26 de abril de 2026
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Arribo del virrey Arredondo a Buenos Aires

Don Nicolás de Arredondo fue nombrado virrey del Río de la Plata en 1789 para suceder al marqués de Loreto; desde 1782 se desempeñaba como presidente de la Audiencia de Charcas. El primero designado había sido don Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, conde de Revilla Gigedo, pero al asumir el gobierno de México recayó el cargo en Arredondo, un militar distinguido que había combatido en Italia y luego se trasladó a La Habana.

Un documento anónimo conservado en la sección Manuscritos del Museo Histórico Nacional y dado a conocer hace más de un siglo por el historiador Horacio Arredondo (h) permite conocer el ceremonial que acompañó la llegada del virrey a la sede porteña.

La comitiva partió de la ciudad de Córdoba el 25 de noviembre de 1789; cuatro días después llegó a la Guardia de la Esquina. El 2 de diciembre estuvo en la Cañada de la Cruz (actual Exaltación de la Cruz), donde pernoctaron, y al día siguiente arribaron a Luján alrededor del mediodía.

En la casa del cura don Cayetano José María de Roo fueron recibidos y almorzaron una comida que había ordenado preparar el marqués de Loreto. Para que todo estuviera en orden estuvo presente el tesorero de la ciudad, don Antonio de Pinedo.

En Luján aguardaban al virrey, en nombre de la Real Audiencia, el oidor José Pareja y Cortés; por el Cabildo secular, los alcaldes Miguel de Azcuénaga y Diego Mansilla; y por el obispo don Manuel de Azamor, su provisor y un miembro del Cabildo eclesiástico. Le acompañaban su esposa, Josefa Rosa Mioño-Bravo de Hoyos Bustamante, y dos hijos, que se suponen fueron los menores, José Antonio Jacinto y Agustín.

Tras el almuerzo la caravana se dirigió a la Cañada de Morón y llegó a la posta a las seis de la tarde. Como las comodidades eran escasas, el cura Domingo de Pessoa ofreció su casa, que presentaba mejores condiciones, y la comitiva decidió trasladarse allí en los carruajes.

En la posta los esperaba don Manuel de Basavilbaso en nombre del virrey, quien informó que el alojamiento estaba dispuesto en la Chacarita con camas y lo necesario. Sin embargo, la distancia —más de cuatro leguas— y la dificultad para que las carretillas con el equipaje llegaran esa noche llevaron a decidir que no se trasladarían hasta la Chacarita hasta el mediodía siguiente y que ingresarían a la ciudad por la tarde, para permitir un descanso más conveniente y evitar la aglomeración matinal de gente de la ciudad.

ESPLENDOR

La llegada a la antigua chacra de los padres jesuitas fue fastuosa: los recibió una guardia, una orquesta y una gran mesa con ramilletes y treinta cubiertos. Arredondo, sin embargo, prefirió comer en uno de los salones en compañía de su familia; en otra mesa se sirvió al padre rector, a seis colegiales y a otros asistentes.

Al terminar el almuerzo llegaron el obispo don Manuel de Azamor y el inspector don Antonio Olaguer Feliú; Arredondo los saludó brevemente y se dirigió a la gran sala, adornada con dosel, sillas y cojines, donde se retiraron.

A las cuatro de la tarde arribó en carruaje el marqués de Loreto, acompañado del regente y del oidor decano de la Real Audiencia; en otro coche llegaron los oidores, los miembros del Tribunal de Cuentas y los maceros, que formaron en doble fila. En el patio Arredondo y Loreto se abrazaron, y Loreto entregó a Arredondo el bastón que simbolizaba el mando. El nuevo virrey correspondió entregando el bastón que llevaba, aunque no esperaba que aquello sucediera.

Acto seguido se presentó la nueva virreina, a quien saludaron y conversaron durante alrededor de media hora. Después Arredondo, junto con Loreto y los oidores, subieron a un carruaje rumbo a la ciudad. Poco después partió la virreina con su familia en una carroza tirada por seis mulas, seguida por los demás coches; tras avanzar un trecho se unieron al carruaje principal, que circulaba despacio.

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