31 de enero de 2026
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Búsqueda bajo la basílica: arqueóloga tras la tumba de San Pedro

El 31 de enero de 1949 culminaron las excavaciones arqueológicas bajo la basílica de San Pedro del Vaticano y, en diciembre de 1950, el papa Pío XII anunció que se habían localizado la tumba y restos atribuibles a san Pedro, primer papa y apóstol. Esto plantea la pregunta: si la basílica está edificada sobre la tumba de Pedro, ¿por qué su sepultura se identificó tan tardíamente? La respuesta requiere repasar dos mil años de historia.

Pedro, considerado el primer obispo de Roma, fue martirizado en la colina vaticana, probablemente en el año 64 durante la persecución asociada al incendio de Roma y al reinado de Nerón; otras fuentes lo sitúan en torno al 67. Según la tradición, fue crucificado boca abajo por petición propia y enterrado en una necrópolis cercana en una fosa sencilla —el enterramiento típico de las clases humildes—, cubierta luego con tejas.

Sobre esa fosa modesta se erigieron, con el tiempo, monumentos más relevantes. El primer indicio de memoria pública fue un edículo conocido como “Trofeo de Gayo”, término que en la antigüedad designaba un monumento funerario que señalaba la victoria espiritual del martirio. Eusebio de Cesarea alude a estos “trofeos” situados en la vía hacia el Vaticano y la vía de Ostia.

Tras el Edicto de Milán (313), el emperador Constantino mandó erigir una basílica para honrar al apóstol. Para construirla se aplanó la colina y se enterraron los mausoleos de la necrópolis, dejando el “trofeo” encerrado dentro de un bloque de pórfido como parte del nuevo monumento. Más tarde, en 602, el papa Gregorio Magno lo reconstruyó; en los siglos siguientes se añadieron elementos como el nicho de los palios y el altar de Calixto II. En 1506, el papa Julio II ordenó demoler la basílica constantiniana y encargó a Bramante un nuevo templo renacentista, dejando la tumba señalada por el llamado “altar de la confesión” y, posteriormente, por el gran baldaquino de Bernini.

El conjunto muestra una sucesión de capas arquitectónicas y artísticas: desde el baldaquino barroco hasta restos medievales, pasando por monumentos del siglo IV, una edícula del periodo paleocristiano y la fosa original. La basílica ad corpus es un caso singular en el cristianismo: un edificio surgido directamente sobre la tumba de un mártir, en este caso Pedro, primer obispo de la Iglesia de Roma.

Aunque durante siglos se consideró que el altar de la confesión marcaba la ubicación de la tumba, nunca se había efectuado una búsqueda arqueológica sistemática. Entre el altar y la fosa hay unos nueve metros de profundidad y dos mil años de estratificación histórica.

El descubrimiento moderno comenzó de forma accidental en 1939, con la muerte del papa Pío XI, cuyo deseo era ser enterrado lo más cerca posible de la tumba de Pedro. Al preparar su sepultura en las Grutas Vaticanas se perforó el pavimento y surgió un espacio vacío que, al inspeccionarse, reveló una necrópolis romana del siglo II rellenada por tierra en época de Constantino para sustentar la basílica. Este hallazgo llevó al papa Pío XII a ordenar excavaciones arqueológicas secretas (1940–1949) que localizaron el “Trofeo de Gayo” y restos óseos bajo el altar mayor.

El profesor Vincenzo Fiocchi Nicolai describió estas estructuras como una serie de “cajas” superpuestas: bajo el altar moderno se encontró un altar medieval y, más abajo, un magnífico monumento marmóreo —la caja constantiniana— que envolvía el edículo señalador de la tumba. El contexto sepulcral incluye otras tumbas datables entre las últimas décadas del siglo I y comienzos del II, y los grafitis y marcas devocionales confirman la presencia de peregrinación y culto en ese lugar desde épocas antiguas, tal como lo registran Eusebio y el Liber Pontificalis.

El “Trofeo de Gayo” era una estructura ligera con pequeñas columnas y un tímpano bajo el cual se hallaba la fosa con los restos. Según la tradición y la datación arqueológica, esta edícula existía ya en los siglos II y III y señalaba la tumba del apóstol. En la célebre pared pintada de rojo —el “muro rojo”— apareció un grafiti fragmentario con el nombre “Petros” y letras griegas que han sido interpretadas de distintas maneras: como “Pedro está aquí”, como referencia a una deposición secundaria en época constantiniana o como una invocación de paz dirigida a Pedro.

En otra área excavada apareció el llamado “muro G”, que cerró parte de la edícula en un momento posterior. Allí se registraron cientos de grafitis con nombres, peticiones y signos cristológicos, indicativos de intensa devoción. Las excavaciones entre 1939 y 1958, impulsadas por Pío XII, encontraron la tumba, pero debajo del edículo de Gayo no había un esqueleto completo; sí se halló una pequeña caja insertada en el muro de los grafitis que contenía fragmentos óseos.

La identificación de esos fragmentos recayó en la arqueóloga y epigrafista Margherita Guarducci, quien estudió los grafitis y recuperó los huesos de la cajita. Se trata de restos parciales, no de un esqueleto íntegro; los análisis antropológicos los atribuyen a un varón maduro, posiblemente contemporáneo de Pedro. Aunque las pruebas no permiten una certeza plena, los hallazgos son compatibles con la tradición. Según la reconstrucción arqueológica, en época de Constantino se habrían recogido los restos conservados en la fosa y depositado algunos fragmentos en una cápsula protectora.

El 26 de junio de 1968, el papa Pablo VI anunció públicamente la convicción de que se habían recuperado “los pocos, pero sacrosantos restos” de Pedro. Encargó asimismo un relicario de bronce al orfebre Enrico Manfrini que contiene nueve fragmentos óseos y lleva la inscripción latina que indica que proceden del hipogeo de la Basílica Vaticana y se consideran del apóstol, empleando una fórmula cautelosa (“putantur”, “se consideran”).

La arqueología busca evidencia, pero a menudo recurre a deducciones para reconstruir el pasado. En el caso de la tumba y los restos atribuidos a Pedro, la convergencia de datos materiales —estructuras superpuestas, dataciones, grafitis devocionales— junto con la larga y continuada tradición de culto ofrecen un cuadro coherente. Además de las pruebas arqueológicas, la fe y la memoria acumulada por generaciones de peregrinos y pontífices han consolidado la percepción de autenticidad en torno a ese lugar.

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