En el remoto Atlántico Sur, Longwood House, en la isla de Santa Elena, fue tanto la residencia final como la prisión de Napoleón Bonaparte. En este lugar aislado, donde hoy viven alrededor de 4.000 personas, el emperador pasó sus últimos años tras su derrota en Waterloo.
Entre los residentes actuales destaca Michel Dancoisne-Martineau, conservador de la mansión, que lleva casi cuarenta años vinculado al lugar y ha sido testigo privilegiado de su historia, según contó a Atlas Obscura.
Tras la derrota en Waterloo, las potencias europeas decidieron destinar a Napoleón a un lugar tan lejano que impidiera cualquier fuga o la posibilidad de convertirlo en símbolo político. Santa Elena, situada a más de 1.900 kilómetros de África, ofrecía ese aislamiento. Como ha señalado Dancoisne-Martineau, la isla está “totalmente fuera del mundo”: en el pasado apenas llegaba un barco cada dos meses y hoy hay vuelos semanales.
La vida de Napoleón en Longwood House
Aunque estaba prisionero, Longwood House no era una cárcel convencional. Tenía jardines, senderos y actividades que la diferenciaban de un penal típico, tal como ha observado el conservador.
En la casa Napoleón celebraba comidas en un comedor amplio, jugaba al billar y se encontraba rodeado de algunos generales fieles y del personal necesario. Al principio mantuvo la esperanza de que su confinamiento fuera temporal.
Esa esperanza se desvaneció en noviembre de 1818, cuando las potencias ordenaron que permaneciera en la isla hasta que su “odiosa fama llegara a su fin”. Para Dancoisne-Martineau, esa sentencia equivalía a “una pena mayor que la vida”. A los 47 años, Napoleón tuvo que aceptar una existencia marcada por la rutina y la introspección.
Reflexión y jardinería en el exilio
En los últimos años de su vida su carácter cambió significativamente. Remodeló su entorno y dedicó mucho tiempo al jardín: según relatan, dijo que quería “ser un hombre y nada más que un hombre”.
La jardinería se convirtió en un refugio contra el confinamiento. Mezcló plantas ornamentales con hortalizas, porque valoraba que el jardín fuera también útil.
Las caminatas largas y silenciosas por los senderos le ofrecieron espacio para la reflexión sobre sus logros y fracasos. Entre sus costumbres estaba pasar hasta dos horas al día en una bañera de cobre.
Muerte y legado de Napoleón en Santa Elena
La calma de sus últimos años terminó el 5 de mayo de 1821, cuando Napoleón falleció en el salón de Longwood House tras sufrir afecciones hepáticas y un deterioro intestinal. La casa conserva hoy el ambiente de aquella época gracias a una restauración rigurosa impulsada por Francia, y algunos muebles y objetos originales se exhiben en museos.
Cada año, aproximadamente 4.000 personas visitan Longwood House, que mantiene detalles históricos para quienes desean conocer los espacios donde Napoleón vivió su exilio.
Santa Elena hoy: aislamiento y turismo
La población de la isla se ha reducido a la mitad respecto a la época de Napoleón y ronda los 4.000 habitantes. “Hoy la gente se va buscando mejores oportunidades. La población está envejeciendo y la tasa de natalidad baja”, ha indicado Dancoisne-Martineau.
Aun así, quienes permanecen valoran la tranquilidad y el aislamiento, características que también atraen a visitantes. El ritmo de vida en la isla es considerablemente más lento que en otros lugares, según el curador.
Se puede acceder a Santa Elena por avión o en los pocos cruceros que hacen escala; cerca del 80% de los visitantes son turistas.
La singularidad de Santa Elena y de Longwood House reside en su soledad y en el paso apacible del tiempo. Recorrer sus jardines permite experimentar el silencio y la introspección que marcaron los últimos días del emperador.

