28 de junio de 2026
Buenos Aires, 13 C

Disputa por la memoria silenciada del pueblo williche

En los pueblos originarios, la historia se transmite de forma oral y nos atraviesa como sangre; aunque a veces resulte doloroso, debemos preservar cada relato que llegó desde el vientre. Al crecer, nos convertimos en custodios de esa transmisión junto al fogón, que además de calentar cuerpo y espíritu fue un refugio donde se preparaba comida natural y se compartía conocimiento ancestral.

De esa tradición surge la novela Desde el fogón de una casa de putas williche, nacida en tardes de lluvia y mate, entre tortillas al rescoldo sacadas por las manos de mi abuela. Mis abuelos, padres, hermanos, tíos y primos aportaron a la historia de esta casa que se levantó en Chaurakawin —nombre williche para lo que hoy es Osorno—, en la Butawillimapu, las grandes tierras del sur.

Abordar un tema estigmatizado social y moralmente no fue fácil, y menos desde mi posición de mujer e “india”. Al investigar, observé que la narrativa había favorecido casi exclusivamente a los hombres. Ignoro por qué las mujeres evitaron escribir sobre la prostitución: tal vez el temor al “pecado”, una palabra que no tiene raíz en el chedungun. Por eso tomé el lápiz sin culpa.

Como autora, dudé al narrar esas vidas, pero como mujer originaria pedí permiso a los espíritus de mis personajes y les di forma con cuidado. Cuando debieron apartarse del libreto educativo, moderé sus voces para evitar una imagen grosera. Ellas fueron mi apoyo cuando me tembló la mano y las voces ancestrales me ayudaron a terminar la obra.

Logré describir la casa sin perder sus olores y sabores: hubo tragos dulces y otros amargos, en una época en que la invasión chilena desplegaba maniobras políticas y religiosas para despojar al pueblo williche de sus tierras. La llamada “Pacificación de la Araucanía” es un periodo omitido por la historia oficial; aun así, un grupo de mujeres williche levantó la voz para desafiar una sociedad profundamente colonizadora y que ocultaba su morenidad.

La llegada de los colonizadores también introdujo la venta de sexo como práctica arraigada en muchos lugares. En chedungun no existe un concepto equivalente a la prostitución tal como la impusieron los colonizadores; hay palabras cercanas, pero el acto comercializado no formaba parte de la lexicografía original.

No solo mis personajes sirvieron de base para construir esta casa: todas las generaciones de mujeres que me antecedieron me dieron la fuerza para delinearlas. Los espíritus de mis antepasados pusieron en mis manos las palabras y las visiones del paisaje donde estas mujeres desarrollaron sus vidas; tuvieron que vestirse de coraje para sobrevivir.

Dibujé a mis personajes según la época: mujeres analfabetas pero sabias, capaces de enfrentar y desarrollar su vida en pueblos a los que no pertenecían, pues provenían del campo donde la “civilización” apenas trazaba sus líneas en los mapas. Tuvieron que encajar en una civilización blanca que las rechazaba y condenaba, y mostraron valentía para sobrevivir en un sistema adverso.

Esbocé a mujeres luchadoras e intrépidas que sortearon muchas barreras sociales, marcadas por la religión y el estigma. Algunas vencieron las dificultades y alcanzaron el amor y el respeto, acabando sus días convertidas en “chiñuras” (señoras, mapuchizado). Otras se mantuvieron en la profesión importada de la prostitución, con o sin arrepentimiento. Cada vida fue matizada con la picardía de los pueblos originarios y con las lágrimas que marcaron sus rostros.

Un grupo de mujeres originarias levantó una ruka singular cuyo centro era un fogón en el sur de Chile; allí se preparaba la comida autóctona y se mantenía la transmisión oral. Antes de que el fuego se apagara, recogí los relatos, cuentos, poemas y canciones y los plasmé en el libro Desde el fogón de una casa de putas williche.

Estos relatos, unidos, conforman una novela. A continuación presento una parte de la presentación que escribí con la fuerza de mujer williche, para explicar la manera en que di forma a esas vidas cuando llegue el momento de encontrarme con los descendientes en la tierra de nuestros antepasados.

“Cuando apareció el hambre en mi vida —Desde el fogón de una casa de putas williche— fue como un vacío imposible de llenar. La desesperación me llevó a arrancar raíces de mi propio saco y a digerir, lentamente, cada capítulo y cada personaje. Así alivié algo del dolor, aunque confieso que el remedio fue peor que la enfermedad. En mi mesa surgieron tragos amargos que bebí hasta el último resto ácido, consciente de que era el vinagre de la vida con su sabor a viejo abandono que nadie quiere probar”.

Al levantar los cimientos de esa casa originaria se desafió la versión oficial escrita por historiadores que, durante siglos, enfatizaron lo bélico y la imagen del “buen salvaje” pacificado. No contaban con las voces femeninas que rompieron con lo establecido: no se trató de venganza, sino de abrir la historia para que también apareciera la suya, aunque surgiera desde una casa insurrecta.

La regenta que ideó la casa se llamaba Pinkoya (figura de la mitología williche que hechizaba a hombres en ríos o el mar). Desde el inicio impuso que solo hombres originarios visitaran el cabaré y que las trabajadoras fueran de la misma estirpe. La comida en la casa era rica y basada en productos autóctonos, incluidas algas y recursos marinos que el pueblo williche aprovechaba como ayuda alimentaria.

Al principio la regenta levantó una choza frágil, porque el hurto de bienes y el despojo territorial habían empobrecido a los nativos. Ella vio en la prostitución una forma de salir de la ruina en que el Estado chileno los había dejado. A pesar del desprestigio y del estigma que pensaba arrastrar, logró sostener la casa y, por más de tres generaciones, estableció lo que sería la memoria de La Trompa de pato.

En La Trompa de pato la libertad se manifestaba en la sala: los williche encontraban un lugar para olvidar penas, rabias y frustraciones de ser un pueblo subyugado y empobrecido. Bajo ese techo humilde el cabaré fue un refugio donde la alegría se manifestaba y donde las mujeres mostraban sus cualidades como mujeres de la tierra. Hoy sus vidas son una referencia para nuevas generaciones williche que buscan conocer esas historias heroicas.

Artículo anterior

Amplían actividades en plazas y parques de Lomas

Artículo siguiente

Colapinto 15.o en el GP de Austria

Continuar leyendo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: