Donald Trump parece no comprender por qué Irán no ha cedido ante las demandas de Estados Unidos sobre su programa nuclear, según dijo el 21 de febrero Steve Witkoff, su enviado a Oriente Medio. La acumulación militar estadounidense en la región es notable: el 19 de febrero un E-3 AWACS sobrevoló la costa mediterránea de Israel rumbo a una base en Arabia Saudita donde están desplegadas fuerzas estadounidenses. Ese tipo de aparatos coordinaría múltiples salidas en caso de guerra. Estados Unidos ha concentrado en Oriente Medio la mayor presencia militar extranjera en más de dos décadas, con más de un tercio de sus buques de guerra disponibles en la región, lo que le da a Trump varias opciones si optara por atacar Irán.
Estados Unidos ya ha llevado a cabo ataques contra Irán en el pasado: en junio envió siete bombarderos furtivos B-2 desde Misuri en una misión de 18 horas para lanzar bombas antibúnker contra instalaciones nucleares iraníes. Si se ordenara un nuevo ataque, es probable que la lista de objetivos fuera mucho más amplia y que las consecuencias fuesen menos previsibles.
En los próximos días llegará a la zona un segundo portaaviones, con lo que la fuerza aérea estadounidense en el teatro sumaría alrededor de 200 aviones de combate, apoyados por AWACS, aviones cisterna, plataformas de guerra electrónica y de rescate, y buques capaces de lanzar centenares de misiles de crucero Tomahawk. Además, se han reforzado las defensas antimisiles con baterías THAAD y Patriot y escuadrones de F-15E con armamento guiado para interceptar drones iraníes. Para Eden Attias, exgeneral de la Fuerza Aérea israelí, la escala de recursos desplegados sugiere que no se trata de una incursión aislada sino de la posibilidad de una campaña aérea sostenida con misiones repetidas en el espacio aéreo iraní.
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Se prevé que los negociadores de Estados Unidos e Irán continúen conversaciones en Ginebra el 26 de febrero. Trump ha reiterado su preferencia por una solución diplomática, pero Witkoff señaló que, pese a la presión militar, es difícil lograr que los iraníes reconozcan públicamente que renuncian a las armas. Mantener el actual nivel de preparación es extremadamente costoso y, a la larga, puede dejar desprotegidas otras regiones.
Si Trump pierde la paciencia y ordena un ataque, los militares barajarían varias opciones tácticas y estratégicas. Entre ellas figuran operaciones dirigidas contra el líder supremo, Alí Jamenei, y su círculo, con la esperanza de provocar un reemplazo por una figura más proclive a negociar; existen rumores de negociaciones discretas en ese sentido. Sin embargo, la represión de las protestas recientes y la indignación pública en Irán podrían hacer que cualquier sustitución sea percibida como una traición por parte de Estados Unidos.
Otra alternativa sería atacar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), responsable de la represión, incluyendo su estructura local o sus líderes, así como objetivos militares del ejército regular. Washington podría apuntar también a las bases de misiles balísticos que amenazan sus instalaciones y las de sus aliados, o a las instalaciones nucleares que aún permanecen en el país. Una operación podría combinar varios de esos tipos de blancos; incluso una acción limitada contra el IRGC iría probablemente acompañada de medidas para reducir la capacidad iraní de represalia.
Irán dispone de opciones más acotadas. Su fuerza aérea es pequeña y está compuesta en buena parte por aviones antiguos adquiridos en la época del sha; por ello ha desarrollado una capacidad considerable en misiles balísticos y de crucero, además de drones de largo alcance. Durante los 12 días de conflicto en junio pasado pudo lanzar salvas de misiles contra Israel pese a la superioridad aérea israelí y a los numerosos ataques que sufrió.
La selección de objetivos iraníes dependerá de cómo interprete Teherán los acontecimientos. Podría volver a atacar a Israel, lo que ampliaría el conflicto, o apuntar a bases estadounidenses y a estados del Golfo como ya ocurrió en Qatar el verano pasado. Un alto mando israelí recuerda que en enfrentamientos previos las agresiones fueron breves y limitadas, con todas las partes buscando una salida. No obstante, el tamaño del despliegue estadounidense y los rumores de un posible cambio de régimen podrían llevar a los líderes iraníes a optar por ataques masivos y a instar a aliados como Hezbolá y los hutíes a abrir nuevos frentes.
Ese escenario sitúa a Trump ante un dilema. Sus objetivos no están del todo claros: las llamadas a castigar al régimen por la represión han perdido fuerza; ha mencionado el cambio de régimen y, al mismo tiempo, insiste en lograr un acuerdo nuclear. Ataques aéreos limitados probablemente no bastarían para forzar concesiones sustanciales en el programa nuclear; una campaña sostenida destinada al cambio de régimen podría implicar a Estados Unidos en otra guerra prolongada en Oriente Medio con consecuencias inciertas, algo que parece poco deseable para la administración. Es posible que la estrategia consista en aumentar la presión con acciones puntuales, pero no hay garantía de que esos bombardeos por sí solos generen un cambio político efectivo en Irán.
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