Por Walter Santoro*
A casi un siglo del primer Campeonato Mundial de Fútbol es claro el paralelo entre aquel evento inaugural y la trayectoria de Carlos Gardel. Mientras el fútbol comenzaba a convertirse en un fenómeno global, Gardel se afirmaba como el primer artista popular latinoamericano de proyección mundial; ambos surgieron en la misma época y llegaron a representar identidades colectivas y emociones compartidas.
Gardel siempre expresó que su fama no le pertenecía en exclusiva: la atribuía al pueblo y al arte popular que él interpretaba. Como decía: “Mi fama no es mía, es de mi país, de mi pueblo. A quien aplaude el público no es a Carlos Gardel: es al arte popular nuestro, al alma nuestra que, por una casualidad feliz, me ha tocado interpretar a mí.” Esa mirada es aplicable tanto al tango como al fútbol, dos manifestaciones nacidas en los barrios y habladas por millones.
El Mundial de 1930, celebrado en Montevideo, reunió a trece selecciones en un torneo que todavía estaba lejos de la industria actual: viajes en barco, entrenamientos simples y estadios que empezaban a desbordar pasión. Para los contemporáneos, el acontecimiento tuvo dimensión épica.
Gardel no fue un mero espectador: ya conocido en el Río de la Plata, comprendía que el fútbol era mucho más que un juego. Había afianzado su interés por el deporte gracias a amistades como la del español Josep Samitier y a la experiencia de ver jugar al Barcelona, lo que le permitió apreciar la entrega y la emoción del fútbol.
En julio de 1930, mientras actuaba en Buenos Aires, Gardel visitó las concentraciones de las selecciones argentina y uruguaya, compartiendo charlas, canciones y ánimo. Jugadores como Francisco Varallo recordaron aquellas visitas: Gardel pasaba largas sobremesas, tocaba la guitarra y cantaba hasta la noche, aportando motivación y confianza.
Gardel evitaba polarizar. Para él las pasiones populares debían unir, por eso declaró: “Tengo mi corazoncito dividido.” Con esa postura mostraba que argentinos y uruguayos compartían una misma cultura rioplatense —la música, el barrio, el café y también el fútbol— y que detrás de los colores había una identidad común. También dijo con sorna: “El fútbol es más difícil de acertar que las carreras.”
La final del 30 de julio enfrentó a Argentina y Uruguay y terminó con la victoria uruguaya por 4 a 2; fue el partido que consagró el nacimiento oficial del Mundial. Al mismo tiempo se reforzó el vínculo entre tango y fútbol: Gardel ya había grabado piezas inspiradas en el deporte —como “Patadura”, “¡Sami!” y “Mi primer gol”— que mostraban su percepción de que ambos expresaban sentimientos populares surgidos de los barrios y de la experiencia de inmigrantes y criollos.
Como comprendió el tango, Gardel entendió también el alma del fútbol: ambas manifestaciones brotaban del sentir popular. Su afirmación —”No soy yo el que triunfa, es nuestro tango el que se impone.”— podría aplicarse igual a los futbolistas que empezaron a llevar la identidad rioplatense por el mundo.
Hoy, casi un siglo después, las semejanzas se mantienen: los mundiales paralizan al planeta y las selecciones transmiten algo más que resultados deportivos; Gardel sigue siendo la voz más reconocida del tango a nivel mundial. Ambos trascendieron su tiempo y se convirtieron en símbolos duraderos de alegrías, nostalgias y sueños colectivos.
El Mundial de 1930 marcó el inicio de una pasión universal y Gardel fue parte de ese momento: no solo como testigo, sino como figura cultural de una generación que mostró que desde el Río de la Plata podían nacer leyendas. Cuando suena un tango de Gardel o se reúne la gente por un partido de la selección, se repite la misma experiencia colectiva: cambian los intérpretes y los jugadores, pero permanecen las grandes pasiones.
* Presidente de la Fundación Internacional Carlos Gardel


