafío de la economía peruana es, sobre todo, político e institucional, no comunicacional. Una crisis de institucionalidad limita cualquier intento serio de crecimiento sostenido. La fragmentación del poder, la debilidad del Ejecutivo frente al Congreso, la falta de consensos mínimos y el uso discrecional de la política económica han minado la previsibilidad del país.
El deterioro fiscal reciente ilustra el problema. Por decisiones populistas —principalmente desde el Legislativo— y por la incapacidad del Ejecutivo de imponer límites a tiempo, el Perú amenaza con incumplir la regla fiscal por tercer año consecutivo. Esto no es un tecnicismo: encarece el financiamiento, reduce el margen para afrontar choques externos y pone en riesgo la estabilidad macroeconómica acumulada durante décadas. Sin disciplina fiscal no hay crecimiento sostenible.
Se mantienen además problemas estructurales largamente diagnosticados y postergados: un mercado laboral rígido que empuja a millones a la informalidad; una descentralización sin transferencia efectiva de capacidades técnicas ni mecanismos de rendición de cuentas; y una ejecución de la inversión pública subnacional ineficiente, sobre todo en las regiones más pobres.
En un año electoral aumenta el riesgo del cortoplacismo. Por eso el foco debería estar en lo que hará el próximo presidente y su equipo en los primeros 100 días: ahí se verá la calidad técnica y política de los ministros, la claridad de la hoja de ruta económica y la capacidad para forjar alianzas en el Congreso que permitan aprobar reformas, no solo evitar censuras.
No se trata de prometer milagros ni de imponer agendas maximalistas, sino de enviar señales claras: respeto a las reglas fiscales, fortalecimiento institucional, desbloqueo de la inversión y reformas que afronten la informalidad y la baja productividad. Sin esas medidas, cualquier relato de dinamismo seguirá siendo solamente eso: relato.
Un eslogan no basta. El Perú necesita un Estado que decida, ejecute y asuma costos políticos. Mientras se reemplacen reformas por consignas, el país seguirá avanzando a media máquina, con un crecimiento apenas por encima del promedio regional, claramente insuficiente ante los retos que enfrenta.


