22 de abril de 2026
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La paz que el mundo no aprendió de Freud y Einstein

Las guerras actuales ya no sorprenden: se reiteran. A pesar del derecho internacional, de organismos multilaterales y de décadas de instituciones diseñadas para prevenir conflictos, la violencia organizada entre Estados persiste. Escenarios como Ucrania o Medio Oriente no son excepciones aisladas, sino indicios de un fracaso: la paz concebida jurídicamente no se ha consolidado como horizonte efectivo. No por falta de normas, sino porque aquello que las desborda sigue vigente.

Para comprender este límite conviene retroceder casi un siglo. En 1932 Albert Einstein escribió a Sigmund Freud preguntándole si existía alguna vía para liberar a la humanidad de la guerra. Europa vivía entonces un clima tenso que anticipaba la Segunda Guerra Mundial. La pregunta de Einstein —si es posible orientar el desarrollo psíquico humano para hacerlo más resistente al odio y la destrucción— mantiene hoy una inquietante vigencia.

El mundo todavía no se había recuperado del trauma de la Primera Guerra Mundial. Además de millones de muertos, aquella conflagración minó la confianza en la idea de progreso: la razón, la ciencia y la técnica demostraron tener un doble filo, capaces tanto de mejorar la vida como de destruirla a gran escala.

La paz impuesta por el Tratado de Versalles tampoco estabilizó Europa. Más bien sembró resentimientos, en particular en Alemania, donde la humillación política y económica alimentó frustraciones que favorecerían nuevas rupturas. La paz no cerró el conflicto: lo pospuso.

En paralelo, la Sociedad de las Naciones representó un intento de institucionalizar el derecho internacional, pero mostró límites evidentes: carecía de mecanismos eficaces para hacer cumplir sus decisiones y dependía de la voluntad de los mismos Estados que debía regular.

La escena resultaba paradójica: existía una institución pensada para evitar la guerra, pero sin capacidad real para imponer la paz.

A ese cuadro se sumó la crisis global provocada por la Gran Depresión. El desempleo masivo, la inestabilidad social y la pérdida de legitimidad de las democracias liberales crearon un terreno propicio para las soluciones autoritarias y la consolidación de regímenes totalitarios que conducirían a una nueva guerra.

Desde ese mundo en tensión Einstein plantea su inquietud con un sentido político, no meramente teórico. Percibe que las herramientas jurídicas e institucionales son insuficientes frente a dinámicas que empujan hacia el conflicto. Propone reforzarlas y dotarlas de mayor eficacia, incluso mediante la cesión de parte de la soberanía estatal a autoridades supranacionales.

En su diagnóstico Einstein señala un límite estructural: la seguridad internacional exige que los Estados renuncien, sin condiciones, a parte de su libertad de acción o soberanía, y que no parece existir otra vía clara para lograrla.

Ese diagnóstico sigue siendo relevante. La Organización de las Naciones Unidas, heredera de aquel ideal, expresa la misma tensión: su capacidad depende de la voluntad de los Estados y de la lógica de la fuerza, visible en los vetos del Consejo de Seguridad. Como advertía Einstein: el derecho y la fuerza están indisolublemente unidos.

Allí donde no existe una fuerza capaz de sostener la norma, el derecho se debilita; allí donde la fuerza predomina, el derecho puede diluirse. Una norma que no puede sancionar incumplimientos termina por integrarse en un sistema jurídico ineficaz.

Freud introduce un cambio decisivo y directo en la discusión. Con franqueza reconoce que no desea engañar: su respuesta desborda el diagnóstico institucional y sitúa el problema en la psicología humana.

Para Freud la guerra no puede erradicarse porque no es algo externo a la condición humana: “no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres”.

Los seres humanos no son esencialmente mansos: entre nuestras disposiciones estructurales existe una cuota de agresividad. La violencia no es un accidente ocasional, sino una posibilidad constante en el sujeto.

Esta perspectiva ha sido retomada por análisis contemporáneos que muestran que la guerra no se reduce a intereses estratégicos o fallas institucionales. También se sostiene en procesos de identificación colectiva, en la construcción del enemigo y en la movilización de afectos como el miedo, el odio o la humillación. La violencia requiere adhesión social y una legitimación simbólica antes de manifestarse materialmente.

La interpretación de Élisabeth Roudinesco aporta una clave lúcida: en su biografía sobre Freud señala que el intercambio entre el psicoanalista y Einstein no fue una relación profunda, sino un cruce puntual de perspectivas. Precisamente por eso ilustra la tensión entre la confianza en la razón y el derecho y el descubrimiento freudiano de sus límites.

En esa línea, el pensamiento freudiano interbélicas rompe con la ilusión de un progreso lineal: la barbarie no es lo opuesto absoluto de la cultura, sino una posibilidad interna a ella. La guerra deja de ser un accidente externo y se revela como una opción latente dentro de la civilización.

Freud no ofrece una solución concreta; establece un límite. No niega el valor de las instituciones, pero muestra que algo del ser humano resiste ser completamente regulado por ellas, una conclusión forjada por la experiencia histórica de su tiempo.

Desde esta óptica, el derecho aparece de otra manera: no como la negación de la violencia, sino como una forma de organizarla. “El derecho es el poder de una comunidad”, sostiene Freud: encauza el conflicto, pero lo hace de manera siempre precaria, dependiente de condiciones que el propio derecho no garantiza.

Se hace evidente así la incompletitud de la razón jurídica. Puede establecer normas, sancionar conductas y ordenar relaciones, pero no logra intervenir sobre aquello que, en última instancia, hace posible la violencia: la construcción social del otro como amenaza.

Por eso la lección de Freud no invalida la apuesta de Einstein, pero sí la complica. No se trata de elegir entre instituciones o naturaleza humana, sino de reconocer la tensión entre ambas. La mayoría de los análisis actuales coinciden: el problema de la guerra requiere abordar lo jurídico, lo político y, siguiendo a Freud, lo subjetivo.

De ello se deriva una conclusión relevante: la paz no es un estado definitivo sino un proceso frágil de gestión del conflicto. No consiste en eliminar tensiones —imposible— sino en impedir que deriven en destrucción. Esto exige más que tratados: requiere condiciones culturales, educativas y simbólicas que permitan procesar la diferencia sin aniquilar al otro.

A casi un siglo de aquel intercambio, la realidad contemporánea confirma la vigencia de ese diagnóstico. La paz fracasa cuando las instituciones no pueden imponerse, pero también cuando se ignora la dimensión subjetiva que sostiene o desborda a esas instituciones. Si la política solo administra intereses y deja intactos los afectos que nutren la violencia estructural, las instituciones resultan insuficientes.

El problema no es solo que el mundo no haya aprendido de Freud y Einstein. Es más profundo: existe en la condición humana algo que resiste ser totalmente gobernado por la razón.

No obstante, Freud deja abierta una orientación posible. Hacia el final de su respuesta sugiere que la influencia combinada de la cultura y el temor legítimo ante los efectos de una guerra futura podría, eventualmente, contribuir a poner fin a las guerras. No ofrece caminos precisos, pero afirma que “todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.

No se trata de una promesa ingenua sino de una advertencia inversa: donde la cultura se debilita, donde los lazos sociales se erosionan y donde el otro deja de ser un semejante, la violencia encuentra terreno fértil.

Entre la razón jurídica que no basta y la pulsión que no desaparece, la paz debe pensarse como una construcción exigente. Depende de instituciones, sí; pero también —y quizás sobre todo— de la capacidad de una sociedad para generar cultura, tramitar su agresividad sin destruir y sostener vínculos donde la lógica del enemigo empuja a la división. Mientras esa dimensión siga relegada, la razón jurídica será indispensable pero insuficiente, y la paz seguirá siendo frágil y vulnerable. Como lo fue en 1932. Como lo es hoy.

Referencias

Naciones Unidas. (1945). Carta de las Naciones Unidas. Capítulos 5, 6 y 7 y ccs. https://www.un.org/es/about-us/un-charter

Freud, S. (1932). ¿Por qué la guerra? (Correspondencia con Albert Einstein). En Obras completas (Vol. XXII). Buenos Aires, 2011. Amorrortu editores.

Roudinesco, É. (2015). Freud: En su tiempo y en el nuestro. 1ra. Ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Debate, 2023.

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