13 de mayo de 2026
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Kirchnerismo evoca a Cámpora y un pasado traumático en la interna con Kicillof

Dentro del kirchnerismo volvió a ponerse en voz alta una comparación histórica: la construcción de un candidato presidencial como instrumento político de un liderazgo proscripto, en referencia a Héctor Cámpora. La analogía surge mientras Cristina Kirchner busca mantener su centralidad en el PJ y Axel Kicillof procura evitar las disputas internas y la doble conducción que marcaron la gestión de Alberto Fernández y contribuyeron al avance de Javier Milei.

La referencia a Cámpora tiene relevancia política por la secuencia histórica que siguió a su breve presidencia.

El gobierno de Cámpora, que asumió el 25 de mayo de 1973 y renunció el 13 de julio de ese año, duró poco más de 49 días. En ese lapso se evidenciaron tensiones internas del peronismo: disputa por el poder real, radicalización política, violencia interna y la convivencia entre un presidente formal y un liderazgo externo y determinante. Miguel Bonasso reconstructó esas contradicciones en “El presidente que no fue”, donde describió cómo el gobierno funcionó como una transición hacia el regreso de Perón.

El regreso de Juan Domingo Perón reorganizó el poder pero también intensificó los enfrentamientos, que derivaron en episodios como la masacre de Ezeiza, la expulsión de sectores de izquierda de la Plaza de Mayo y un deterioro institucional que precedió la dictadura de 1976.

Por eso, evocar a Cámpora hoy tiene un peso político sensible dentro del peronismo.

No se trata solo de una comparación electoral o académica. La referencia reaparece en un momento en que sectores del kirchnerismo duro trabajan para mantener a Cristina Kirchner como el eje del peronismo, aun después de su condena en la causa Vialidad y de su inhabilitación para ocupar cargos públicos.

El pasado que vuelve

La estrategia política en torno a Cristina ya incorpora símbolos que remiten a la narrativa de la proscripción.

San José 1111 se ha convertido en un punto de encuentro militante y político. La consigna “Cristina Libre” dejó de ser solo un reclamo judicial para integrarse a una estrategia más amplia: sostener su protagonismo político y preservar la posibilidad de un retorno pleno al poder.

La escena remite a Puerta de Hierro durante el exilio de Perón, que funcionó como centro simbólico y político del peronismo proscripto, donde se validaban candidaturas y se discutía la estrategia de regreso. De allí surgió la fórmula “Cámpora al Gobierno, Perón al poder”, que resumía la idea de un presidente formal subordinado a un liderazgo proscripto.

Esa memoria histórica explica la sensibilidad de la comparación actual.

La evocación de Cámpora no solo habla de lealtad a Cristina. También sugiere la posibilidad de una candidatura diseñada para preservar la centralidad de una dirigente considerada por el núcleo duro como la referencia estratégica del peronismo, pese a su condena e inhabilitación.

El punto central es que la idea de “un Cámpora para Cristina” implica más que disponer de un aliado leal: supone una candidatura subordinada a objetivos superiores, como influir en la situación judicial de Cristina y garantizar su papel decisivo en el futuro del movimiento.

Ese propósito quedó explícito en una entrevista televisiva entre Teresa García y Nancy Pazos. Ante la pregunta de si buscaban “un nuevo Cámpora”, García admitió la comparación y la contextualizó: “Hace falta alguien que entienda la lógica por la que vamos a atravesar en un próximo gobierno y que necesitamos que Cristina esté libre”.

García sostuvo además que la judicialización de Cristina se explica, según esa narrativa, por su enfrentamiento con un “poder real” y remarcó que quienes gobiernen desde el peronismo deberán tener en cuenta los dos mandatos de Cristina y las razones por las que fue procesada. También reivindicó el papel de Cristina tras la muerte de Néstor Kirchner y pidió “abandonar la hipocresía en la política”.

La declaración fue interpretada como la confirmación de que el kirchnerismo duro busca preservar la centralidad de Cristina, incluso si ella no puede competir electoralmente.

Todo esto ocurre en un contexto de tensión con Axel Kicillof.

Pelea de fondo y de formas

Desde hace meses, Kicillof impulsa una estrategia para construir autonomía política con un objetivo tácito: aspirar a una candidatura presidencial para 2027 con perfil propio. No se presenta ya solo como heredero político de Cristina, sino como un dirigente que busca liderazgo personal, ampliación electoral y margen para evitar un gobierno condicionado desde adentro.

El gobernador interpreta el fracaso del esquema que integraron Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa como un modelo ineficaz y destructivo, marcado por disputas internas, autoridades que respondían a distintos liderazgos y una economía que terminó en crisis antes de la derrota frente a Milei.

Kicillof intenta evitar volver a ese esquema y por eso resiste la tutela del kirchnerismo duro. Busca una candidatura capaz de expandir la base electoral hacia sectores moderados y de centro, lo que genera tensiones con La Cámpora y dirigentes que quieren que “Cristina Libre” sea el eje de la estrategia hacia 2027.

Máximo Kirchner endureció sus críticas a la gestión bonaerense; figuras como Mayra Mendoza también cuestionaron decisiones de política social y recortes presupuestarios. La operación a la que fue sometido Máximo por un tumor benigno lo volvió a situar en el centro de la escena kirchnerista, y su recuperación temporal fue seguida con atención.

Mientras tanto, otros dirigentes aumentaron la presión pública sobre Kicillof.

¿Segundos afuera o adentro?

Sergio Berni dijo que Kicillof “tiene todas las posibilidades” de ser presidente, pero advirtió que si no acepta la conducción estratégica de Cristina buscarían otro candidato. Esa frase expuso con claridad la disputa central: no solo quién puede ganar, sino quién dirige al peronismo y bajo qué condiciones debería ejercer el poder.

Berni criticó además el perfil político del gobernador, lo vinculó al “progresismo” y al fracaso del experimento de Alberto Fernández, y sostuvo que aún no ha logrado construir una conducción efectiva. “No conduce quien quiere, sino quien puede”, afirmó.

Paralelamente, hay intentos más discretos de reunificación dentro del PJ.

En ese plano aparece Miguel Ángel Pichetto, quien reanudó vínculos con distintos sectores peronistas, la CGT, organizaciones sociales y dirigentes del conurbano, y también conversó con figuras de pasado no kirchnerista. Su acercamiento a Cristina Kirchner, tras casi una década sin diálogo, fue destacable y se presentó como una iniciativa orientada a evitar una fractura terminal del peronismo.

Pichetto sostuvo que lo humano en política es importante y que hoy hay que considerar a Cristina como un actor fundamental. También recomendó a Kicillof que la visite, reflejando el temor de muchos dirigentes de que una ruptura entre ambos podría perjudicar las chances del peronismo hacia 2027.

El desafío para Kicillof es construir autonomía sin renunciar por completo a la alianza con Cristina, quien conserva una centralidad simbólica y electoral que el peronismo todavía no ha reemplazado. Esa tensión explica por qué reapareció el recuerdo de Cámpora medio siglo después.

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