27 de mayo de 2026
Buenos Aires, 11 C

Del fin del mundo al Yukón: un argentino en moto a -40 °C

Algunos viajes se miden en kilómetros; otros se convierten en pruebas extremas contra los límites físicos. Eso vivió Sebastián Villanueva, de 33 años y oriundo de Barracas, cuando decidió recorrer en su Honda África Twin “Pantera” los 125.000 kilómetros entre Ushuaia y Alaska y casi perdió la vida ante el crudo invierno canadiense.

Partió el 5 de marzo de 2021, en plena pandemia, con la intención de unir los extremos del continente americano en una travesía personal y prolongada.

Cinco años y dos meses después completó el recorrido y regresó a Buenos Aires: el 1° de mayo fue recibido por amigos, familiares y seguidores en el Obelisco tras haber llegado hasta las auroras boreales de Norteamérica.

Pero detrás de las fotos y los abrazos está el episodio más peligroso: su paso por el Yukón, donde las condiciones climáticas casi lo encuentran sin posibilidad de retorno. Ese territorio canadiense le mostró un invierno mucho más severo que el que esperaba.

El avance hacia el norte había sido de descubrimiento y hospitalidad, pero la etapa de regreso, iniciada al final del verano boreal, lo enfrentó a un invierno ártico adelantado. En el Yukón no encontró nieve amable sino hielo negro cristalizado y temperaturas que cayeron hasta los -40 °C.

“A esa temperatura las reglas cambian: no sentís el frío, dejás de sentir”, relató Sebastián en conversación con medios.

El entorno afectó primero a la mecánica: su moto quedó congelada tras una noche a -17 °C y le llevó un día entero recuperar los fluidos y ponerla en marcha. Lo más grave llegó en la etapa final de 260 kilómetros hacia el sur.

En esa latitud, durante el invierno, la actividad humana se reduce al mínimo: estaciones y servicios cierran y la ruta queda prácticamente desierta, sin lugares donde refugiarse.

Para avanzar sobre el asfalto helado con una moto que superaba los 330 kg con carga, instaló clavos en los neumáticos y circuló a 70 km/h requiriendo extrema concentración; una pérdida de adherencia podía ser mortal.

En esa jornada empezó a sufrir un cuadro de hipotermia: pese a la indumentaria técnica, perdió sensibilidad en dedos y rostro, sufrió quemaduras internas por la respiración de aire extremadamente frío y daños por congelación en manos.

El golpe más serio fue en los ojos: el frío, el viento que entraba por el casco y el reflejo en la nieve le provocaron quemaduras y deformaciones en las córneas, lo que lo obligó a tomar una decisión drástica para salvar su vida.

En Watson Lake optó por enviar la moto mil kilómetros hacia el sur por transporte logístico y volar a Edmonton para recuperarse. Esa retirada a tiempo, dijo, le permitió sobrevivir y, más adelante, someterse a una cirugía correctiva de la vista al regresar a la Argentina.

Un “error de cálculo” que se podría haber evitado

Con perspectiva, Sebastián admite haber subestimado la dureza del invierno canadiense: quiso “vivir” el invierno en moto y no calculó bien los riesgos del hielo y de las rutas desiertas. Reconoce que su experiencia y el equipamiento no fueron suficientes para administrar condiciones tan extremas.

Antes de afrontar las peores condiciones hizo una pausa de más de 20 días en la región, participando de actividades locales como trineo con perros o pesca en lagos congelados, experiencias que valoró como complementarias a su tránsito por el invierno.

La travesía estadounidense y el contraste de la ruta

Tras superar el Yukón, el invierno cambió de fisonomía al cruzar Estados Unidos de norte a sur entre temporales de nieve. La logística diaria obligó a buscar siempre lugares cerrados para resguardar a “Pantera” durante la noche y evitar la congelación del motor.

El contraste extremo se manifestó en un tramo de la ruta I-95: luego de semanas en temperaturas árticas, una mañana soleada y de 5 °C le pareció una “gloria” y lo llevó a salir en ropa veraniega, sorprendiendo a los locales.

El regreso por la calidez de América Latina y los peligros del Amazonas

Para acortar tiempos y evitar repetir rutas, envió la moto por aire desde Florida hasta Bogotá y continuó por Sudamérica. Atravesó regiones con inestabilidad política y, ya en el norte de Brasil y la cuenca amazónica, afrontó peligros distintos: calor, humedad y tráfico pesado.

Tras navegar entre Manaos y Santarém, entró en las extensas rutas del Mato Grosso, donde la principal amenaza fueron los camiones de gran porte que dominan la carretera y obligan a los motociclistas a buscar la banquina para evitar ser adelantados de forma riesgosa.

El mapa humano de la travesía

Para Sebastián, el valor del viaje no fue solo el kilometraje sino la transformación personal. Aprendió a romper el esquema del turista y a aceptar la ruta como su cotidianeidad, encontrando en estancias prolongadas y en las familias que lo alojaron el verdadero sentido del recorrido.

Si bien percibió cortesías frías en algunos lugares del norte, fue en Sudamérica donde halló calor humano y hospitalidad, especialmente en Venezuela y otras regiones, que lo ayudaron a reponerse emocionalmente tras el choque del Yukón.

Cinco años después de partir, regresó a Buenos Aires con cicatrices en los ojos y marcas del sol amazónico en la piel, pero convencido de que su moto no solo lo llevó hasta los límites del mundo habitado, sino que lo trajo de vuelta para reencontrarse con su familia y una comunidad de seguidores que siguió su travesía en YouTube e Instagram.

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