16 de junio de 2026
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El moho: un problema incomprendido para la salud

La preocupación por los efectos del moho en la salud genera debates frecuentes, especialmente cuando aparecen síntomas como fatiga, confusión mental o alteraciones hormonales que resultan difíciles de explicar. El médico Mark Hyman abordó el tema en su podcast Office Hours y recomendó no subestimar ni exagerar los riesgos asociados.

Hyman indicó que la respuesta de cada persona al moho depende de factores genéticos, del estado del sistema inmunitario y de la carga tóxica acumulada. Reconocer síntomas multisistémicos persistentes puede orientar la sospecha, sobre todo si se presentan tras la exposición a ambientes húmedos o dañados por agua.

En el episodio señaló que el moho puede perjudicar la salud, pero que es un área poco comprendida en la medicina actual. Advirtió que muchas veces se atribuye al moho cualquier síntoma inespecífico —como cefalea o cansancio— cuando la realidad suele ser más compleja.

Diferencias entre exposición, alergia y enfermedad por moho

Hyman subrayó la importancia de distinguir entre exposición, alergia y enfermedad por moho. La exposición es el contacto con esporas, que en la mayoría de las personas no provoca enfermedad. La alergia al moho se manifiesta con síntomas inmunológicos, como estornudos, congestión nasal o crisis asmáticas en personas sensibles.

La enfermedad crónica por moho es el proceso más grave y puede desarrollarse tras exposiciones prolongadas en interiores con daños por agua. En esos casos aparecen problemas inflamatorios que afectan varios sistemas, además de alteraciones neurológicas, inmunológicas y hormonales. No todas las personas la desarrollan, pero en algunos casos los síntomas pueden ser persistentes y difíciles de clasificar.

Síntomas y manifestaciones de la enfermedad por moho

Reconocer patrones claros puede ser difícil, explicó Hyman. Aunque el moho suele asociarse a problemas respiratorios, sus efectos pueden ser más amplios. Entre los síntomas neurológicos frecuentes se cuentan confusión mental, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria, mareos y cefaleas.

Muchas personas no relacionan estos síntomas con su entorno y los atribuyen a estrés, envejecimiento o cambios hormonales, cuando la inflamación crónica causada por el moho puede afectar el sistema nervioso. También son comunes la fatiga persistente, los trastornos del sueño y una sensación continua de agotamiento.

Los síntomas respiratorios clásicos incluyen congestión, sinusitis recurrente, tos crónica y empeoramiento del asma, especialmente en espacios cerrados y húmedos. Además pueden aparecer alteraciones del estado de ánimo, ansiedad, ataques de pánico, irritabilidad y cambios en el comportamiento. Se han descrito también erupciones cutáneas, mayor sensibilidad a alimentos, brotes autoinmunes e irregularidades menstruales.

Factores de riesgo y susceptibilidad individual

La severidad de la reacción al moho resulta de la interacción entre el ambiente y la biología individual. Existen variantes genéticas que afectan la eliminación de toxinas, pero Hyman aclaró que los genes no determinan por completo el resultado. Factores como estrés, mala alimentación y carga tóxica previa incrementan la vulnerabilidad en ciertas personas.

El estado del sistema inmunológico influye en la respuesta: quienes tienen enfermedades autoinmunes, procesos inflamatorios, enfermedad de Lyme o COVID persistente suelen reaccionar con mayor intensidad al moho. Hyman también apuntó que no solo las exposiciones grandes son peligrosas: la exposición crónica en ambientes húmedos o mal ventilados puede ser relevante.

Detección y límites del diagnóstico

Diagnosticar la enfermedad crónica por moho es complejo, ya que rara vez existe una prueba concluyente o un único síntoma definitivo. Los médicos buscan patrones y contexto, incluyendo la historia ambiental del paciente —por ejemplo, mudanzas, aparición de síntomas tras una inundación o mejoría al dejar un lugar concreto— para orientar el diagnóstico.

Recomendó inspeccionar el entorno físico en busca de filtraciones, humedad, daños por agua u olores desagradables, ya que a veces el olfato es un indicador útil.

En cuanto a pruebas de laboratorio, es posible medir biomarcadores de inflamación, histamina, hormonas y anticuerpos frente a micotoxinas, pero ninguna prueba es por sí sola determinante. Hyman insistió en integrar resultados de laboratorio con síntomas, antecedentes ambientales y el estado inmunológico y fisiológico del paciente.

Marcadores asociados al síndrome de respuesta inflamatoria crónica (CIRS) pueden aportar información complementaria, aunque nunca deben ser la única base para un diagnóstico.

Recomendaciones ante la exposición al moho

En la conclusión del episodio propuso un enfoque equilibrado: evitar el pánico, pero tampoco ignorar la exposición crónica. Recomendó eliminar fuentes de humedad, reparar filtraciones y consultar a especialistas en detección ambiental, y advirtió que ningún suplemento o protocolo de desintoxicación compensa una exposición continua.

Sugirió reforzar la salud general con descanso adecuado, alimentación equilibrada, hidratación, cuidado intestinal, ejercicio y manejo del estrés. Insistió en personalizar la evaluación y el tratamiento según el entorno y las características individuales de cada persona.

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