28 de junio de 2026
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Sebastián Mendoza rechazó propuesta de Ráfaga para cantar con su grupo

Hay decisiones que marcan una carrera. Sebastián Mendoza tomó varias: abandonó el secundario cuando la música dejó de ser un pasatiempo, pasó de ser seguidor de Malagata a su vocalista casi de inmediato y rechazó una oferta de Ráfaga para continuar con el proyecto que había construido con su familia y amigos.

Nació el 20 de enero de 1984 en Lanús y se crió en el sur del conurbano bonaerense. Allí encontró en la cumbia norteña el espacio para desarrollar una trayectoria de más de dos décadas.

Su proyección llegó con Malagata: debutó ante miles de personas y comprobó por primera vez el alcance de la popularidad. Luego emprendió su carrera como solista, editó una decena de discos, ganó el Premio Carlos Gardel al Mejor Artista Masculino Tropical en 2013 y actuó en escenarios como el Luna Park, el Gran Rex y el Teatro Ópera.

Detrás del triunfo también hubo giras interminables, noches con hasta catorce presentaciones, pérdidas personales y episodios en los que pensó en dejarlo todo. Padre de Liam y Noah, dice que la familia le enseñó a reducir el ritmo y a valorar una vida que antes transcurría a toda velocidad por la música.

A continuación, los pasajes más relevantes de la charla:

—Bienvenidos a Nunca me faltes. Hoy con Seba Mendoza, un lujo. ¿En qué te encontramos?

—A full con el trabajo; hace casi veinticinco años que estoy en esto y no paré ni los fines de semana.

—Si mirás veinticinco años atrás y pensás que hoy llenás estadios, ¿lo imaginabas?

—Sinceramente, no. Tal vez en sueños, pero mi camino fue remar desde el inicio. Me lo tomé en serio cuando entré al legendario Malagata: ahí pude “jugar en primera”. Había ido a grabar a sus estudios y me invitaron a una convocatoria.

—¿Tenías dieciséis años?

—Sí. Fue poco tiempo, pero aprendí muchísimo. Yo era fan de Malagata y otros grupos de cumbia norteña; fui a probarme y en cuestión de días estaba cubriendo al cantante que se había ido. Fue revelador; incluso llegamos a estar en VideoMatch con Tinelli.

—¿Por qué estuviste tan poco en Malagata?

—Hubo problemas con la compañía y tensiones internas que terminaron disolviendo la banda.

—Contaste que llegaste a hacer catorce shows en una noche.

—Hubo una época en la que eso era posible. Hoy la oferta de boliches y corsos no es la misma, ni el tiempo. En carnavales, por ejemplo, arrancábamos temprano y seguíamos hasta la mañana siguiente; llegamos a tocar catorce veces en un día.

—¿Cómo se hacía para sostener eso?

—Éramos jóvenes y no medíamos los riesgos. Íbamos en la camioneta a full; muchas veces salíamos a tocar sin saber bien a dónde íbamos: era salir a buscar la plata.

—¿La paternidad cambió tu forma de ver las cosas?

—Sí. Cuando fui papá decidí bajar un poco. Venía de un momento muy difícil: murió mi mejor amigo y compañero de trabajo, y caí en un pozo. La llegada de mi hijo me dio un propósito para seguir.

—Liam, ¿no?

—Sí, Liam. Fue como una mano que me sostuvo. Después llegó Noah.

—¿Cómo fue ese cambio de vida?

—Quería ser padre y eso te hace replantear todo: ya no es solo por uno. Se deja el ego, se afrontan los miedos para dedicarlos a otra persona. Empecé a trabajar de otra manera, a no vivir apurado y a disfrutar las cosas simples.

—Existe un prejuicio, y en parte una realidad, sobre excesos en la noche y la cumbia.

—Siempre fui cuidado con mi salud. La noche puede tentar, pero las malas decisiones se pueden tomar en cualquier ámbito. Tuve contención familiar desde el principio: me cuidaron y aconsejaron. Fui consciente de no destruir el cuerpo ni la mente.

—Hace mucho que estás con tu mujer, ¿no?

—Sí, desde 2007. Me acompañó desde el minuto cero, en los peores y mejores momentos. Compartimos la vida hace veinte años; para cualquiera sería mucho, pero para mí ha sido volver a empezar muchas veces. Esa contención es fundamental.

—¿Es cierto que te ofrecieron entrar a Ráfaga?

—Sí, me llamaron entre la etapa con Malagata y mi propia banda. Creo que se iba Ariel Puchetta y me ofrecieron sumarme a Ráfaga. Pero yo ya estaba ensayando mis canciones con los chicos; no teníamos instrumentos, pero había buena vibra.

—¿La propuesta era tentadora económicamente?

—Era buena plata y era formar parte de un grupo consolidado. Fuimos con mi viejo a tomar un café con ellos; nosotros no teníamos un peso. Al volver lo pensé y le dije a mi padre que no iba a aceptar. Sentía que con mis compañeros podríamos lograr cosas grandes también.

—¿Te arrepentiste después?

—Nunca. No sentí arrepentimiento.

—Hay algo de lealtad hacia tu gente.

—Sí, pasamos momentos muy felices y otros complicados, pero siempre confiamos y nos cuidamos mutuamente. Compartimos objetivos y los alcanzamos juntos.

—¿Cuál fue el momento en el que dijiste “llegamos”?

—Para mí fue un show en Diversión, un baile en Quilmes tras sacar el segundo disco. Yo soñaba con tocar ahí y nos dieron una prueba: creímos que con doscientas o trescientas personas bastaba, pero entraron cinco mil y quedó gente afuera.

—¿Seguis viviendo en el barrio de siempre?

Sí, en Barrio Lindo; me moví dentro de la zona pero sigo siendo uno más del barrio. Allí surgieron muchos fans, allí ensayamos y grabamos “Sin miedo”. Todos los 20 de enero, mi cumpleaños, hacemos un evento con cinco mil personas en la calle y una movida solidaria: el ingreso gratuito se coordina con la donación de alimentos que luego mi familia clasifica y distribuye en comedores e iglesias.

—Decías veinticinco años de carrera. ¿Te imaginás otros veinticinco?

—Veinticinco años más sería mucho, ja. Pero la música te mantiene vivo y nuestro público es muy fiel; sienten cada logro como propio.

—Gracias, papá. Fue un gusto escucharte.

—Gracias, Manu.

Disfrutá la entrevista completa en el video.

Fotos: Maximiliano Luna

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