28 de mayo de 2026
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Pablo Alabarces sobre Leo Dan: figura popular y plebeya

“Leo Dan era apenas un recuerdo de mi infancia”, dice Pablo Alabarces al presentar su nuevo objeto de estudio: Leo Dan, considerado el cuarto integrante del grupo de artistas románticos argentinos de fines de los sesenta junto a Palito Ortega, Sandro y Leonardo Favio. Alabarces admite no haber seguido la carrera del cantante ni mostrarse entusiasmado por hacerlo, pero la muerte de Leo Dan y la aparente indiferencia ante ella impulsaron su reflexión. El escritor, sociólogo y docente habló desde un hotel en el centro de París, donde se encuentra tras publicar Te he prometido: una tesis sobre Leo Dan, editado por Infobae Ediciones.

Alabarces está en Francia para participar en un congreso de LASA (Latin American Studies Association), una de las principales organizaciones académicas sobre América Latina y el Caribe. Su libro Historia mínima del rock en América Latina, escrito con Abel Gilbert, fue elegido mejor libro iberoamericano. Aunque la institución tiene raíces y fuerte presencia en Estados Unidos, Alabarces explica que no pudo viajar allí por problemas con las visas de investigadores latinoamericanos.

Leo Dan falleció el primer día de 2025 a los 82 años, a causa de un infarto agudo de miocardio mientras dormía en su casa de Miami. Nacido en Villa Atamisqui, Santiago del Estero, se mudó a Buenos Aires a los veinte años y alcanzó el éxito con rapidez. Alabarces recuerda que, cansado de la competencia con Palito Ortega, Leo Dan se trasladó primero a España y luego a México a fines de los sesenta, y que terminó convirtiéndose en el artista argentino que más discos vendió en la historia de la música popular del país.

Alabarces compara la recepción pública de diferentes figuras: Sandro fue velado en el Congreso y Juan Gabriel en el Palacio de las Bellas Artes. Se pregunta por qué el artista argentino con más ventas no mereció una atención equivalente por parte de la academia y los intelectuales. Señala, además, que la canción de Leo Dan “Te he prometido” fue usada en la apertura de Roma, la película de Alfonso Cuarón que ganó el Oscar en 2019, y aun así la reacción institucional tampoco fue notable.

Te he prometido: una tesis sobre Leo Dan es un libro breve, con capítulos cortos y lectura ágil, que adopta un método próximo al de Beatriz Sarlo: sin elitismo ni condescendencia populista. Parte de la pregunta por lo que ocurre cuando un producto de la cultura de masas se encuentra con una subjetividad popular y plantea la hipótesis de que la “plebeyización cultural” —la apropiación por parte de clases medias y altas de bienes populares— no siempre equivale a democratización, sino que puede funcionar como mecanismo de neutralización de lo que siente y desea el pueblo.

Alabarces distingue a ciertos artistas por su “permanencia en la memoria popular”, un juicio que diferencia casos como el de Gilda, convertida en figura de devoción popular tras su muerte, de fenómenos contemporáneos medidos por reproducciones en plataformas. Sostiene que la plebeyización puede suponer no una degradación de lo culto sino una captura de lo popular, que cuando deja de señalar diferencia contribuye a ocultar la desigualdad sin resolverla.

Para ilustrarlo, recuerda un recurso televisivo de los años 2000: en el programa La peluquería de los Mateos, Rolo Puente entraba cantando una estrofa de un éxito de Leo Dan de 1967, que seguía siendo reconocible décadas después. La pregunta que plantea es qué significa que ciertos productos culturales perduren en la memoria colectiva y sigan vigentes tras veinte, treinta o cincuenta años.

Alabarces afirma que la cultura de masas se ha convertido en el gran organizador de la cultura contemporánea en términos de repercusión y agenda pública, desplazando en influencia a la vieja cultura “culta”. Lo resume con ejemplos: el Movistar Arena puede tener hoy más impacto que el Teatro Colón, y las culturas plebeyas son frecuentemente adoptadas por sectores medios y altos. En lo político, observa la presencia de figuras de origen plebeyo en el poder y la mezcla de gustos culturales en actores públicos.

Si bien reconoce un cambio en la valoración de la cultura de masas, Alabarces señala que persiste cierto menosprecio en ámbitos concretos. Pone como ejemplo la distinta recepción de artistas como Lali Espósito frente a L-Gante, o la percepción de Leo Dan como “groncho” o “mersa”. Compara también a Leo Dan con Palito Ortega, sobre quien escribió Un muchacho como aquel junto a Abel Gilbert: ambos artistas hablaron en español porteño, que suaviza marcas regionales aunque conserva rasgos corporales y de origen.

El investigador remarca que la procedencia humilde de un artista establece un vínculo confiable con públicos populares: “Vengo de una familia humilde” funciona como contrato con el público. Aunque antiguamente ese origen era descalificado por sectores de clase media, con el tiempo dejó de ser así y se convirtió en un factor de aceptación y legitimidad, proceso que también afectó a figuras como Sandro y Palito.

Ese proceso transforma el producto cultural en algo no solo aceptado sino familiar y poco conflictivo. Puede ser conservador o incluso reaccionario, pero su integración en repertorios sociales amplios obliga a reconocer una sociedad más diversa que la imagen homogénea promovida por las élites. El lenguaje dominante suele identificarse con el porteño de clase media, pero la Argentina real es mucho más plural.

Aunque la música de Leo Dan no cuestiona estructuras de poder, sí incomoda la idea estereotipada de que los argentinos son todos blancos, porteños y de clase media: su presencia cultural introduce otras identidades. La música popular cumple una función de “educación sentimental” en las mayorías: a través de canciones románticas se aprenden formas de amar, y en su momento Leo Dan ocupó ese lugar central.

En la conversación aparecen numerosos nombres de la música regional y popular: Ricardo Montaner, Libertad Lamarque, Fito Páez, Vicentico, Milo J, El Chaqueño Palavecino, Café Tacvba, Roberto Carlos, Los Redondos, entre otros. El foco está en cómo las clases altas incorporan productos culturales populares, un proceso con tensiones y resistencias. Sobre L-Gante, Alabarces señala que algunos lo consideran socialmente inaceptable; aclara que eso no implica defender su música —él mismo dice no ser seguidor— pero distingue entre no gustar y despreciar, y rechaza el desprecio hacia los artistas populares.

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