Hace pocos días Andy Burnham ni siquiera ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes. Hoy se perfila como el favorito para liderar el Partido Laborista y, en consecuencia, convertirse en el próximo primer ministro tras la dimisión de Keir Starmer.
La velocidad de los acontecimientos refleja tanto la magnitud de la crisis que provocó la caída del Gobierno laborista como el ascenso de un político que forjó su influencia fuera de Westminster durante casi una década. Tras su contundente victoria en la elección parcial de Makerfield, Burnham se erigió rápidamente como la opción preferida por los sectores del partido que piden un cambio.
La retirada de posibles rivales y el apoyo de figuras destacadas, entre ellas el exministro de Salud Wes Streeting, han reforzado la sensación de que el exalcalde de Gran Mánchester tiene el camino despejado para suceder a Starmer y convertirse en el séptimo jefe de Gobierno británico en apenas diez años.
Su irrupción no solo supone un relevo en el liderazgo: para muchos observadores podría significar el fin del “starmerismo”, la estrategia moderada y fiscalmente disciplinada que llevó a los laboristas al poder en 2024 pero que quedó debilitada por el descontento económico, las tensiones internas y el auge de Reform UK.
Burnham, de 56 años, destaca por un trayecto poco convencional en la política británica: pasó de ocupar altos cargos en el gobierno nacional a alejarse voluntariamente de Westminster para desarrollar una carrera regional que terminó devolviéndole al foco nacional.
Proviene de una familia de clase trabajadora del noroeste inglés —hijo de un ingeniero de telecomunicaciones y de una recepcionista— y estudió en la Universidad de Cambridge, combinando raíces populares con formación en una institución de prestigio.
Entró en el Parlamento en 2001 y ascendió con rapidez durante la era del New Labour, desempeñando cargos relevantes como las carteras de Cultura y Salud bajo los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown.
Durante años fue considerado una de las promesas del partido, aunque sus intentos por liderarlo en 2010 y 2015 acabaron en derrota. En ese momento se le asoció al aparato tradicional del laborismo en una fase en que la formación buscaba nuevos referentes.
Lejos de estancarse, su trayectoria tomó un rumbo distinto al esperado.
En 2017 decidió abandonar la política nacional para optar a la alcaldía de Gran Mánchester, un movimiento interpretado por algunos como una retirada de la primera línea, pero que se reveló como el inicio de una transformación política.
Burnham ganó tres elecciones consecutivas como alcalde y consolidó una identidad propia, separada tanto de los conservadores como de las disputas internas del laborismo. Mientras Westminster se enredaba en las secuelas del Brexit, él enfocó su gestión en asuntos prácticos: transporte público, vivienda, regeneración urbana y servicios sociales.
Su proyección nacional creció de forma notable durante la pandemia de COVID-19, cuando mantuvo un enfrentamiento público con el Ejecutivo conservador de Boris Johnson por las restricciones sanitarias y la gestión de las ayudas económicas.
Ese choque lo convirtió en una figura popular fuera de Londres y le valió el apodo que todavía le acompaña: “The King of the North” (el Rey del Norte).
El episodio reforzó una imagen que sigue siendo uno de sus principales activos: la de un dirigente próximo, pragmático y dispuesto a desafiar al poder central en defensa de regiones que durante años se sintieron relegadas respecto a la capital.
Ideológicamente se sitúa en la centroizquierda, aunque algo más a la izquierda que Starmer.
Sus colaboradores defienden que ofrece una combinación de experiencia de gobierno y mayor sensibilidad hacia los problemas de las comunidades trabajadoras que en la última década se distanciaron del laborismo.
Su enfoque político se conoce a menudo como “manchesterismo”, una propuesta para rebajar el centralismo londinense y transferir más recursos, competencias e inversiones hacia las regiones.
Burnham cuestiona las teorías del crecimiento por efecto derrame y apuesta por impulsar el desarrollo nacional mediante inversiones directas en las zonas más rezagadas tras décadas de cambio económico.
Entre sus iniciativas destacan la reducción de tarifas ferroviarias, medidas para mitigar el coste energético, la ampliación de la educación técnica y profesional y la creación de sistemas de transporte integrados, inspirados en proyectos como la Bee Network en Mánchester.
Candidato con potencial para frenar a Reform UK
Dentro del Partido Laborista muchos consideran que su principal ventaja es electoral.
La victoria en Makerfield se interpretó como la prueba de que puede competir con eficacia en las antiguas regiones industriales donde Reform UK ha capitalizado el descontento con los partidos tradicionales.
Sus partidarios sostienen que Burnham conecta mejor con el electorado de clase trabajadora que la imagen más tecnocrática que ofreció Starmer durante su mandato.
Su estilo informal también contribuye a esa conexión: aficionado al fútbol, comentarista ocasional y conocido por participar como DJ en eventos musicales, proyecta una imagen más cercana que muchos dirigentes de Westminster.
Las incertidumbres sobre su proyecto
No obstante, su ascenso suscita dudas. Críticos señalan que muchas de sus propuestas carecen de detalles sobre su financiación en un contexto de restricción fiscal y bajo crecimiento económico.
Asimismo, hay voces que recuerdan que gobernar una región metropolitana de tres millones de habitantes es distinto a dirigir un país de casi 70 millones en un entorno internacional complejo, con conflictos geopolíticos y exigencias presupuestarias.
Dentro del partido no falta escepticismo: parte del ala centrista teme que una agenda económica más expansiva genere tensiones con los mercados y reavive disputas internas que parecían superadas. Aun así, la dinámica política actual parece favorecer a Burnham.
Si conquista el liderazgo laborista, completaría una de las transformaciones más notables de la política británica reciente: pasar de candidato derrotado en dos contiendas internas a favorito para ocupar Downing Street.
Y lo haría defendiendo una idea que ha repetido desde el norte de Inglaterra: que el futuro del Reino Unido no debe decidirse únicamente desde Londres.


