El columnista Rod Liddle, en The Times de Londres, abre su texto con un tono sarcástico al elogiar la lectura como una habilidad rara que quien lee ese artículo posee.
Para Liddle, la cultura de la lectura está en declive y su abandono generalizado anuncia lo que él llama la “Desilustración”, un proceso que desmantela saberes y valores surgidos con la Ilustración del siglo XVIII.
Afirma que la lectura está desapareciendo y que ese retroceso es sintomático de un desprecio contemporáneo por el conocimiento, la verdad científica y el debate democrático.
Define la etapa que viene como la “Desilustración”, en la que, según él, se desaprenden la búsqueda del conocimiento, las verdades científicas, el debate público y la alfabetización, y se priorizan las emociones sobre la información objetiva.
Liddle sostiene que la postalfabetización genera una sociedad incapaz de sostener la argumentación y el pensamiento riguroso. Critica el modelo comunicativo de las plataformas digitales, que reduce el lenguaje a expresiones breves y emoticonos, impidiendo transmitir ideas complejas; la cultura de la reacción inmediata, añade, erosiona la disciplina necesaria para leer y disfrutar del pensamiento.
Advierte que la pérdida de la lectura es difícil de revertir: leer exige tiempo y paciencia, recursos que, según él, la sociedad moderna ya no posee. La tecnología ofrece respuestas instantáneas, pero no fomenta la comprensión profunda ni el aprendizaje pausado.
Insiste en que, una vez abandonada la lectura, resulta improbable recuperarla, porque la información se entrega en fragmentos cómodos a través de teléfonos y tabletas, eliminando la necesidad de esfuerzo y paciencia.
Para Liddle, esa Desilustración socava la ciencia, el debate democrático y la propia noción de conocimiento.
Sostiene que el fenómeno privilegia la expresión emocional por encima de los datos, rechaza la evidencia científica cuando contraviene sensibilidades y sustituye el contexto factual por experiencias personales.
En su columna atribuye la tendencia a la combinación de una tecnología que “piensa por nosotros” y la expansión de las redes sociales, donde la comunicación en ráfagas breves atiende necesidades inmediatas; en ese entorno, completar la lectura de un libro se torna un obstáculo insalvable.
También critica al sistema educativo por reforzar la tendencia al desaliento del esfuerzo sostenido, al retirar el aprendizaje memorístico y la lectura extensa; sin contexto, afirma, las respuestas carecen de sentido, lo que repercute en el rendimiento en lengua inglesa y en la exigencia académica.
Argumenta que, aunque algunos docentes sigan valorando la adquisición de conocimientos, omitir el contexto produce respuestas sin significado que, en cambio, se transforman en la “experiencia vivida” del alumno, una tautología de moda, según su crítica.
La desaparición del hábito lector
Liddle defiende la lectura sostenida como base de la imaginación y antídoto frente al narcisismo: los libros exponen al lector a perspectivas diversas y evitan el encierro en opiniones incuestionables. Afirma además que la alfabetización impulsó la creatividad tecnológica y la prosperidad social asociadas a la Revolución Industrial y a la expansión del acceso al conocimiento.
El columnista advierte que, si la lectura desaparece, la sociedad se empobrecerá en múltiples dimensiones. Considera que el peligro central es la pérdida del debate democrático, sustituido por posiciones absolutas, gritos y ausencia de duda.
La reacción identitaria y la intolerancia
En su análisis del espacio público, vincula la cultura de la cancelación y las guerras simbólicas —como las controversias sobre banderas y premios literarios— con una lógica de enfrentamiento total, y llega a calificar como autoritario el gesto de imponer símbolos y despreciar a quienes no los comparten.
Al referirse a la cancelación del premio Polari a la literatura LGBT por protestas relacionadas con opiniones críticas sobre género, ironizó sobre un “gueto literario” y la homogeneización de posturas en colectivos identitarios; de forma sarcástica sugirió que los premios deberían ir dirigidos a grupos supuestamente verdaderamente subrepresentados, citando ejemplos provocadores.
La tesis central de Liddle es que la erosión de la lectura, combinada con la intolerancia ideológica, no solo amenaza la cultura sino también la democracia y la convivencia plural. Concluye que la Desilustración avanza mientras la sociedad deja de valorar el saber y el disenso crítico.

