23 de junio de 2026
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Nuria, guardiana de la memoria de Gardel

Por Walter Santoro (*)

El 27 de mayo falleció Nuria Eulalia Andrea Cortada de Fortuny a los 85 años. Para muchos su nombre puede resultar desconocido.

Para quienes trabajamos en la preservación de la memoria de Carlos Gardel, su muerte supone la pérdida de una de las últimas voces directas de una historia que abarca casi un siglo.

Nuria no fue una figura pública ni buscó protagonismos. Vivió gran parte de su vida al margen del mundo del tango, los homenajes y los escenarios.

No obstante, durante décadas fue la custodio, muchas veces sin saberlo, de una parte esencial del patrimonio histórico de Carlos Gardel.

Tuve el privilegio de conocerla hace algunos años. Una búsqueda documental terminó convirtiéndose en una amistad basada en el respeto y la confianza.

Desde la primera conversación descubrí a una mujer fuera de lo común: poseía una memoria notable y recordaba con precisión hechos ocurridos setenta años atrás, así como nombres, lugares y detalles que parecían perdidos.

Pero, por encima de todo, conservaba la humanidad de quienes rodearon a Gardel, algo que transmitía en cada relato.

A través de Nuria conocí a un Armando Defino muy distinto al que aparece en los libros.

No era solo el administrador, el albacea o el hombre de negocios de Gardel, sino también un amigo leal y un miembro de una familia que cumplió una promesa.

Nuria contaba que Armando tenía un gran cariño por los niños. Como él y Adela Blasco no tuvieron hijos, se encariñaron mucho con ella y sus hermanos.

Recordaba con simpatía cómo Armando la llevaba en secreto al cine, al teatro y hasta a los teatros de revista, travesuras inocentes que quedaron grabadas en su memoria.

Una de las imágenes que más conservaba era la de las noches familiares en las que Armando preparaba un antiguo proyector de 16 mm para proyectar películas de Gardel.

Mientras muchos conocieron a Gardel por discos o fotografías, Nuria lo vio en pantalla, en una sala improvisada, proyectada por quien cuidaba su legado.

También evocaba sus visitas a la casa de Jean Jaurés cuando era niña, donde conoció a Bertha Gardés en sus últimos años.

Hablaba de Doña Pepa en su mecedora, del perro ovejero llamado “Indio”, de Adela enseñándole sus primeros secretos de cocina. Eran recuerdos domésticos, simples, pero de gran valor histórico por provenir de alguien que realmente estuvo allí.

La historia familiar de Nuria estuvo marcada por la lealtad.

Cuando Gardel murió en Medellín, Armando Defino cumplió la promesa que le había hecho al cantante: cuidar de su madre, a quien llamaba cariñosamente “su viejita”, Bertha Gardés.

Con el tiempo, la familia Fortuny acompañó a Armando y Adela durante toda su vida. Esos lazos de amistad se volvieron tan profundos que Adela llegó a considerar a Nuria como una hija del corazón.

El destino, sin embargo, aún les reservaba una misión imprevista.

Tras la muerte de Bertha en 1943, Armando se mudó a la calle Saavedra y alquiló la casa de Jean Jaurés en 1944. Gran parte de los muebles, documentos, contratos, cartas y objetos personales de Gardel y de su madre fueron trasladados a la casa de vacaciones que la familia Cortada de Fortuny tenía en Río Ceballos, Córdoba.

Esa decisión sería, sin saberlo, el inicio de lo que décadas después permitiría a la Fundación recuperar y preservar una parte central del patrimonio de Carlos Gardel. Allí permanecieron más de siete décadas, guardados y olvidados, a la espera de ser redescubiertos.

Pasaron los años y fallecieron Armando, Adela, los padres de Nuria y buena parte de aquella generación.

Recién después de 2008, cuando las hermanas Fortuny inspeccionaron la propiedad con la intención de venderla, se encontraron con una realidad inesperada: muebles, cientos de documentos, fotografías, objetos y recuerdos que habían permanecido casi intactos por más de setenta años. Fue entonces cuando comprendieron la dimensión histórica de lo heredado.

Pero lo que más me conmovió en los relatos de Nuria no fue tanto el hallazgo material como su actitud ante él.

Nunca habló en términos de posesión. No priorizó el dinero ni las ventajas personales. Su preocupación fue siempre que ese patrimonio se conservara en una institución capaz de preservarlo, que no se dividiera y que permaneciera en la Argentina.

Hablaba desde el sentido de la responsabilidad.

Sentía que tenía una deuda con Gardel y que no se había hecho lo suficiente para preservar su memoria; esa inquietud la acompañó durante años.

En esa etapa apareció en la historia Alfredo Echaniz, esposo de Nuria y apasionado por la historia, el arte y la cultura latinoamericana. Alfredo comenzó a ordenar y clasificar la documentación, preparando una muestra y un catálogo que denominó “Archivo Carlos Gardel colección Armando Defino”, en homenaje a quien custodió la colección.

Ese compromiso llevó a Nuria y a su hermana María Inés a tomar una decisión trascendental: confiar la continuidad de esa misión a quienes pudieran preservarla.

Recuerdo claramente nuestras conversaciones: sus dudas, sus preocupaciones y también sus esperanzas.

Ella quería asegurarse de que todo aquello que había sobrevivido durante décadas no volviera a desaparecer.

Deseaba que Gardel permaneciera vivo en la memoria pública y que las futuras generaciones conocieran su historia; quería que la memoria venciera al olvido.

Con esa intención se hicieron varios intentos para garantizar la conservación de la colección, y aunque las circunstancias fluctuaron, finalmente todo volvió al lugar que siempre le correspondió: la Fundación.

Como paso decisivo, Nuria llevó a cabo un acto extraordinario que consolidó la permanencia de Gardel en la historia: la cesión gratuita de los derechos universales derivados de Armando Defino, Bertha Gardés y Carlos Gardel. No fue solo un trámite jurídico, sino un acto de confianza.

Gracias a esa confianza se inició un proceso que culminó con la creación de la Fundación Internacional Sucesores de Carlos Gardel y, luego, con la consolidación de la Fundación Internacional Carlos Gardel. Esa confianza permitió preservar miles de documentos y objetos para el futuro y nos posibilita seguir trabajando por mantener viva la memoria de Gardel.

Nuria solía repetir una frase heredada de Armando Defino: “No quiero lucrar con Gardel, sino mantener viva su memoria y su obra.”

Esa frase resumía su visión de la vida y se convirtió también en una guía para nuestro trabajo institucional.

Mientras escribo estas líneas, vuelvo a oír su voz contando historias de otro tiempo. La imagino recordando a Armando preparando películas de Gardel para los niños, a Adela en la cocina de Jean Jaurés, las reuniones familiares en Castelar, los veranos en Río Ceballos y todos esos instantes que el paso del tiempo casi borró.

Quiero creer que ahora se ha reunido con ellos.

Con Armando. Con Adela. Con Bertha. Y con Carlitos.

Quiero creer que, en algún lugar, las historias siguen vivas.

Desde la Fundación Internacional Carlos Gardel solo podemos agradecer. Gracias por tu amistad, por tu confianza y por haber protegido durante tantos años una parte esencial de nuestra historia. Gracias por habernos permitido continuar la tarea. Descansá en paz, querida Nuria.

Tu recuerdo seguirá creciendo, como el roble que plantaste con tus manos y que ahora guarda para siempre tu memoria.

(*) Presidente Fundación Internacional Carlos Gardel

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