9 de mayo de 2026
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Ocho pabellones destacados de la Bienal de Venecia

Si creías que la Bienal de Venecia es una fiesta artística junto al agua, conviene aclarar que visitar la muestra requiere esfuerzo y tiempo: es la exposición de arte contemporáneo más relevante del mundo y su recorrido no es sencillo.

La Bienal no es solo una gran muestra colectiva: casi 100 países presentan sus propios pabellones con pinturas, esculturas, vídeo y performance. Algunos confían esa representación a artistas consagrados (por ejemplo, Lubaina Himid para Gran Bretaña o Yto Barrada para Francia), otros apuestan por creadores poco conocidos, y hay quienes organizan exposiciones colectivas con varios artistas nacionales e internacionales.

En el caso del pabellón de Estados Unidos, un controvertido proceso de selección el año pasado —insólito en un país sin ministerio de Cultura en el que el gobierno federal intervino directamente— concluyó con la elección de la escultora Alma Allen.

La mayoría de los pabellones nacionales se sitúan en los dos escenarios principales de la Bienal en el este de Venecia: los Giardini della Biennale, jardines de época napoleónica, y el Arsenale, el antiguo astillero naval. Decenas de otros pabellones, incluidos los de países que participan por primera vez como Somalia y Vietnam, además de algunos que han visto truncada su participación, como Escocia y Cataluña, se distribuyen en espacios temporales por distintos puntos de la ciudad.

Recorrer la Bienal exige buen criterio estético y resistencia física; no es un lugar para estrenar zapatos delicados. Es una lección que algunos aprenden por experiencia.

Hasta ahora un jurado de curadores y académicos concedía un premio a la mejor presentación nacional. Pero justo antes de la inauguración, el jurado dimitió en bloque en medio de la polémica pública sobre si países implicados en conflictos, como Israel y Rusia, debían ser considerados para los galardones. Los organizadores respondieron proponiendo una votación popular al estilo de Eurovisión para este año, una medida que probablemente no zanjará el debate.

Mis colegas y yo hemos pasado la semana previa recorriendo la laguna a toda prisa para ver exposiciones en grandes museos, pequeñas iglesias, palacios junto a los canales y almacenes modestos. También hemos hablado con asistentes y artistas. A continuación, presentamos los pabellones nacionales que más están generando conversación. — JASON FARAGO

El pabellón austriaco

Numerosas personas han hecho filas de más de dos horas para ver Seaworld Venice, la performance de Florentina Holzinger, conocida por sus montajes teatrales vanguardistas.

Holzinger ha inundado el pabellón austriaco. La obra incluye, entre otras escenas, a una intérprete desnuda sobre una moto acuática en el interior y a artistas desnudos trepando por una gran veleta.

En la parte posterior del pabellón hay un tanque de agua con una artista desnuda junto a dos baños portátiles; los visitantes son invitados a orinar en esos baños para reponer el nivel del agua, que luego se filtra. La propuesta plantea cuestiones sobre la limpieza y la contaminación.

En otra escena aparece la propia Holzinger colgada de una gran campana que suena al contactar con sus extremos.

Carteles piden a los visitantes no tomar fotos ni vídeos, pero muchos ignoran la advertencia para mostrar en redes que visitaron la muestra; otros compran camisetas oficiales del pabellón por 60 euros para dejar constancia de su asistencia.

En entrevistas, Holzinger y su equipo han señalado que la obra aborda temas como la degradación ambiental, el turismo masivo y la influencia de la Iglesia. Durante la semana, los asistentes debatieron sobre esos posibles significados.

No obstante, a veces una obra funciona también como espectáculo. Al mediodía del jueves, Lila Boros, una estudiante de 23 años, esperaba con su madre al final de la fila para entrar. «Todos hablan de ello y dicen que hay que verlo en persona», comentó Boros, y añadió: «Además, hemos oído lo de la desnudez». — ALEX MARSHALL

El Pabellón de la Santa Sede

El Vaticano está reforzando un mensaje de paz en esta Bienal con un proyecto sonoro y contemplativo instalado en un jardín histórico.

Cerca de la estación de tren, el Giardino Mistico del siglo XVII, cuidado por monjes carmelitas, ha sido transformado en el Pabellón de la Santa Sede por los comisarios Hans Ulrich Obrist y Ben Vickers, en colaboración con Soundwalk Collective. El jardín ofrece un oasis verde y discreto en la ciudad.

Los visitantes recorren los senderos con auriculares que reproducen composiciones de músicos experimentales, diseñadas para crear una escucha espacial y atenta.

El proyecto está inspirado en Hildegarda de Bingen, la mística y compositora del siglo XII; las piezas incluyen coros contemporáneos, música minimalista para piano y música ambiental, y se reproducen en puntos concretos del jardín.

Entre los participantes figuran artistas como Brian Eno, Terry Riley, Meredith Monk y Suzanne Ciani; Patti Smith contribuye con un texto hablado y FKA Twigs con una pieza vocal. Las aportaciones de 24 creadores conforman un paisaje sonoro cambiante y meditativo.

Los comisarios explican que, pese a la diversidad de los artistas convocados, todos comparten la idea de que la música puede generar experiencias interiores transformadoras. — LAURA RYSMAN

El Pabellón de Canadá

Abbas Akhavan ha convertido el pabellón de Canadá, centrado en un árbol que crece en su interior, en una suerte de invernadero cuidado y atmosférico.

La instalación utiliza luces rosadas, nebulizadores que crean niebla y espejos esmerilados para favorecer el crecimiento de la Victoria cruziana, un nenúfar gigante plantado en un tanque de acero y vidrio que ocupa buena parte del espacio.

Esta planta, originaria de la región amazónica, causó sensación en la Gran Exposición de Londres de 1851. Cuando llegó a Gran Bretaña, fue rebautizada en honor a la reina Victoria por botánicos que buscaban apoyo real.

El artista describe el pabellón como un portal que remite a los jardines de Kew, a los traslados en cajas tipo Wardian utilizadas para transportar plantas exóticas, y a las largas trayectorias históricas que acompañan a ejemplares como este nenúfar.

La programación de la muestra está alineada con el ciclo vital de la planta: sus hojas alcanzarán alrededor de 90 centímetros en junio y las flores aparecerán en julio o agosto; la planta producirá semillas antes del cierre de la Bienal en otoño.

El título Entre chien et loup (expresión francesa que describe el crepúsculo en el que el pastor confunde al lobo con su perro) recuerda que lo que parece simple o inocente puede arrastrar historias complejas y profundas. — ARUNA D’SOUZA

El Pabellón de Japón

Entre las propuestas más provocadoras de esta edición —desde un vídeo sobre heces en el pabellón de Luxemburgo hasta una pantalla con pornografía generada por IA— destaca una instalación interactiva en el pabellón japonés de Ei Arakawa-Nash, que incluye más de 200 muñecos bebés.

Al entrar, los visitantes se encuentran con numerosos juguetes dispuestos sobre mesas bajas y se les ofrece la posibilidad de llevar uno mientras recorren la exposición. No se puede escoger: el muñeco es asignado. Sostener un bebé de alrededor de 5,5 kilos puede provocar diferentes reacciones físicas y emocionales según la experiencia personal: nostalgia, incomodidad o tristeza.

Según el texto explicativo, el proyecto Bebés de hierba, bebés de la luna se inspiró en la paternidad de gemelos de Arakawa-Nash en 2024. Una cronología en la pared incluye fechas íntimas del artista, desde la muerte de su padre hasta el nacimiento del primer bebé concebido mediante fecundación in vitro.

Los visitantes llevan las muñecas por la exhibición y las llevan a un cambiador donde, al abrir el mameluco y escanear un código QR, reciben un poema personalizado de la escritora y astróloga japonesa Ishii Yukari, elaborado a partir de la fecha y el lugar de nacimiento ficticios del bebé.

Los muñecos aparecen por todas partes: en andamios, colgando de cuerdas y en árboles exteriores; curiosamente, todos llevan gafas de sol. La instalación plantea que el cuidado es tanto una acción física como una responsabilidad colectiva de la memoria, aunque el carácter absurdo del ejercicio y las risas del público a veces dificultan una lectura unívoca de su significado. — JULIA HALPERIN

El pabellón belga

Frente al edificio del gobierno central en los Giardini, Miet Warlop ha instalado grandes estanterías con cientos de tablillas de yeso en relieve con palabras en idiomas como bengalí, inglés, francés e italiano.

Un estruendo acompaña la entrada y el espectáculo interior atrae largas colas de visitantes.

Dentro, intérpretes suben y bajan por otra estantería, lanzando tablillas, estrellándolas contra el suelo mientras cantan, bailan y tocan tambores en una suerte de ritual performativo.

El espectáculo crea una atmósfera creciente que ha generado tanto admiradores como comparaciones con formaciones escénicas populares. Algunos críticos han visto en la obra un respiro frente a los problemas del mundo; otros han señalado reminiscencias de espectáculos como el Blue Man Group.

Warlop ha consolidado una reputación por su teatro visual espectacular en Europa: su obra One Song (donde músicos hacen ejercicio incesante mientras interpretan una canción sobre el duelo) triunfó en el Festival de Aviñón de 2022, y su montaje Inhale Delirium Exhale, con grandes piezas de seda, también atrajo elogios. Tras formarse primero en artes visuales y luego volcarse al teatro, podría estar a punto de consolidarse de nuevo en su medio original. — ALEX MARSHALL

El pabellón peruano

La muestra más esperada de la Bienal es el pabellón de Perú, comisariado en parte por Obrist, que presenta la obra absorbente de Sara Flores, la primera artista indígena en representar al país. Está ubicada en un rincón discreto del Arsenale, en el segundo piso.

El espacio tiene luz tenue y las paredes exhiben pinturas geométricas intrincadas que recuerdan laberintos o rizomas: lienzos cubiertos por líneas conectadas y formas delimitadas, muchas rellenas con pigmentos amarillos, verdes y rojos, que al mirarlas parecen vibrar.

Flores, de 76 años, es una destacada practicante del Kené, una tradición matrilineal del pueblo Shipibo-Konibo de la Amazonía peruana. Aprendió esta técnica de su madre desde los 14 años tras una visión mientras dormía bajo un mosquitero; el pabellón incluye dos mosquiteros pintados, uno suspendido para que los visitantes pasen por debajo y experimenten esa sensación.

Flores trabaja hoy colaborando con sus hijas. Los diseños de Kené se asocian a ceremonias de ayahuasca y se realizan con tintes vegetales, algunas de cuyas plantas son psicoactivas, aunque la relación exacta entre la obra y la medicina vegetal no se presenta de forma explícita.

Posiblemente los organizadores reconocen que una narrativa sencilla y exótica de una mediadora que crea arte durante visiones atrae al público occidental. Pero existe además una historia más compleja y valiosa: la de una comunidad de mujeres que mantiene y renueva una tradición ancestral de forma rigurosa y colectiva. — JULIA HALPERIN

El pabellón sudafricano (no oficial)

En una Bienal marcada por controversias, la decisión del gobierno de Sudáfrica de apartar a su artista seleccionado y cerrar su pabellón causó conmoción.

El proyecto Elegía de Gabrielle Goliath, comisionado inicialmente por el gobierno sudafricano desde 2015, consiste en una serie de vídeos en los que cantantes de ópera sostienen una nota durante una hora, relevándose entre sí; todos aparecen vestidos de negro sobre fondos oscuros.

Goliath concibió estas piezas como homenaje a las víctimas de feminicidio y violencia, como Ipeleng Christine Moholane, y también a las víctimas del genocidio de los herero y nama perpetrado por colonizadores alemanes entre 1904 y 1908.

Para la Bienal, la artista quería añadir una pieza reciente dedicada a Hiba Abu Nada, una poetisa de Gaza muerta en 2023; el ministro de Cultura sudafricano, Gayton McKenzie, consideró que esa inclusión era demasiado polémica y ordenó cerrar el pabellón, y un recurso judicial para revocar la medida fracasó.

Goliath recibió amplio apoyo y Elegía se exhibe ahora en un espacio alternativo: la iglesia de Sant’Antonin, del siglo XVII. Allí las pantallas de vídeo llenan el interior del templo con los lamentos de las voces, cuya intensidad se ve amplificada por la acústica reverberante y los frescos barrocos. — LAURA RYSMAN

Fuente: The New York Times

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