Javier Marías describe el enamoramiento como una construcción mental, una especie de enajenación transitoria.
Han pasado los años suficientes para que pueda relatar esta historia y sentirme en condiciones de hacerlo.
Nací en un pequeño pueblo del interior, en una familia marcada por la violencia. Soy la segunda de cuatro hijos y mi infancia estuvo llena de golpes; los libros fueron mi refugio. Paradójicamente, mis padres eran psicólogo y docente.
A los 16 años era alumna del secundario sin destacarme académicamente. Iba a clase, sobre todo, para evitar las discusiones en casa. Solo quien crece con padres violentos puede describir con autoridad ese sufrimiento persistente.
Un día llegó de visita mi tía desde la ciudad con su esposo y sus dos hijos: Lala, de 19, y Pedro, de 16, que era de mi edad. En ese encuentro yo solo vi a Pedro y él solo me vio a mí.
Aquella rutina cerrada del pueblo y la monotonía cambiaron de forma repentina y luminosa. Sentí una especie de aturdimiento que, como sugiere Cortázar, podía compararse con un rayo que te parte en dos.
No sabíamos cómo manejar ese afecto intenso que se manifestaba en gestos, miradas y en todo lo cotidiano.
A veces pienso que ese amor se dio en la intemperie y le faltaron muchas cosas: tiempo, caricias y abrazos. Aun así, tuvo dignidad, respeto y, quizás, coraje.
Tras la breve estadía de su familia en mi casa, Pedro regresó una semana después en colectivo; dijo que quería ayudar a mi padre en el campo, una excusa que no resultó extraña viniendo de alguien de Devoto.
La segunda etapa estuvo llena de días felices: flores robadas del jardín del vecino, paseos en bicicleta hasta el río, compartir dulce de leche y pequeñas intimidades. Nos consumíamos sin hablar.
Éramos primos hermanos.
En las comidas nos rozábamos con los pies debajo de la mesa. Pedro me sacó muchas fotos, como si quisiera llevarse un recuerdo tangible de lo que sentía. Reíamos y después llorábamos; fumábamos juntos.
Pedro se quedó un mes. Fue, según recuerdo, el mejor mes de mi vida.
A mi madre le llamó la atención la “buena amistad y camaradería” que se había formado entre nosotros, primos que hasta entonces no se conocían.
Cuando se fue, empezaron llamadas frecuentes: tres, cuatro, seis veces al día. Con el tiempo, Pedro pidió permiso a su madre para pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo en casa.
Sentí una enorme alegría. En la víspera de Año Nuevo me besó; no fue una sensación ligera, sino algo que me envolvió por completo, como una manta que lo cubría todo.
Llegaron también cartas de amor llenas de sensibilidad. Pedro era lector, hablaba italiano, conocía de música, geografía, astronomía, filosofía y cocina; su compañía era enriquecedora.
Un día mi hermano mayor encontró mis cartas en un escondite, las leyó y contó todo a mi madre.
Me sentí violada y humillada por esa exposición y por la reacción que siguió.
Mi madre me arrastró a la huerta detrás de la casa y me golpeó, lanzando insultos y amenazas, advirtiéndome sobre las consecuencias de una relación con un primo.
Quedé sola en el campo hasta la noche, sin entender por completo lo que me ocurría. Tenía 17 años.
Mi tía reaccionó de otro modo: pidió a Pedro que me escribiera una carta de despedida.
Días después, mi madre me dio un sobre que contenía la copia a mano por Pedro del Poema 20 de Pablo Neruda.
El contenido del poema aludía a la noche estrellada, al recuerdo de los abrazos y a la pena por la pérdida del amor —un texto que hablaba con imágenes de nostalgia y deseo.
El poema evocaba la noche estrellada, el viento que canta y el dolor de extrañar a quien se amó.
Se repetían frases sobre escribir los versos más tristes y la memoria de besos y brazos compartidos.
Hablaba de haber amado a esa persona y de la inmensidad de la noche sin ella.
Insistía en la idea de la pérdida y en la imposibilidad de consolar el alma que ya no la tiene.
Pedro lo copió entero para mí.
Mi madre nunca contó nada a mi padre; le tenía tanto miedo que él murió años después sin saber lo sucedido.
En cuanto pude me marché a un pensionado, trabajé medio tiempo y logré alquilar un departamento en otra ciudad donde comencé a estudiar. Más tarde supe por un amigo de Pedro que él estaba en el servicio militar en Campo de Mayo en 1982, durante Malvinas; conseguimos hablar por teléfono y pactamos vernos.
Se escapó vestido de conscripto y vino a la ciudad donde yo estudiaba. Pasamos tres días juntos en ese departamento: el primero fue para vencer el miedo a tocarnos; los dos siguientes, para un amor intenso y lleno de susurros.
Al volver fue sancionado y encarcelado; sus superiores avisaron a su madre y ella llamó a la mía de nuevo. A mí me enviaron lejos con una tía y cambié de trabajo. Esa etapa me hundió en tristeza y desesperación; terminé prostituyéndome en el puerto de Rosario, cayendo en el alcohol y las drogas, y fui violada.
Un camionero llamado Domingo me encontró, me cuidó, me bañó y pagó un curso que me ayudó a recuperarme. Fue, después de Pedro, la primera persona que me trató con dignidad. Su gesto fue reparador tanto para él, recordando a una hermana perdida, como para mí; su ayuda me permitió salir adelante.
Con 22 años logré recomponerme. Me casé con un hombre adicto que me maltrató; tuve mi primer hijo, me separé y volví a vivir un tiempo con mis padres hasta conseguir trabajo. Fue entonces cuando conocí a quien hoy es mi marido.
La vida continuó con sus exigencias: pasaron años, fracasos y aciertos, y llegaron más hijos.
Llevo 34 años casada con mi último marido; tenemos tres hijos más: dos hijas que viven en Australia y un hijo menor, Mateo, de 25 años, que vive con nosotros y tiene síndrome de Down.
Solo supe que Pedro vive en el exterior desde hace décadas. Sus padres y los míos murieron. Mi familia desconoce esta historia, por eso resguardo los nombres reales.
Con 62 años conservo en mi piel y en el alma queloides, las cicatrices que me quedan. Me incomodan, pero ya no me duelen como antes.
(A quienes coordinan Amores Reales: no sé quién leerá estas cartas. Esta es la mía, breve y escrita aún con nervio y emoción. Gracias por escucharme.)
*Escribinos y contanos tu historia: amoresreales@infobae.com
*Amores Reales es una serie de historias verdaderas contadas por sus protagonistas. En algunos casos se cambian los nombres para proteger identidades y las fotos son ilustrativas.

