Ayer, en una ceremonia celebrada en la histórica sala del ayuntamiento de Oslo, muchas personas de distintos lugares siguieron el acto con atención. Hubo momentos sobrios y solemnes: la interpretación de “Alma Llanera” por Danny Ocean, el discurso de denuncia de Jørgen Watne Frydnes titulado “J’accuse”, y la intervención emotiva de Ana Corina Sosa. En el centro de la sala se encontraba la imagen serena de María Corina Machado, ausente físicamente pero presente simbólicamente, que representaba la lucha y el sufrimiento de un pueblo y convertía la ceremonia en un reconocimiento a la defensa de la democracia.
Siento que la emoción del día fue intensa y queda como recuerdo. Para quienes ven en María Corina un símbolo de resistencia, el Nobel fue una noticia alentadora. Al mismo tiempo, el evento generó reacciones encontradas en redes sociales, donde circularon críticas, descalificaciones y desinformación impulsadas por quienes respaldan o justifican al régimen que gobierna Venezuela.
Es notable que parte de la crítica provenga de intelectuales y políticos que se identifican como progresistas pero que, en la práctica, han mostrado indulgencia o defensa respecto a regímenes autoritarios como los de Venezuela o Cuba. Esa contradicción plantea preguntas sobre cómo se concilian las reivindicaciones de justicia y libertad con la defensa de gobiernos que restringen derechos y persiguen opositores.
Una explicación frecuente es que existen corrientes de izquierda que desconfían de la democracia liberal y de los valores occidentales, y que en ocasiones han mostrado simpatías por líderes autoritarios del pasado o del presente. Observadores señalan también que, en el entorno de las redes sociales, ciertos discursos dominantes configuran relatos simplificados que estigmatizan a la disidencia. Tras episodios como los del 7 de octubre y el conflicto en Gaza, ha habido un aumento de manifestaciones antisemitas y de discursos de odio que algunos atribuyen a sectores críticos con Israel y a su narrativa pública.
Ante esa realidad, surge la pregunta de por qué estos sectores conservan influencia intelectual y mediática. Algunos analistas apuntan que, aun reivindicando valores como la justicia y la solidaridad, ciertos actores han respaldado o minimizado abusos cometidos por gobiernos aliados, han ignorado violaciones de derechos —como las sufridas por mujeres en Afganistán— y se han alineado en el plano geopolítico con potencias autoritarias, mientras critican duramente a democracias occidentales.
El problema también parece estar en la etiqueta. La extrema derecha suele ser identificada claramente por su intolerancia y represión, mientras que formas extremas de izquierda a veces permanecen camufladas bajo el rótulo de “progresismo”. Un ejemplo que se menciona en la prensa es la cobertura de elecciones en Chile, donde candidatos de distintos orígenes ideológicos fueron descritos con adjetivos que influyen en la percepción pública: a un comunista se le aplicó el calificativo de “progresista”, y a un liberal se le presentó como “extrema derecha”.
El caso de Venezuela suele señalarse como ilustrativo: el gobierno de Nicolás Maduro ha sido acusado de fraude electoral, represión y de permitir la criminalidad generalizada. Pese a ello, algunos líderes y partidos mantienen su apoyo o tolerancia hacia ese régimen. Para muchos observadores, llamar a eso “progresismo” resulta contradictorio con el significado tradicional de la palabra, y lo califican como una forma de autoritarismo que comparte rasgos con otras corrientes antidemocráticas.
En el debate intelectual aparecen voces contrapuestas que recuerdan enfrentamientos históricos de pensamiento —por ejemplo, entre quienes defendieron regímenes autoritarios y quienes privilegiaron la defensa de las libertades—. Para varios analistas, la división clave hoy no pasa tanto por izquierda o derecha como por quienes apoyan valores democráticos y quienes los desprecian o vulneran.
Durante la ceremonia, Ana Corina Sosa transmitió el mensaje de María Corina Machado: “Venezuela volverá a respirar”, y dedicó el reconocimiento a los “héroes anónimos de la resistencia”. Ese mensaje fue recibido como un llamado de esperanza por quienes defienden la libertad y la democracia.


