8 de junio de 2026
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El mito del matrimonio tradicional y otras verdades

Stephanie Coontz sostiene que el llamado matrimonio “tradicional” en Estados Unidos fue una excepción histórica breve y que esa idea sigue condicionando quiénes se casan, quiénes no y cómo se imagina la vida en pareja, pese a que más de una cuarta parte de los estadounidenses de 40 años nunca se ha casado.

Ese cambio también se observa entre los jóvenes: datos de la Universidad de Michigan muestran que en 1976 el 84% de las chicas y el 73% de los chicos de último año de secundaria esperaba casarse; en 2023 esa expectativa cayó al 64% entre las chicas, mientras que entre los varones se mantuvo cerca de tres cuartos.

Coontz, historiadora de 81 años, plantea que la menor centralidad del matrimonio no significa su desaparición. Afirma que hoy el matrimonio ya no es indispensable para lograr seguridad económica, ascenso social, protección legal o una relación amorosa, porque existen otras vías para esas metas.

Profesora casi retirada de historia estadounidense en Evergreen State College y directora de investigación y educación pública del Council on Contemporary Families, Coontz lleva más de 30 años analizando la nostalgia en torno a la familia; su tesis central es que “no existe tal cosa como el matrimonio tradicional”.

En su nuevo libro recorre siglos de historia familiar para desmontar la idea de una forma única, estable y natural de casarse, mostrando una “asombrosa variedad” de asociaciones y prácticas que amplían las posibilidades de relaciones íntimas sanas.

Cuestiona además explicaciones simplistas de la psicología evolucionista: en la prehistoria, las mujeres a veces participaban en la caza y la crianza era colectiva, por lo que no encaja la noción de que ellas buscaban siempre hombres mayores y fuertes como proveedores exclusivos.

Contrapone ese panorama con la Inglaterra y la América premodernas, donde los hijos ilegítimos —los llamados filii nullius— eran frecuentemente abandonados; esa realidad contribuía a que las familias impusieran matrimonios arreglados para preservar poder y propiedad.

Coontz no niega la dominación masculina histórica en lo público y lo privado, pero subraya que las necesidades de supervivencia obligaron a maridos y esposas a compartir muchas tareas y responsabilidades cotidianas.

En la Inglaterra del siglo XVII y en la América colonial, por ejemplo, las esposas de agricultores y pescadores aportaban ingresos al hogar; la autora cita crónicas que describen a mujeres que volvían del mercado con dinero en las bolsas.

El libro identifica en la industrialización de los siglos XVIII y XIX una ruptura: con el auge del trabajo asalariado los hombres circularon más por el mercado y, en sectores medios, las mujeres quedaron más confinadas al hogar, aunque muchas mujeres solteras y pobres siguieron trabajando en fábricas.

De ese proceso surgió la asociación entre matrimonio, romanticismo y una división sexual del trabajo que luego se volvió dominante en el imaginario: el modelo del varón proveedor y la ama de casa fue mitificado y distorsionó la comprensión histórica de la institución, alimentado por la nostalgia de la posguerra y la cultura televisiva.

Ese argumento ya estaba en The Way We Never Were (1992), libro que dio a Coontz una audiencia amplia, donde explicaba que la familia suburbana de un solo ingreso de los años cincuenta dependió en gran parte de políticas públicas y condiciones económicas excepcionales.

El bienestar de posguerra no fue universal: más de la mitad de las familias negras de dos progenitores vivían en la pobreza en los años cincuenta, y la resistencia blanca a la integración limitó el acceso de los afroestadounidenses al llamado “sueño familiar estadounidense”.

Tampoco todas las mujeres que encajaron en el ideal lo vivieron como una mejora: muchas sufrieron la pérdida de empleos que ocuparon durante la guerra y la presión para desempeñar el papel de esposas y madres perfectas, un sufrimiento que el feminismo posterior puso en evidencia.

La influencia pública de su trabajo llegó incluso hasta la justicia: en 2015 su libro Marriage, a History fue citado en la sentencia de la Corte Suprema que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo en Estados Unidos.

El juez Anthony Kennedy afirmó entonces que el matrimonio había prometido “nobleza y dignidad” a todos; Coontz objetó que, durante miles de años, el matrimonio confirió esas ventajas principalmente al marido, con derechos legales sobre la propiedad y el control de la esposa y los hijos.

Aunque apoyó la decisión judicial, Coontz consideró que tanto la opinión de Kennedy como la disidencia de John Roberts —que definía el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer orientada a la crianza estable— simplificaban la realidad histórica.

Ese desacuerdo con versiones idealizadas del pasado permea su mirada sobre las tensiones contemporáneas entre los sexos: intenta criticar a quienes invocan un pasado idealizado para oponerse al igualitarismo y a quienes describen el matrimonio heterosexual como intrínsecamente explotador.

Su diagnóstico es concreto: la vieja idea de esferas separadas para hombres y mujeres sigue distorsionando las relaciones, y esas expectativas recaen desproporcionadamente en las mujeres, que asumen el “trabajo invisible” de gestionar necesidades y emociones además de la mayor parte de las tareas domésticas.

Coontz relaciona esa carga con datos contemporáneos: la gran caída en las expectativas de matrimonio entre estudiantes secundarios se produjo sobre todo entre las chicas, y la mayoría de los divorcios son iniciados por mujeres.

Su propuesta práctica es clara: promover arreglos más compartidos. Afirma que las parejas con divisiones igualitarias del trabajo doméstico y del cuidado infantil informan aumentos en sus niveles de amor con el tiempo, mientras que las parejas con divisiones tradicionales informan lo contrario.

También señala que estudios recientes muestran que las parejas igualitarias declaran una vida sexual más satisfactoria y frecuente, lo que corrige interpretaciones previas basadas en datos de los años noventa que llevaron a conclusiones equivocadas en la década de 2010.

Además amplió su atención a la experiencia masculina: al comienzo de su carrera se enfocó en lo que perdieron las mujeres al ser excluidas de derechos económicos y políticos; ahora reconoce también lo que los hombres perdieron cuando el trabajo los apartó de la intimidad familiar y comunitaria.

Para ilustrarlo, rescata cartas amorosas victorianas de gran emotividad que hoy muchos estudiantes varones leen con sarcasmo o vergüenza; recuerda que la masculinidad no siempre se definió por la agresividad, sino por el autocontrol y el juicio propios de la adultez.

Esta historia de cambios, tensiones y arreglos improvisados la usa para relativizar la idea de una única forma correcta de casarse: incluso tras el divorcio, alrededor de dos tercios de quienes se separan vuelven a casarse, lo que muestra la persistencia y la pluralidad de las formas de vida en pareja.

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